2 El Refugio De La Bestia

El rugido del motor del deportivo de Killian Sterling era lo único que lograba acallar el martilleo frenético en el pecho de Aria.

Ella se mantenía rígida en el asiento de cuero, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos se veían blancos bajo la tenue luz del tablero.

La cabina olía a una mezcla embriagadora de lujo, tormenta y el delicioso perfume amaderado del hombre que conducía con una calma que resultaba insultante dadas las circunstancias.

Aria miraba por el retrovisor, viendo cómo las luces azules y rojas de las patrullas se difuminaban tras la cortina de agua, el silencio de Killian era pesado, casi sólido.

Él no preguntaba nada, no pedía explicaciones, simplemente conducía como si llevar a una fugitiva en su coche fuera parte de su rutina nocturna.

— ¿A dónde me llevas? — logró articular Aria, con la voz quebrada.

— A un lugar donde la policía no entra sin una orden firmada por alguien que me deba un favor —respondió él, sin apartar la vista de la carretera — Y créeme, Aria, en este estado, casi todos me deben algo.

El coche giró con brusquedad, entrando en un camino privado flanqueado por altas puertas de hierro negro que se abrieron automáticamente.

Minutos después, se detuvieron frente a una estructura colosal que se alzaba sobre el borde de un precipicio.

The Abyss, la mansión era una mole de cristal y piedra oscura que parecía desafiar al océano Atlántico. Era imponente, hermosa y terriblemente solitaria.

Killian la guio al interior.

El calor de la calefacción central golpeó la piel húmeda de Aria, provocándole un escalofrío, él le indicó que esperara en el salón principal, un espacio de techos infinitos decorado con un minimalismo agresivo.

— Siéntate, Marcus te traerá algo seco — ordenó él, mientras sacaba su teléfono y se alejaba hacia un ventanal, hablando en voz baja con alguien.

Aria se desplomó en un sofá de terciopelo. Su mente era un torbellino de imágenes, la cama de Alistair, el pastel por el suelo, el impacto en la carretera.

Veinte minutos después, Killian regresó, su expresión ya no era solo fría, era de una satisfacción depredadora.

— He hecho un par de llamadas — dijo él, deteniéndose frente a ella — Tus cuentas bancarias han sido vaciadas hace menos de dos horas, Aria. Pero eso no es lo peor…

Él le entregó una Tablet, Aria leyó con horror los informes que sus contactos le habían enviado.

— Alistair ha sido meticuloso — continuó Killian, cruzándose de brazos — Ha forjado pruebas de un robo millonario que te sitúan como la única responsable del desvío de fondos de la fundación Vanderbilt ha usado tu firma digital para autorizar cada movimiento, para el mundo exterior, ahora mismo eres una delincuente que intentaba huir del país con el botín.

Aria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

— Eso es imposible... Mis abogados verán que esas firmas son falsas...

— No tendrás abogados, Aria — la cortó él — Alistair ha tomado el control total de la firma y ha despedido a cualquiera que te fuera leal. Estás sola.

Killian se inclinó sobre ella, apoyando las manos en el respaldo del sofá.

— Por eso me necesitas — dijo con una calma gélida — Y yo, necesito una prometida para reclamar el imperio Sterling ante mi abuelo, yo puedo borrar tu rastro y aplastar a Alistair antes de que te pongan una sudadera naranja de prisión. Te propongo un trato, Aria, protección total a cambio de tu libertad y tu nombre.

Antes de que ella pudiera responder, el teléfono de Aria, que aún sobrevivía en su bolsillo, comenzó a sonar, el nombre en la pantalla hizo que su sangre se congelara. Alistair.

Aria contestó por instinto, con la esperanza de que fuera una broma macabra.

— ¿Ya estás en tu celda, preciosa? — la voz de Alistair llegó cargada de un regocijo narcisista — Te advertí que no debías subestimarme. Disfruta de la comida de prisión, dudo que sea tan buena como la de tu restaurante.

Aria no pudo articular palabra.

De pronto, una mano grande y cálida le arrebató el teléfono, Killian se llevó el dispositivo al oído, manteniendo la mirada fija en Aria.

— Escúchame bien, Alistair — dijo Killian, y su voz bajó una octava, volviéndose letal— Has cometido el error de tocar algo que me pertenece, si vuelves a llamar a este número, o si mencionas su nombre en público otra vez, me encargaré personalmente de que lo único que heredes sea una fosa común en el bosque, borra su rastro... ¡O yo borraré el tuyo!

Killian colgó y, con un movimiento seco, arrojó el teléfono de Aria contra la pared de mármol, haciéndolo añicos.

— No necesitarás ese pasado — dijo con frialdad — Marcus te llevará a tu habitación, está la contigua a la mía. No intentes escapar, mis hombres vigilan el perímetro y los perros no son tan educados como yo.

Aria se desplomó sobre la cama sin siquiera quitarse la ropa húmeda, el cansancio y el trauma empezaron a pasarle factura, sumiéndola en una vigilia inquieta. Sin embargo, horas después, un sonido la puso en alerta máxima.

Un chasquido metálico.

Aria se incorporó en la oscuridad.

La puerta que daba al pasillo comenzó a abrirse lentamente y una silueta alta se recortó contra la luz tenue del corredor.

Era Killian. Se había quitado la chaqueta y la corbata, los primeros botones de su camisa estaban desabrochados, él entró con una lentitud que gritaba peligro, cerrando la puerta tras de sí.

— ¿Qué haces aquí? — susurró ella, retrocediendo hasta que su espalda chocó con el cabecero— He cerrado con llave.

Killian se acercó, y sus ojos grises brillaron en la penumbra, se inclinó sobre ella, invadiendo su refugio con su presencia abrumadora.

—En esta casa, la regla principal es muy sencilla, no hay cerraduras para mí. No hay ningún lugar donde puedas esconderte si decido que te necesito.

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