Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia levantó lentamente la mirada mientras Sebastián permanecía de pie frente a la cama observándola.
Sus ojos descendieron apenas hacia la curva de sus piernas cubiertas por la falda larga de su vestido, antes de volver a subir lentamente hasta encontrar su rostro. Aquella mirada pareció intimidarla. Anastasia volvió el rostro a un lado. —No tenía por qué subir —susurró entonces, intentando recuperar algo de control. Sebastián se cruzó de brazos e inclinó el rostro hacia ella. —Y dejarla tirada en el suelo… ¿eso quería? —Supongo que debo darle las gracias por recoger a esta inválida del suelo. —replicó con voz fría y cortante. Él frunció ligeramente el ceño. —¿Quiere que sienta lástima por usted? La respuesta de aquel hombre, la desconcertó por completo. No había rastros de compasión ni pena en sus palabras. En cierta forma, se había acostumbrado a que todos la trataran y miraran con conmiseración. Anastasia apartó el rostro fingiendo indiferencia y se recostó lentamente contra la almohada. Pero sus ojos terminaron buscándolo otra vez. Entonces volvió a recordarlo horas antes, bajo el sol, con la camisa pegada a la piel y el sudor deslizándose lentamente por su pecho. Recordó la forma en que se quitó la franela húmeda sin imaginar que ella lo observaba desde arriba. Sebastián, en cambio, se mostró preocupado al ver que la herida en su rodilla semi descubierta continuaba sangrando. Metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó un pañuelo. Ella lo miró con incredulidad. —¿No pensará ponerme esa cosa sucia en mi pierna o sí? El comentario provocó molestia en él. —Prefiere seguir sangrando y que le terminen amputando la pierna. —Gilipollas… —escupió ella. Él mostró una sonrisa ladeada que terminó siendo peligrosamente atractiva para ella. —Sólo limpiaré la sangre que tiene cerca de la pantorrilla. No tocaré su herida. Tomó asiento en el borde de la cama. Anastasia cruzó los brazos inmediatamente, observándolo con abierta desconfianza. Aunque en realidad lo que intentaba controlar era el efecto perturbador que aquel extraño comenzaba a producir en ella con tanta rapidez. Porque incluso estando allí, sin tocarla, podía sentir el calor que desprendía su cuerpo. Sebastián levantó cuidadosamente la tela de la falda hasta dejar al descubierto parte de su pantorrilla herida. Y cuando rodeó suavemente su pierna con una mano, un escalofrío le recorrió por dentro erizándole la piel frente a sus ojos. Anastasia contuvo el aire. Aquella simple caricia había sido suficiente para despertar algo dormido dentro de ella. Algo profundamente femenino. Los dedos de Sebastián eran grandes, cálidos, firmes. Y aunque intentaba concentrarse en la herida, no pudo evitar notar la delicadeza de aquella piel bajo su mano. Aunque notó la manera en que ella se estremeció, fingió desinterés. —Tiene restos de vidrio incrustados. —dijo frunciendo el ceño ligeramente. Anastasia tragó saliva. —Tengo que sacar una astilla. Ella asintió intentando aparentar fortaleza. Sebastián acercó lentamente la mano a la herida y tomó con la punta de los dedos el pequeño fragmento de vidrio. —No se mueva. —advirtió antes de tirar suavemente. —¡Auch! —gritó. Anastasia se incorporó de golpe y le sujetó del antebrazo con fuerza. —¡Joder! ¿Qué está haciendo imbécil? Él levantó la mirada y se encontró con sus ojos amielados. Sus rostros estaban tan cerca que él podía sentir su respiración agitada y su aliento cálido. Los ojos oscuros de Sebastián descendieron apenas hacia sus labios antes de volver a mirarla fijamente. —Pensé que era más corajuda. —dijo mostrando el diminuto trozo de vidrio