Mundo ficciónIniciar sesiónTras la aparición de pruebas falsas sobre movimientos ilegales en las empresas Lancaster, le arrebataron sus bienes a la familia y metieron al dueño en prisión. La caída del imperio Lancaster fué implacable y devastadora. Trazada con malicia por quien menos lo esperaban, un socio que pretendía ser bueno pero solo era un lobo disfrazado de cordero. Mathilde Lancaster, la joven heredera, quedó sola tras la pérdida de ambos padres quienes no soportaron la horrible situación que los había arrasado como un huracán. Lo único que ella quería era obtener pruebas de la inocencia de su padre para limpiar el apellido de su familia y recuperar la empresa que tanto sacrificio había costado hacer llegar a la cima, la cual Thomas Davenport había arrebatado y vuelto suya. Ese hombre ocultaba una profunda obsesión por Mathilde, pero tras enterarse cuál era su objetivo, el objeto de su deseo se volvió tan solo una amenaza para todo lo que había conseguido y debía eliminarla. Mathilde se vió acorralada por matones de Thomas mientras intentaba huir, cayendo al vacío pero despertando de golpe dándose cuenta que reencarnó años atrás. Decidió que no sería la misma joven imprudente y débil del pasado. Si quería derribar a su enemigo lo mejor era hacerlo desde dentro, cambiando su apariencia y seduciéndolo para ganarse su confianza. Aunque nunca pensó que la repentina aparición de un hijo biológico de Thomas fuera a volverse un tentador fallo en el plan en el que debía evitar caer. Lo que no parecía difícil, pues estaba cegada por su venganza. Pero Brendan Davenport también tenía sus propios secretos, y uno de ellos tenía que ver con Mathilde. Secretos, obsesiones, romance, venganza y traiciones en LA VENGANZA DE LA HEREDERA.
Leer más(Cuatro meses después)El viento del Atlántico soplaba con una fuerza constante, cargado de sal y de una humedad fría que se adhería a la piel, pero que no calaba los huesos como la lluvia de la ciudad. Aquí, el agua limpiaba.Matilde estaba sentada en el porche de madera envejecida de la casa que habían alquilado en la costa norte. Tenía una taza de té de hierbas humeante entre las manos, y sus ojos verdes, antes siempre vigilantes, escaneaban la línea del horizonte donde el cielo grisáceo se fundía con el mar revuelto.Ya no había rastro de Chloe Bennett.El cabello rubio platino, esa armadura brillante y perfecta que había llevado como un yelmo de guerra, había desaparecido. Ahora lucía su castaño natural, con mechones más claros quemados por el sol de la costa, recogido en un moño desordenado sujeto con un lápiz de madera. No llevaba maquillaje. Su piel, pálida y limpia, mostraba algunas de las pecas que había ocultado.No llevaba seda, ni diamantes, ni esos tacones de aguja que c
El mundo exterior estalló en luces azules y rojas, pero para Matilde y Brendan, el verdadero estruendo estaba ocurriendo en el espectro invisible de la red.Los oficiales los sacaron del coche con gritos y armas en alto, tratándolos como fugitivos peligrosos. Brendan no se resistió. Se dejó esposar, su única preocupación era mantener la vista fija en Chloe, quien era sostenida por una oficial mujer. Estaba sucia, cubierta de hollín y sangre seca, con el vestido de novia rasgado hasta los muslos, pero se mantenía erguida con una dignidad que intimidaba.—¡Están cometiendo un error! —gritó Brendan mientras lo empujaban contra el capó de la patrulla—. ¡Tienen que revisar sus teléfonos! ¡Miren las noticias!—¡Cállese! —ordenó un sargento.Pero el silencio no duró.Primero fue un pitido. Luego otro. En cuestión de segundos, los teléfonos personales de los oficiales, las radios de la patrulla y los dispositivos en sus cinturones comenzaron a vibrar y sonar en una cacofonía disonante.La "ba
La carretera era una cinta de asfalto negro devorada por los faros del coche y la lluvia torrencial. El mundo exterior era un borrón de velocidad y oscuridad, pero dentro del vehículo, el aire estaba cargado de una estática mortal.Brendan conducía con la desesperación de un hombre que sabe que la muerte le pisa los talones. El motor rugía, forzado al límite, mientras tomaba las curvas de la carretera secundaria derrapando sobre el barro. El viento aullaba a través de la luneta trasera destrozada, trayendo consigo el frío y el ruido de la tormenta.—No estamos a salvo —dijo él, mirando compulsivamente por el espejo retrovisor destrozado—. Él no nos dejará ir. Nunca.Matilde estaba encogida en el asiento del copiloto, con la computadora portátil abierta sobre sus rodillas. La pantalla iluminaba su rostro sucio y pálido con un resplandor azul espectral.—Lo sé —dijo ella. Sus dedos volaban sobre el teclado, ignorando el temblor de sus manos—. Por eso tenemos que matarlo ahora. Antes de
El interior de la habitación se convirtió en una jaula de violencia.Thomas se recuperó del primer golpe con una rapidez aterradora. No peleaba con furia ciega, sino con la precisión brutal de quien ha tenido que ensuciarse las manos para construir un trono. Lanzó un golpe al estómago de Brendan que le sacó el aire, doblándolo por la mitad.—Eres débil, Brendan —gruñó Thomas, agarrando a su hijo por el cuello de la camisa y estrellándolo contra la pared de terciopelo—. Siempre fuiste débil. Demasiado corazón. Demasiada conciencia.Brendan sintió el sabor cobrizo de la sangre en su boca. Su visión se nubló, pero su mano derecha se cerró instintivamente sobre el objeto duro en el bolsillo de su abrigo: los discos duros. La vida de su padre.—No soy débil —jadeó Brendan, escupiendo sangre a los pies de Thomas—. Soy el hombre que acaba de robarte tu imperio.Los ojos de Thomas se abrieron de par en par. Por una fracción de segundo, la duda cruzó su rostro.Brendan aprovechó esa grieta.No
Último capítulo