Mundo ficciónIniciar sesiónLa limusina blindada se deslizaba por las calles de Ginebra con la suavidad de un depredador sobre seda.
El silencio en el interior era absoluto, roto únicamente por el rítmico tic - tac del reloj de pulsera de Jean - Pierre Beaumont.
Killian, cuya palidez se acentuaba bajo la luz blanca de las farolas suizas, mantenía la cabeza apoyada en el respaldo de cuero, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa.
Aria, sentada frente al Auditor, sent&ia







