Mundo ficciónIniciar sesiónSara Navarro llegó a Reyes Corporación con una carpeta bajo el brazo, tres años de empresa destruida a sus espaldas y una sola certeza: su talento era lo único que nadie podía quitarle. Marcos Reyes llevaba cuatro años construyendo paredes. Desde que Isabel, su prometida, le vendió a la competencia todo lo que había creado junto a ella. Desde que aprendió que confiar tiene un precio que no siempre se puede pagar. Ella diseña espacios que la gente siente antes de entenderlos. Él construye imperios para no tener que sentir nada. Cuando el diseño de Sara lo detiene en seco, Marcos toma una decisión que no estaba en ningún plan: contratarla. Tenerla cerca. A veinte metros de distancia todos los días. Observarla con esos ojos aguamarina que lo ven todo y no revelan nada. Lo que no anticipó fue que ella también lo vería a él. Al hombre real. Al que se esconde detrás de la corbata oscura y la frialdad ejecutiva y los despachos con vistas a Barcelona. Lo que no anticipó fue que eso lo cambiaría todo. El precio del deseo es una novela de romance contemporáneo sobre dos personas rotas por la traición que aprenden a construir algo nuevo. Sobre el miedo que llega antes que la razón. Sobre la diferencia entre levantar paredes y elegir a quién dejas al otro lado. Y sobre lo que ocurre cuando un email enviado por error a las once cuarenta y siete de la noche lo dice todo.
Leer másEl ascensor de cristal subía en silencio hacia la planta cuarenta y dos.
Sara Navarro observó su reflejo en las puertas pulidas y exhaló despacio. Falda de seda negra, blusa blanca perfectamente planchada, carpeta con su portfolio bajo el brazo. Tres años construyendo su estudio de diseño desde cero. Tres años que se habían derrumbado en una sola noche cuando su socio —su ex— se había llevado los clientes, los contratos y hasta la cafetera. Y ahora estaba aquí. En el edificio más imponente del Paseo de Gracia, pidiendo trabajo. Reyes Corporación. El nombre resonaba en el mundo empresarial como una advertencia. Marcos Reyes había convertido una empresa familiar en un imperio de arquitectura, diseño e inversión en menos de diez años. Nadie sabía muy bien cómo. Nadie preguntaba. Los que habían intentado competir con él simplemente… dejaban de aparecer en los rankings. Las puertas se abrieron. Sara salió al vestíbulo de dirección y casi chocó con el silencio. Era la clase de silencio que se compra. Moqueta de color marfil, paredes lacadas en negro mate, una única recepcionista rubia que la miró con la expresión de quien lleva toda la mañana descartando candidatos. —Sara Navarro. Tengo cita a las once. —Lleva tres minutos de retraso —dijo la mujer sin levantar la vista del ordenador. —El tráfico en… —El señor Reyes no tolera los retrasos. — Por fin la miró. — Siéntese. Si decide recibirla, le avisaré. Sara apretó la carpeta contra su pecho y se sentó. Si decide recibirla. Fantástico. Llevaba exactamente siete minutos estudiando la línea del horizonte barcelonés a través del ventanal cuando se abrió la puerta del despacho. No salió ningún asistente. Salió él. Y Sara entendió en ese instante por qué nadie en el sector hablaba de Marcos Reyes en voz baja. Era alto. Más de lo que cualquier traje debería permitir, con una anchura de hombros que ocupaba el marco de la puerta como si hubiera sido construido para él. Moreno, mandíbula marcada, cabello oscuro ligeramente despeinado con esa clase de descuido que cuesta dinero. Llevaba la corbata aflojada exactamente dos centímetros, las mangas de la camisa blanca subidas hasta los antebrazos. Un hombre que trabajaba de verdad, no uno que fingía hacerlo. Pero fueron los ojos lo que la detuvo. Aguamarina. Un color imposible, entre el verde y el azul, que no pedía permiso para mirarte. Que simplemente te encontraba y decidía quedarse. La estaban mirando ahora mismo. —¿Navarro? Su voz era exactamente lo que sus ojos