Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandro Di’ Giovanni regresó de las cenizas con un solo propósito: destruir a los Sullivan, la familia que lo dejó huérfano y en la calle hace quince años. Su plan es gélido y perfecto: asfixiar a su enemigo y tomar a su hija, Audrey, como el trofeo final de su venganza. Pero tras una noche de pasión, Audrey desaparece. Cinco años después, el millonario la encuentra en el lugar menos esperado, descubriendo que ella no solo huyó con su orgullo, sino con un secreto que él jamás imaginó: dos gemelos que son su viva imagen. Ahora, Alessandro no solo quiere recuperar su patrimonio; quiere reclamar a sus herederos y someter a la mujer que se atrevió a burlarlo. En este juego de poder y traición, Audrey deberá decidir si el hombre que busca destruir a su padre es el verdugo de su futuro o el único capaz de proteger a sus hijos. ¿Qué pesa más: una deuda de sangre o el reclamo de un corazón herido?
Leer más—Sigo creyendo que te estás excediendo —insistió el rubio, el sonido de su voz rebotando en las superficies frías de la estancia—. Pero no me meteré en rus asuntos. Sin embargo, ¿Crees que tenerla recluida te dará poder sobre los Sullivan?Alessandro se detuvo frente a la isla, a pocos centímetros de donde Audrey se ocultaba. Ella podía ver sus zapatos de cuero italiano, pulcros y prohibitivos, casi rozando el dobladillo de su vestido.—Ella es la única hija de ese hombre, y aunque pensé que era su tesoro más preciado pero realmente solo la ve como la solución a sus problemas financieros. Estoy seguro de que querrá sacar provecho de la situación si se entera de donde están los niños. Mañana salimos para Escocia. —¿Inverness? —soltó un suspiro cargado de escepticismo—. Vas a llevar este conflicto hasta su puerta. Solo espero que todo esto que estás haciendo valga el riesgo de arruinar tu reputación. Me voy, intentaré calmar a los inversores antes de que decidan que Dubái es una causa
La penumbra de la madrugada aún envolvía la mansión cuando el sonido metálico de un mensaje de texto hizo vibrar el escritorio de cristal del pelinegro. No necesitaba mirar la pantalla para saber que eran noticias de Dubái, o quizás otro informe de seguridad sobre la mujer que ocupaba la suite de arriba. Alessandro se frotó las sienes, sintiendo el peso de un insomnio que ya no era una elección, sino una condena. Había cancelado reuniones estratégicas y paralizado acuerdos que llevaban meses en gestión, dejando su reputación profesional en una posición vulnerable, todo por la necesidad patológica de no perder el control sobre Audrey Sullivan.El chasquido de la puerta del despacho al abrirse lo sacó de su letargo. Marcus entró con la confianza de quien conoce los puntos ciegos de su socio, aunque su rostro no mostraba la ligereza habitual. Su amigo caminó hacia el minibar y se sirvió un vaso de agua con una parsimonia que irritó al pelinegro.—Mi teléfono no ha dejado se sonar desde a
El día pasó como una tortura monótona para Audrey. Se negó a tocar las bandejas de comida que el servicio dejaba religiosamente en la puerta, convencida de que aceptar cualquier cosa de Alessandro era ceder una parte de su soberanía. Pasó las horas midiendo la habitación de un lado a otro, sintiéndose como un animal enjaulado, su mente volviendo una y otra vez a los gemelos. ¿Estarían bien? ¿Habría llamado Jennifer a la policía? El miedo era un parásito que le devoraba las entrañas.Alessandro regresó a la mansión pasadas las ocho de la noche. Su humor era sombrío; las reuniones del día habían sido un trámite molesto mientras su mente volaba constantemente hacia la mujer que tenía cautiva. Al entrar, la ama de llaves lo recibió con una expresión de preocupación.—Señor, la señora Sullivan no ha salido en todo el día. No ha probado bocado, ni siquiera el agua.Enojado por lo que consideraba una pataleta de orgullo infantil y a la vez descolocado por la tenacidad de ella, Alessandro sub
La mansión Di’ Giovanni era una obra maestra del diseño minimalista; domótica invisible, paredes insonorizadas y un ventanal que ofrecía una vista privilegiada de la ciudad. Sin embargo, para Audrey, el lugar tenía la calidez de una celda de alta seguridad. Se hundió en el edredón de seda, sintiendo cómo el silencio de la casa zumbaba en sus oídos como una frecuencia molesta. El insomnio no era una novedad; años de maternidad en solitario habían fragmentado su descanso, pero esta vez, el motivo no era el llanto de un bebé, sino el terror más absoluto.No podía dejar de visualizar a sus hijos en la pequeña pero acogedora casa de Inverness. Imaginaba a Emma llorando porque su madre no llegó a tiempo para leerle su cuento favorito, y a Matthew, siempre tan protector a pesar de su corta edad, tratando de consolar a su hermana mientras miraba la puerta con una esperanza que ella sentía que estaba traicionando. La desesperación crecía cada vez que su mirada caía sobre su teléfono, apagado y
Alessandro hizo una seña casi imperceptible con la cabeza y, al instante, la pesada puerta de madera de la sala se deslizó sobre sus gozanas. El guardaespaldas de facciones pétreas entró en la estancia, sosteniendo con una mano el bolso de Audrey que se había precipitado al suelo durante el forcejeo previo. El objeto, pequeño, parecía ridículo en las manos de aquel gigante, una prueba muda de la vida ordinaria que ella intentaba defender.—El coche está esperando, señor —anunció el hombre con una voz que carecía de cualquier rastro de empatía.—Vamos —ordenó Alessandro. Soltó su muñeca con una parsimonia insultante, pero mantuvo su cuerpo en una posición estratégica, bloqueando cualquier ángulo de huida. Su voz no era un ruego, era una sentencia—. Tenemos cinco años de silencio que llenar, y te aseguro que voy a disfrutar cada segundo de tu rendición.Audrey caminó hacia la salida con las piernas convertidas en plomo, sintiéndose como una condenada que avanza hacia el cadalso bajo la
El silencio en la sala era denso, casi sólido, interrumpido únicamente por el murmullo amortiguado del aeropuerto que quedaba tras los cristales reforzados. Audrey sentía que el oxígeno escaseaba; cada vez que Alessandro exhalaba, parecía arrebatarle una parte del aire que ella necesitaba para mantenerse en pie. La cercanía del hombre era una presencia física abrumadora, una mezcla de magnetismo prohibido y un peligro que erizaba cada vello de su piel.—No soy un objeto, tengo voz y voto. Tus asuntos son con mi padre, no conmigo, así que déjame en paz... —masculló ella, forzando las palabras a través de una garganta que se sentía estrecha por la ira.Alessandro no se inmutó. Al contrario, la comisura de sus labios se elevó apenas unos milímetros en un gesto que distaba mucho de ser una sonrisa. Sus dedos, largos y aristocráticos, se deslizaron con una lentitud tortuosa hacia el rostro de Audrey, apartando un mechón de cabello castaño que se había pegado a su frente por la humedad del
Último capítulo