Mundo ficciónIniciar sesiónCon apenas dieciocho años, Anastasia Belmonte lo tenía todo. Belleza, dinero, prestigio y un futuro que parecía perfecto hasta que un desafortunado accidente cambió repentinamente su destino. Desde entonces, la heredera de una de las familias más poderosas del país ha tenido que mantenerse lejos de la ciudad y consumida por los recuerdos de un amor imposible: Andrés Braxton, el elegante profesor de equitación que nunca le permitió cruzar la línea entre deseo y obsesión. Pero todo cambia cuando Sebastián llega a la hacienda, el nuevo jardinero. Un joven apuesto y rudo que no pertenece a su mundo, pero que inesperadamente despierta en ella, un deseo incontenible. Cuando Anastasia lo observa trabajar bajo el sol desde la ventana de su prisión, algo dentro de ella vuelve a despertar. Ahora, atrapada entre el recuerdo del hombre que nunca la tocó y el deseo brutal del hombre que amenaza con hacerla sentir viva otra vez, Anastasia descubrirá que algunas caídas no destruyen el cuerpo sino que encienden el alma. —No debería mirarte así —murmuró ella. Sebastián sostuvo su mirada mientras se acercaba lentamente a la silla de ruedas. —Entonces deja de temblar cada vez que me acerco. —¿Qué quieres de mí? —preguntó Anastasia. Él bajó la vista hacia sus labios. —Lo mismo que llevas intentando ocultar desde que nos vimos por primera vez...
Leer másDesde que Anastasia tuvo aquel terrible accidente, hace un año atrás, todo su mundo se derrumbó.
De ser una chica extrovertida y sonriente, se convirtió en una joven amargada y fría. Ya no le interesaba salir de su habitación ni ver a nadie. Todas las mañanas luego de que Clara –su sirvienta de confianza– la ayudaba a asearse y arreglarse, Anastasia permanecía sentada en su silla de ruedas junto a la ventana sintiendo la tibieza del sol en su rostro y su regazo. Observando con obstinación como la vida de los demás transcurría frente a ella sin detenerse, sin esperarla. Dentro y fuera de la elegante mansión campestre, los empleados entraban y salían, autos cruzando la entrada principal, el sonido distante de las caballerizas, todo en movimiento, mientras ella… Anastasia tenía que permanecer en aquella habitación, postrada en su silla, presa entre cuatro paredes y en su pasado. Un pasado estancado en su memoria que ya no le pertenecía. Los pasos acercándose a su habitación, la sacaron de sus pensamientos. Lentamente giró el rostro hacia la puerta esperando a que esta se abriera. Clara entró como de costumbre, sonriendo con entusiasmo. —Le traje su desayuno, señorita —murmuró la pelinegra mientras acomodaba la bandeja sobre la mesa auxiliar. Anastasia apenas levantó la vista y cerró el libro que tenía en las manos. —Déjala ahí. Clara suspiró con paciencia. Llevaba un año cuidándola. Conocía perfectamente cada uno de sus gestos, cuando estaba malhumorada o cuando se veía triste. Esa mañana su mirada lucía apagada aunque el tono de su voz sonara displicente. —Hoy llegó alguien nuevo a la hacienda. —comentó intentando sacarla de aquel estado de ánimo. —¿Otro chofer? —cuestionó ella. Sabía que su padre había despedido al antiguo chofer por petición suya y que no tardaría en colocar a alguien más. —No. —contestó la empleada—. Es un nuevo jardinero. Aquello no despertó el menor interés en Anastasia. —Ah. Clara sonrió ligeramente, mientras abría el armario. —Dicen que el señor Iván lo contrató personalmente. Parece que sabe mucho de plantas exóticas. —Qué fascinante… —respondió en tono sarcástico. La empleada negó con la cabeza. —Vamos, al menos es alguien diferente. —dijo sacando el vestido color crema con estampado de flores—. Este te hará lucir hermosa. —¿Hermosa para quién? Clara guardó silencio y simplemente se limitó a ayudarla a cambiarla de ropa. Anastasia odiaba necesitar ayuda hasta para las cosas más simples. Odiaba sentir su propio cuerpo inútil desde la cintura hacia abajo. Odiaba depender de otros. —Déjame hacerlo yo —dijo arrebatándole el cepillo. La