entre sus dedos—. Ya está. Sólo era una pequeña astilla. No va a morir. —Es usted un gilipollas. Sebastián soltó una breve risa breve. —Y usted muy poco agradecida. En ese instante, Clara entró apresuradamente a la habitación interrumpiendo la tensión sexual que había entre ellos. —Traje lo que me pidió. Se acercó hasta la cama dejando una pequeña cesta llena de medicamentos, gasas y alcohol. —Gracias —respondió Sebastián. Pero cuando extendió la mano para tomar las gasas, Anastasia lo detuvo inmediatamente. —No tiene que hacer nada. Clara se encargará. —¿Yo? —replicó la muchacha abriendo los ojos con nerviosismo—. No me gusta ver… sangre. —Yo me encargo —intervino Sebastián con firmeza. Anastasia miró a Clara con visible irritación. La empleada apenas se encogió de hombros, avergonzada. Sebastián empapó la gasa con alcohol y volvió a acercarse lentamente a su pierna. —Esto va a doler un poco. El líquido ardió sobre la herida. —¡Auch! —se quejó ella tensándose sobre el colchón. —Sólo un poco. Pero Anastasia dejó de escucharlo y de pensar en el dolor. El contacto de aquellas manos sobre su piel estaba desordenándolo todo dentro de ella. Permaneció inmóvil sobre la cama mientras Sebastián limpiaba lentamente la sangre de su pierna. Cada roce accidental de sus dedos le provocaba una sensación nueva, intensa, abrasadora. El calor comenzó a extenderse lentamente por su cuerpo. Le recorrió el vientre, el pecho, la garganta. Su sexo comenzó a humedecerse desde adentro y su vagina se contraía como una ventosa capaz de succionar lo que estuviese a su alrededor. Por un momento pensó que Sebastián había notado lo que le sucedía, por lo que se aferró a las sábanas tratando de controlarse. Nunca antes había experimentado aquel tipo de sensaciones tan intensas. Justo en ese momento él levantó la mirada para verla. —¿Le duele? —preguntó al sentir la tensión de su cuerpo. Ella negó con la cabeza conteniendo el aire e instintivamente mordió su labio inferior. Y entonces él deslizó apenas los dedos un poco más arriba de su pantorrilla para sostener mejor la venda. Un estremecimiento le recorrió la espalda y tuvo que apretar los dedos contra las sábanas para contener aquella reacción incontrolable de su cuerpo. Fue entonces cuando notó que Clara continuaba allí, observándolos. Viendo la forma en que su patrona mantenía la mirada fija en el apuesto jardinero. —Está bien. Déjelo así. —dijo con voz fría y cortante. Él levantó la vista hacia ella. —Ya casi termino. Sebastián dio una última vuelta a la venda y luego soltó lentamente su pierna. Pero incluso cuando dejó de tocarla, ella siguió sintiendo el calor de sus manos sobre la piel. Él se levantó despacio de la cama y quedó frente a ella con las manos apoyadas en las caderas. —Listo. Clara recogió rápidamente la cesta de medicamentos intentando escapar de aquella tensión sofocante que llenaba la habitación. —Yo… dejaré esto abajo. —dijo y salió casi de inmediato. Cuando volvieron a quedar a solas, Sebastián la observó apenas un segundo más. —De nada —dijo con absoluto sarcasmo. Luego se giró y caminó hacia la puerta, mientras ella lo seguía con la mirada hasta verlo desaparecer fuera de la habitación. Anastasia cerró los ojos con fuerza. Se sentía ahitada, confundida, ardiendo por dentro. Exhaló profundo tratando de recomponerse y recuperar el control de sus emociones. Mas, aquel deseo incontrolable seguía atrapado bajo su piel. Sebastián despertaba en ella algo diferente, intenso, carnal. Deseaba volver a sentir aquellas manos sobre su cuerpo y revivir esa sensación desconocida, húmeda y temblorosa, acumulándose lentamente entre sus piernas inmóviles…






