3 Desayuno con el Diablo

Aria se despertó con el corazón galopando contra sus costillas.

La luz pálida de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales de la habitación, bañando los tonos grises de la seda con una claridad cruel, Por un segundo, olvidó dónde estaba, hasta que el aroma a café recién hecho y el eco de las palabras de Killian en la oscuridad de la noche regresaron para golpearla.

Tenía la garganta seca, como si hubiera tragado arena. Necesitaba agua.

Se puso en pie, alisando su vestido arrugado de la noche anterior, y salió al pasillo con cautela.

 La mansión The Abyss, o, El abismo, parecía un museo desierto, silencioso y cargado de secretos.

Ella siguió el aroma del café hasta una cocina de diseño industrial, toda en acero inoxidable y mármol negro, y al cruzar el umbral, se detuvo en seco.

Killian estaba allí, envuelto en las primeras luces de amanecer.

Pero no era el hombre de traje impecable del accidente, estaba descalzo, vistiendo solo unos pantalones de chándal grises que colgaban peligrosamente bajos de su cadera.

Estaba de espaldas a ella, manejando una sartén con una destreza inesperada.

Aria contuvo el aliento.

La vista de su espalda ancha y musculosa era abrumadora, una serie de tatuajes de trazos negros y geométricos descendían por sus hombros, perdiéndose en la cinturilla del chándal.

La luz del sol matutino acentuaba cada relieve de su anatomía, y Aria sintió un calor súbito recorriéndole las venas, era una belleza salvaje, peligrosa y perturbadoramente masculina.

— El agua está en el dispensador de la derecha — dijo él sin darse la vuelta.

Aria dio un respingo, avergonzada de haber sido atrapada observándolo.

— No sabía que cocinabas — logró decir, caminando hacia el dispensador con las piernas algo temblorosas.

— El dinero no quita el hambre, Aria, y a veces, necesito ensuciarme las manos con algo más noble que los contratos — respondió Killian mientras servía dos platos con huevos y tostadas.

Se sentaron en la isla de mármol el desayuno transcurrió bajo una tensión eléctrica que hacía que el aire pesara toneladas. Aria apenas podía probar bocado, sentía la mirada gris de Killian analizando cada uno de sus movimientos bajo el albornoz que ella llevaba puesto.

— ¿Por qué un hombre como tú, cocina su propia comida? — preguntó ella, tratando de romper el silencio— Tienes personal para todo.

— Cocinar me relaja — respondió él, fijando sus ojos en los de ella — En la cocina, si sigues las reglas, el resultado es predecible, en el mundo real, la gente suele ser mucho más… decepcionante.

Tras terminar, Killian se levantó y tomó una carpeta de cuero que descansaba sobre la encimera y la deslizó hacia ella con una elegancia letal.

— El borrador del contrato. Léelo.

Aria abrió la carpeta, el documento era frío y preciso.

Exigía fidelidad pública total, vivir bajo su techo por seis meses y presentarse ante el mundo como su prometida devota.

— Falta algo — dijo Aria, dejando el papel sobre la mesa — Si voy a arriesgar mi libertad y mi reputación por ti, quiero algo más que protección legal.

Killian enarcó una ceja.

—Quiero recuperar mi restaurante, el "Vanderbilt’s". Alistair lo puso a subasta, quiero que lo compres y me lo devuelvas con una estrella Michelin garantizada por tu capital.

Killian ladeó la cabeza, impresionado por la audacia de la mujer que, hace apenas unas horas, estaba llorando en una cuneta.

— Eres ambiciosa bajo toda esa... apariencia de niña inocente y buena. ¡Me gusta!

Killian rodeó la isla y se situó detrás de ella para inclinarse y apuntar al margen su petición.

Aria sintió el calor de su respitacion cuando él dejó un bolígrafo sobre la mesa, pero su atención se desvió hacia algo más impactante.

Al moverse, la luz incidió directamente en la espalda de Killian, y pudo ver bajo los tatuajes, distinguió unas marcas finas y blanquecinas que cruzaban su piel de forma transversal.

¿Eran cicatrices de látigo? ¡qué carajos!, las marcas eran antiguas, pero profundas.

El descubrimiento la dejó helada.

¿Quién podría haberle hecho algo así al hombre más poderoso de los Hamptons? ¿Qué clase de monstruo habitaba en la historia de los Sterling?

— Hay una cláusula nueva que debes conocer — dijo él, ignorando que ella acababa de ver su vulnerabilidad física — Mi abuelo Silas es un hombre que huele el miedo y la falsedad, para engañarlo, no basta con un anillo, debes aprender el arte de la seducción. Debes mirar a otros hombres y hacerles creer que solo yo existo, debes ser la mujer más deseada y, a la vez, la más inalcanzable.

Ella tragó saliva y regresó la mirada a su rostro.

—Yo mismo te daré esas lecciones.

—¿Qué? ¿Lecciones?

—Sí, lecciones de seducción.

Aria tragó saliva una vez más, la idea de estar bajo su tutela en un tema tan íntimo la aterraba.

—Tu rostro se vuelto pálido, Aria… — Él se burló con una sonrisita torcida demasiado sexi — Si sabes que seducción no solo tiene que ver con sexo, ¿Verdad? Es más como… el arte de la persuasión… aunque… si tú quieres, yo…

— He… tengo mis propias condiciones — replicó ella, tratando de recuperar el control — Y por supuesto que entiendo el término, no soy una niña

Él asintió.

—Nada de contacto físico no consentido. Ni una mano, ni un beso, nada, a menos que yo lo permita — Tratando de sonar controlada y profesional.

Killian soltó una carcajada oscura y se inclinó, apoyando los brazos a ambos lados de Aria, atrapándola entre su cuerpo y el mármol.

— Acepto, pero añadiremos una penalización — susurró él, y su aliento rozó la mejilla de Aria — Por cada vez que te resistas a un beso o a una muestra de afecto frente a terceros, habrá una multa económica de tu fondo de recuperación, mi abuelo solo me heredará la presidencia de Sterling Corp en su totalidad si cree que nuestro matrimonio es real y es mucho, mucho dinero, hermosa, así que no voy a permitir que tus escrúpulos me cuesten mi imperio.

Killian deslizó el bolígrafo unos centímetros más cerca de su mano. La mirada de Aria viajaba del contrato a los ojos de Killian, era un pacto de sangre envuelto en términos legales.

— Tienes dos caminos, Aria — dijo él con una voz que no admitía contrariedades — Firma este papel y mañana serás la reina de los Hamptons de nuevo, protegida por mi apellido y mi poder, no firmes, y mañana serás una reclusa más, esperando que Alistair decida cuándo terminar de destruirte.

Aria miró el bolígrafo, pensó en Alistair riendo en su cama con su amante, en su padre y su caída, en el restaurante que era su vida entera. Tomó el bolígrafo y firmó con una caligrafía firme, sellando su destino.

En cuanto dejó el bolígrafo sobre la mesa, Killian le tomó la mano con firmeza y la obligó a ponerse en pie, quedando a escasos milímetros de él, sintiendo el calor que emanaba su cuerpo.

— Bienvenida al infierno, futura señora Sterling — dijo él, y sus ojos brillaron con un fuego nuevo — La primera lección de seducción empieza ahora mismo. No vuelvas a mirar mis cicatrices como si fueran una debilidad, o te enseñaré cómo se siente el verdadero dolor.

Aria no pudo responder. Solo pudo sentir la presión de sus dedos y la certeza de que su vida, tal como la conocía, acababa de ser consumida por las sombras de Killian Sterling.

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