La biblioteca de la mansión era un santuario de madera de caoba, olor a cuero viejo y sombras alargadas, la única luz provenía de la chimenea, que proyectaba lenguas de fuego sobre los miles de volúmenes que forraban las paredes hasta el techo.
Aria estaba de pie en el centro de la estancia, todavía con el pulso acelerado por el encuentro con el viejo Silas.
Killian entró en la habitación sin hacer ruido, se había quitado la chaqueta y los dos primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, no parecía cansado, parecía más bien un depredador que acababa de detectar una debilidad en su presa.
— Fuiste blanda, Aria — soltó él sin preámbulos, rodeándola como un tiburón — Silas te olió el miedo, si mañana actúas así, no llegaremos ni al primer brindis antes de que nos entregue a la policía, y seguramente me acusara de ser tu cómplice.
— Hice lo que pude, Killian, tu abuelo es aterrador — replicó ella, cruzándose de brazos en un gesto defensivo.
— Error número uno — él se detuvo