prometían. Grave, directa, sin adornos. —Sí. —Sara se puso de pie con más calma de la que sentía. — Sara Navarro. Gracias por recibirme, señor Reyes. Él no respondió al agradecimiento. Sus ojos bajaron un instante a la carpeta que ella sostenía, luego volvieron a su rostro. —Tiene quince minutos. —Se giró hacia el despacho. — No los desperdicie. La sala era todo cristal y ciudad. El ventanal ocupaba la pared entera, convirtiendo Barcelona en un cuadro que cambiaba con la luz. Sara lo notó solo un segundo porque Marcos Reyes ya estaba sentado al otro lado de una mesa de mármol negro, con los dedos entrelazados y esa expresión que probablemente usaba para cerrar contratos y terminar conversaciones. —Portfolio. —Extendió una mano sin mirarla. Sara lo abrió sobre la mesa. Él hojeó las primeras páginas con la velocidad de alguien que sabe exactamente lo que busca. Una campaña de moda. Un rediseño de identidad corporativa para una cadena hotelera. La colección gráfica que había creado para un festival de arte contemporáneo en el Born y que había ganado tres premios internacionales. Se detuvo. Sara lo vio antes de que él dijera nada. Sus dedos se habían quedado quietos sobre la última pieza. Una ilustración conceptual que había creado hacía ocho meses, durante una noche de insomnio y demasiado vino, sin ningún cliente detrás. Una mujer de espaldas frente a una ciudad nocturna, construida con líneas geométricas que al mismo tiempo eran flores silvestres. Caos y orden. Fuerza y fragilidad en la misma imagen. La había subido a su perfil casi sin pensar. El silencio en el despacho cambió de textura. —¿Esto tiene cliente? —preguntó él. Y por primera vez, algo en su voz sonó distinto. No más cálido. Pero sí más… presente. —No. Es personal. Marcos Reyes levantó los ojos de la página. Los aguamarina la encontraron de lleno, y Sara tuvo la extraña sensación de que algo acababa de ocurrir en esa sala que ninguno de los dos sabría nombrar todavía. —¿Cuándo puede incorporarse? —dijo él. Sara parpadeó. —¿Perdón? —A trabajar. —Cerró el portfolio y lo deslizó hacia ella con un solo dedo. — ¿Cuándo puede incorporarse? —Yo… no hemos hablado de condiciones, ni del puesto, ni de… —Las condiciones las fijo yo. El puesto es directora creativa. — Se puso de pie, dando la conversación por cerrada. — Lunes a las nueve. No llegue tarde. Se giró hacia el ventanal, las manos en los bolsillos, la ciudad a sus pies. Sara recogió su carpeta. Caminó hacia la puerta. Ya tenía la mano en el pomo cuando su voz la detuvo. —Navarro. Ella se giró. Marcos Reyes seguía de espaldas, mirando Barcelona. —Esa ilustración. —Una pausa. — No la venda. Esa noche, en su apartamento del Eixample, Sara abrió un vino barato y brindó sola frente a la ventana. Tenía trabajo. Tenía un jefe que parecía tallado en piedra volcánica y que probablemente nunca había sonreído en su vida. Y tenía la extraña, irracional e incómoda sensación de que el lunes iba a cambiar algo que todavía no sabía definir. Bebió un sorbo larga y lentamente. No seas ridícula, Sara. A cuarenta y dos plantas de altura, Marcos Reyes seguía frente al ventanal. Tenía el portfolio de Sara Navarro abierto sobre la mesa. En la última página. En esa ilustración. Llevaba meses buscando algo. Una visión. Un lenguaje visual para el proyecto más importante de su carrera y que ninguno de los equipos creativos que había entrevistado había sabido darle. Una desconocida lo había encontrado en una noche de insomnio. Se sirvió dos dedos de whisky y no los tocó. No la venda, le había dicho. Lo que no le había dicho era por qué. Que llevaba ocho meses con esa imagen en la pantalla de su ordenador. Que la había buscado hasta encontrar el nombre detrás del perfil. Que la entrevista de hoy no había sido un proceso de selección. Había sido una decisión tomada mucho antes de que ella entrara por esa puerta.Dos años después. El Proyecto Arco abrió sus puertas