pelinegra asintió. Ella terminó de peinarse su larga y cobriza cabellera. Clara la observó con admiración. —Sigue siendo la mujer más hermosa de esta casa. —sonrió. —Y también la más inútil. —replicó. La empleada suspiró sabía que era inútil discutir con ella. Con calma y de forma delicada, la ayudó a sentarse en la silla de ruedas. —Volveré en una hora para darle los medicamentos. —dijo y salió de la recámara. Durante varios segundos, Anastasia permaneció inmóvil, pensativa. Miró hacia un lado y se dirigió hacia la enorme ventana. Fue entonces, cuando algo llamó su atención. Había un hombre alto, atlético, de cabello oscuro estaba de espalda, inclinado sobre uno de los rosales del patio central. El sol de la mañana caía sobre su piel bronceada por el trabajo y el sudor recorría lentamente su espalda. —Debe ser el nuevo jardinero. —gruñó. El hombre se incorporó apenas y pasó el antebrazo por su frente. ¡Dios! Era… enorme. Los músculos de sus brazos se tensaban con naturalidad bajo el esfuerzo. Sus hombros parecían esculpidos y la camiseta blanca húmeda se pegaba a su torso marcado de una forma indecente. Anastasia sintió un extraño calor subirle desde la entrepiernas hasta el rostro. Tragó saliva sin entender por qué. Se acercó un poco más a la ventana. Abajo, Sebastián clavó la pala en la tierra y permaneció quieto. Luego alzó lentamente el rostro hacia la ventana. Anastasia se sobresaltó y deslizó la cortina apenas entre sus dedos tratando de ocultarse. Sin embargo, él alcanzó a notar el gesto aunque fingió no hacerlo. Desvió la mirada con aparente indiferencia y continuó trabajando. El corazón de Anastasia latió con fuerza. “Ridículo…”, pensó. Aun así, no podía dejar de mirar. Sebastián tomó el borde de su camiseta sudada y se la quitó lentamente. Anastasia dejó escapar un suspiro. El torso firme y desnudo resplandecía bajo la luz del sol matutino. Cubierto por una fina capa de sudor que recorría cada línea de su abdomen definido. La tensión de sus brazos marcaba su musculatura y resaltaba lo suave de su piel bronceada. Un poco más abajo, la peligrosa V de su cintura desaparecía bajo el cinturón de sus vaqueros desgastados. Anastasia sintió las mejillas arder. Aquel hombre era brutalmente masculino. Sus dedos apretaron la cortina mientras observaba fascinada cómo él levantaba un saco de tierra como si no pesara nada. Sebastián volvió a mirar discretamente hacia arriba. Esta vez alcanzó a verla mejor. La silueta femenina, ligeramente inclinada sobre la ventana. Él levantó completamente el rostro. Sus miradas estuvieron a punto de encontrarse. Pero, ella se escondió de golpe detrás de la cortina. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta. Se llevó una mano al pecho intentando recuperar el aire. ¿Qué demonios había sido eso? Escuchó unos pasos acercarse. La puerta se abrió y su madre entró. —¿Anastasia? La pelirroja giró rápidamente la silla intentando aparentar normalidad. —¿Sí? Su madre entrecerró los ojos. —¿Por qué estás tan agitada? —preguntó con curiosidad, Gisela. —No lo estoy. —murmuró aunque su respiración acelerada la traicionaba. Cuando la mujer caminó lentamente hacia la ventana, Anastasia sintió un pánico absurdo atravesarla. Su madre apartó ligeramente la cortina y observó el jardín por un segundo, luego volvió a mirarla. —¿Te sientes bien? —cuestionó de forma perspicaz. —Sí. —balbuceó. Gisela suspiró hondo. —Clara traerá tus medicamentos más tarde. —dijo y se dirigió hasta la puerta. Antes de salir, volvió el rostro hacia su hija, le sonrió levemente y se marchó. Apenas la puerta se cerró detrás de su madre, Anastasia giró lentamente la silla hacia la ventana, una vez más. Aun podía sentir como su corazón latía con fuerza. Con la punta de sus finos y delicados dedos apartó de forma cautelosa la cortina y miró hacia el rosal, pero él ya no estaba. Sebastián había desaparecido. Aun así, Anastasia seguía sintiendo el fuego de aquella mirada recorriéndole la piel, encendiéndola por dentro…Anastasia levantó lentamente la mirada mientras Sebastián permanecía de pie frente a la cama observándola. Sus ojos descendieron apenas hacia la curva de sus piernas cubiertas por la falda larga de su vestido, antes de volver a subir lentamente hasta encontrar su rostro.Aquella mirada pareció intimidarla. Anastasia volvió el rostro a un lado. —No tenía por qué subir —susurró entonces, intentando recuperar algo de control.Sebastián se cruzó de brazos e inclinó el rostro hacia ella.