El silencio en la mansión The Abyss nunca era absoluto.
Era una amalgama de susurros, el viento golpeando los acantilados, el crujido de la estructura de acero enfriándose tras el día y el zumbido eléctrico de los sistemas de seguridad que lo vigilaban todo.
Aria estaba acostada, con la vista fija en el techo, sintiendo el peso de la tarjeta magnética bajo su almohada.
La advertencia de Killian en el pasillo todavía resonaba en sus oídos, una vibración gélida que debería haberla mantenido bajo las sábanas, sin embargo, el miedo a lo desconocido estaba siendo devorado por un miedo mucho mayor, el miedo a ser un peón en un juego cuyas reglas ignoraba.
Se levantó con movimientos felinos, y no encendió las luces.
Se calzó unos zapatos planos y se echó una bata oscura sobre los hombros, al abrir la puerta de su habitación, el pasillo se extendía ante ella como la garganta de un monstruo, sabía que estaba cometiendo una locura.
Desobedecer a Killian Sterling no era como romper una regla de