El trayecto final hacia la mansión fue un campo de minas silencioso.
Aria mantenía la mano derecha pegada a su propio muslo, tratando de borrar la sensación del acero frío que había rozado bajo el cinturón de Killian. Él, por su parte, conducía con una furia contenida que hacía que el motor del deportivo rugiera como una bestia herida.
En cuanto el coche se detuvo frente a la imponente fachada de The Abyss, Aria no esperó a que él le abriera la puerta, bajó de un salto, ignorando la lluvia que