—Y dejarla tirada en el suelo… ¿eso quería?—Supongo que debo darle las gracias por recoger a esta inválida del suelo. —replicó con voz fría y cortante. Él frunció ligeramente el ceño. —¿Quiere que sienta lástima por usted?La respuesta de aquel hombre, la desconcertó por completo. No había rastros de compasión ni pena en sus palabras. En cierta forma, se había acostumbrado a que todos la trataran y miraran con conmiseración. Anastasia apartó el rostro fingiendo indiferencia y se recostó len
Anastasia respiró agitadamente al recordar aquel momento trágico del cual, se arrepentiría todo ese tiempo. Los golpes en la puerta la hicieron reaccionar. Cuando Clara entró con la bandeja de comida, la pelirroja la echó de la habitación. —¡Lárgate! No quiero nada. —gritó iracunda—. Déjame sola de una maldita vez. Clara la miró sin decir nada, retrocedió lentamente y salió de la recámara. Anastasia comenzó a lanzar manotazos tirando al piso todo lo que estuviera a su alrededor. Los libros apilados encima de la cómoda, la lámpara en la cabecera de la cama, floreros, frascos de perfumes, todo. Afuera y sin poder hacer nada, Clara escuchaba el estrépito de los cristales rompiéndose contra el parqué. Negó con su cabeza porque en el fondo sentía compasión por ella. Sabía como debía sentirse y lo difícil que debía ser para ella, el estar postrada en una silla de ruedas. —Pobre, Anastasia —suspiró y bajó las escaleras. Al llegar a la cocina, se encontró con el apuesto jardin
Anastasia apenas tenía diecisiete años. Todavía podía caminar, podía correr por toda la hacienda con el cabello rojo escapando bajo el casco de equitación mientras los empleados la observaban como si fuera una aparición imposible.Era hermosa. Terriblemente hermosa y lo sabía. Sobre todo cuando André la miraba. Aunque intentara disimularlo.Entró al establo, y allí estaba él, apoyado contra la cerca de madera en una postura elegante que lo hacía verse muy atractivo. Vestía una chaqueta marrón combinado con un suéter color crema, pantalones de mezclilla beige y botas color caramelo que hacían juego con su atuendo. Siempre impecable y serio. Algo que la desesperaba.—¿Lista? —preguntó él con su voz ronca, acariciando el lomo reluciente del alazán marrón. —Sí, por supuesto. —Vamos. —dijo él mientras sacaba el caballo y salía del establo.Ella lo siguió de cerca. Se detuvieron frente al potro y luego, como él solía hacerlo, la tomó de la cintura y la ayudó a subir sobre el i
Luego de aquella sensación de deseo que se instaló por todo su cuerpo, una sensación terrible de vacío se apoderó de ella. Permaneció inmóvil frente a la ventana, sujetando la cortina entre sus dedos mientras sus ojos recorrían el jardín tratando de encontrarlo. Sin embargo, él no estaba. Había desaparecido y con él, su estabilidad emocional. Anastasia apartó lentamente la mirada, molesta, confundida. Durante todo ese tiempo jamás había sentido algo semejante. Se alejó con rapidez de la ventana y giró la silla hacia la entrada de la habitación. Clavó la mirada en la puerta sintiendo el extraño deseo de salir por primera vez de su dormitorio. Quería bajar y correr a verlo. Sin embargo, algo la detuvo. No sólo fue el hecho de no poder hacerlo con sus propios pies sino la reacción que tendría aquel hombre al mirarla. ¿Qué podía sentir por ella sino, compasión y lástima?Anastasia sólo era una hermosa chica postrada en una silla de ruedas. Esa era la verdad, la única verdad. S





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