Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandro Di’ Giovanni regresó de las cenizas con un solo propósito: destruir a los Sullivan, la familia que lo dejó huérfano y en la calle hace quince años. Su plan es gélido y perfecto: asfixiar a su enemigo y tomar a su hija, Audrey, como el trofeo final de su venganza. Pero tras una noche de pasión, Audrey desaparece. Cinco años después, el millonario la encuentra en el lugar menos esperado, descubriendo que ella no solo huyó con su orgullo, sino con un secreto que él jamás imaginó: dos gemelos que son su viva imagen. Ahora, Alessandro no solo quiere recuperar su patrimonio; quiere reclamar a sus herederos y someter a la mujer que se atrevió a burlarlo. En este juego de poder y traición, Audrey deberá decidir si el hombre que busca destruir a su padre es el verdugo de su futuro o el único capaz de proteger a sus hijos. ¿Qué pesa más: una deuda de sangre o el reclamo de un corazón herido?
Leer másLos días siguientes trajeron una calma necesaria. Alessandro se encargaba de animar a Audrey, quien a pesar del éxito profesional, cargaba con la melancolía de la traición de sus padres. Él la escuchaba durante horas, validando su dolor, recordándole que la familia no siempre es la que comparte la sangre, sino la que decide quedarse.Para celebrar la mejoría de su herida, que ya cicatrizaba permitiéndole movimientos más fluidos, Alessandro organizó un picnic en el jardín. Era una mañana radiante, y Audrey, aunque entusiasmada por salir, se había despertado sintiéndose extraña. Un mareo persistente y una oleada de náuseas la habían obligado a sentarse en el borde de la cama nada más despertar.—Es el estrés de la rueda de prensa —se dijo a sí misma frente al espejo del tocador. Se veía pálida, un poco más delgada, con unas ojeras que el maquillaje apenas cubría. Alessandro, que la había encontrado minutos antes, le había dicho que estaba perfecta, devorándola con esa mirada que siempr
El calendario en la pared de la oficina de Alessandro marcaba ya dos semanas desde aquel fatídico incidente en el almacén. El tiempo, ese juez implacable, había comenzado a tejer una fina capa de normalidad sobre las heridas, tanto las físicas como las del alma. Alessandro, con la disciplina de hierro que lo caracterizaba, se había reincorporado a la empresa. No lo hizo de forma estrepitosa, sino con una serenidad que imponía respeto.La culminación de este regreso fue la rueda de prensa. Ante una horda de periodistas ávidos de morbo sobre el "escándalo Sullivan", Alessandro se mantuvo como una roca. Su voz, profunda y gélida, no dejó lugar a dudas.—Mi relación con mi esposa, Audrey Di Giovanni, es un asunto privado —declaró, fijando su mirada azul en las cámaras con una intensidad que hizo retroceder a los más audaces—. Sin embargo, no permitiré que se use nuestra unión para desacreditar su capacidad profesional. Ella se ganó su puesto por mérito propio, mucho antes de que nuestro v
El sol de la tarde se filtraba a través de los grandes ventanales de la mansión Di Giovanni, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Cuando la puerta principal se abrió, el silencio habitual de la casa fue destruido por el sonido de pasos precipitados sobre el mármol. Matthew y Emma, que habían estado contando los minutos para este momento, aparecieron en el vestíbulo como dos pequeños torbellinos de energía.—¡Papá! —gritaron al unísono.Alessandro caminaba con una lentitud inusual, apoyado con firmeza en el brazo de Marcus. Al ver a sus hijos, una sonrisa genuina, desprovista de su habitual máscara de frialdad, iluminó su rostro pálido. El rubio lo sostuvo con cuidado mientras el pelinegro se agachaba con un esfuerzo visible para recibirlos. Los niños se estrellaron contra él en un abrazo desordenado, y Alessandro los rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en sus cabellos y aspirando profundamente ese aroma dulce a champú infantil que, durante sus noches en el hosp
El sol de la tarde comenzaba a teñir de dorado las paredes de la habitación cuando Alessandro emergió lentamente de la neblina de los sedantes. Lo primero que sintió no fue el dolor punzante en su costado, sino un calor reconfortante y familiar en su mano derecha. Al abrir los ojos con esfuerzo, su mirada se posó en la figura que descansaba a su lado.La castaña estaba dormida en la incómoda silla de plástico, con la cabeza apoyada sobre el borde del colchón. Su respiración era acompasada, pero su rostro, incluso en sueños, reflejaba el rastro del agotamiento y la angustia de las últimas horas. Llevaba una camiseta limpia, pero notó que no había soltado su mano ni un segundo; sus dedos estaban entrelazados con los de él en un agarre desesperado y posesivo.Un torrente de emociones inundó el pecho de Alessandro, más intenso que cualquier analgésico. Verla allí, a salvo, respirando, hizo que el dolor físico pasara a un segundo plano. La imagen del almacén regresó a su mente con una clar
Último capítulo