El trayecto final hacia la mansión fue un campo de minas silencioso.
Aria mantenía la mano derecha pegada a su propio muslo, tratando de borrar la sensación del acero frío que había rozado bajo el cinturón de Killian. Él, por su parte, conducía con una furia contenida que hacía que el motor del deportivo rugiera como una bestia herida.
En cuanto el coche se detuvo frente a la imponente fachada de The Abyss, Aria no esperó a que él le abriera la puerta, bajó de un salto, ignorando la lluvia que volvía a arreciar, y caminó hacia la entrada con la intención de exigir respuestas.
— ¿Por qué llevas un arma, Killian? — estalló ella en cuanto cruzaron el umbral del gran salón — ¿Y por qué me besaste como si... como si me odiaras y me desearas al mismo tiempo solo para una foto?
— Shhh — la cortó Killian de golpe, su cuerpo se tensó al instante.
Aria se quedó muda.
Al fondo del salón, sentado en una de las poltronas de cuero frente a la chimenea apagada, un hombre de avanzada edad los observa