El silencio en la habitación acolchada ya no era una pausa entre gritos; se había convertido en un estado sólido, pesado como el plomo, que aplastaba el aire hasta volverlo irrespirable.
Habían pasado dos días. O quizás tres. En la oscuridad artificial, el tiempo se medía por las bandejas de comida que entraban y salían intactas.
Matilde yacía de costado en la cama, las rodillas llevadas al pecho en posición fetal. El vestido de novia, que días atrás había sido una armadura de seda y orgullo, a