un viernes de marzo. Barcelona amaneció con ese sol limpio de primavera que la ciudad regalaba cuando quería recordarle a sus habitantes por qué la habían elegido. El frente marítimo brillaba con una luz que Sara reconoció inmediatamente — la misma del atardecer del paseo, la misma que había intentado traducir en una paleta cromática durante semanas de insomnio creativo y que ahora, sobre los tres edificios reales y sólidos y completamente terminados, era exactamente lo que había prometido ser. Perfecta. Se quedó de pie frente al acceso norte del edificio central durante un momento largo. El elemento gráfico de agua en la entrada. La gradación cromática del azul profundo al casi blanco. La línea curva que conectaba los tres edificios como una respiración. Todo exactamente como lo había visto antes de que existiera. —¿Qué ves? —dijo una voz detrás de ella. Sara sonrió antes de girarse. Marcos estaba a su espalda con las mano
La puerta de la oficina 4B se abrió despacio. Marcos entró. Cerró detrás de él. Y se quedó de pie junto a la puerta con esa postura suya de siempre — manos en los bolsillos, ciudad al fondo, el peso de todo lo que no había dicho todavía ocupando el espacio entre ellos con una densidad que no dejaba sitio para nada más. Sara no se levantó. Lo miró desde su silla con esa calma suya que esta tarde tenía un filo que él había puesto ahí y que los dos sabían que había puesto ahí. Esperó. Porque había aprendido en diecisiete capítulos que con Marcos Reyes el silencio no era vacío. Era el momento antes de que algo real saliera a la superficie. Esta vez tardó menos que otras veces. —Me enviaron una fotografía anoche —dijo. Su voz era la de siempre. Baja. Directa. Sin adornos. Pero debajo había algo que Sara no le había escuchado nunca. Algo que se parecía a la vergüenza de un hombre que sabe que ha fallado y no encuentra la manera de decirlo sin que duela exactamente lo que tiene
Sara llegó a las ocho y cuarenta. Trece minutos antes de lo habitual. Con ojeras que el maquillaje cubría parcialmente y una determinación en la mandíbula que no necesitaba cubrir nada. Andrea la vio entrar desde el pasillo y algo en su expresión — esa mezcla específica de preocupación y admiración que reservaba para las ocasiones que lo merecían — dijo más que cualquier pregunta. —Café —dijo simplemente. — Doble. —Triple —dijo Sara sin detenerse. Entró a su oficina. Abrió el portátil. Y durante cuarenta minutos repasó cada línea de lo que había construido en una noche de insomnio con la concentración de quien no puede permitirse el lujo de flaquear hoy. No pensó en la llave sobre la encimera. No pensó en los ojos de enero. No pensó en es tarde, mañana tenemos la revisión. Hoy tenía un proyecto que defender. Todo lo demás esperaría. Marcos llegó a las ocho y cincuenta. Lo supo por los pasos en el pasillo. Los mismos de siempre. Esa zancada que no dejaba espacio para las
Sara llegó al apartamento de Marcos a las ocho y media. Tenía la llave desde el domingo. Un gesto pequeño y enorme al mismo tiempo — de esos que Marcos hacía sin dramatismo, sin declaración, como si fuera lo más natural del mundo y precisamente por eso pesaban más que cualquier discurso. Abrió la puerta. El apartamento estaba en penumbra. Solo la lámpara del salón encendida y Barcelona al otro lado del ventanal con su indiferencia luminosa de siempre. Marcos estaba de pie junto a la ventana. Las manos en los bolsillos. La espalda hacia ella. La postura de siempre. Pero algo era diferente. Sara lo supo antes de decir una palabra. Lo supo con esa parte suya que llevaba semanas aprendiendo a leerlo — los hombros, la línea de su espalda, el ángulo de su cabeza. El idioma secreto de un hombre que sentía demasiado y mostraba demasiado poco. Esta noche ese idioma decía algo que no quería traducir. —Marcos —dijo. Se giró. Y Sara vio su cara. Era el señor Reyes. No Marcos. No el h
Último capítulo