(Cuatro meses después)
El viento del Atlántico soplaba con una fuerza constante, cargado de sal y de una humedad fría que se adhería a la piel, pero que no calaba los huesos como la lluvia de la ciudad. Aquí, el agua limpiaba.
Matilde estaba sentada en el porche de madera envejecida de la casa que habían alquilado en la costa norte. Tenía una taza de té de hierbas humeante entre las manos, y sus ojos verdes, antes siempre vigilantes, escaneaban la línea del horizonte donde el cielo grisáceo se