Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia respiró agitadamente al recordar aquel momento trágico del cual, se arrepentiría todo ese tiempo.
Los golpes en la puerta la hicieron reaccionar. Cuando Clara entró con la bandeja de comida, la pelirroja la echó de la habitación. —¡Lárgate! No quiero nada. —gritó iracunda—. Déjame sola de una maldita vez. Clara la miró sin decir nada, retrocedió lentamente y salió de la recámara. Anastasia comenzó a lanzar manotazos tirando al piso todo lo que estuviera a su alrededor. Los libros apilados encima de la cómoda, la lámpara en la cabecera de la cama, floreros, frascos de perfumes, todo. Afuera y sin poder hacer nada, Clara escuchaba el estrépito de los cristales rompiéndose contra el parqué. Negó con su cabeza porque en el fondo sentía compasión por ella. Sabía como debía sentirse y lo difícil que debía ser para ella, el estar postrada en una silla de ruedas. —Pobre, Anastasia —suspiró y bajó las escaleras. Al llegar a la cocina, se encontró con el apuesto jardinero, quien se encontraba almorzando junto al resto de los empleados de la mansión. —¿Qué sucedió? —preguntó Fermina, la cocinera al ver a la chica con la bandeja de regreso y la comida intacta. —Otra de sus crisis. No quiso comer. —murmuró. Sebastián continuó comiendo, pero atento a la plática entre ambas mujeres. Así como Anastasia sentía una extraña curiosidad hacia él, el jardinero tampoco había logrado apartarla de su mente desde que descubrió aquella silueta observándolo tras la ventana. Había algo en ella, algo más allá que su innegable belleza, un halo de misterio que la envolvía y en el cual, él deseaba estar. Sebastián había escuchado hablar de Anastasia Belmonte incluso antes de llegar a la hacienda. La hija única de una de las familias más poderosas de la región. La joven heredera que, tras un accidente, se encontraba hacía un año en aquel lugar. Sebastián bajó la mirada hacia el plato intentando ignorar el extraño interés que comenzaba a despertar en él. De pronto, se oyó un golpe seco y violento proveniente del piso superior. Como si algo pesado hubiese caído abruptamente contra el suelo. Clara levantó la vista hacia el piso superior con auténtico terror. —¡Señorita Anastasia! —exclamó quedando paralizada por unos segundos. Sebastián se puso de pie casi al instante, salió apresuradamente hacia la sala. Subió las escaleras con rapidez, de dos en dos peldaños. La puerta de la habitación de Anastasia estaba entreabierta. El hombre entró y la vio. La silla de ruedas permanecía ladeada cerca de la ventana. Un florero roto cubría parte del suelo. Y Anastasia… estaba tirada junto a la cama. —¡Joder! —murmuró y corrió hacia ella. Ella intentaba incorporarse usando apenas la fuerza de sus brazos. Su respiración era agitada y el cabello rojizo caía desordenado sobre su rostro pálido. Sebastián se agachó para ayudar a levantarla, mas ella reaccionó de forma brusca. —No me toque… —dijo ella con voz rota. —No voy a lastimarla. —Ya le dije que no me toque. —replicó con repulsión—. No necesito que me ayude. Sebastián apretó ligeramente la mandíbula. Y cuando volvió a mirarla, noto que un hilo de sangre se deslizaba desde su rodilla. —Está herida. No le haré daño. Aquellas palabras hicieron temblar algo dentro de Anastasia. Hacía muchísimo tiempo que nadie le hablaba de ese modo con preocupación genuina. Sebastián deslizó un brazo por detrás de su espalda y otro bajo sus piernas inmóviles. Y entonces la levantó del suelo con una facilidad abrumadora. Anastasia se aferró instintivamente a su cuello apenas él la levantó entre sus brazos. Sus dedos temblaron al sentir la firmeza de aquel cuerpo bajo sus manos. El calor que emanaba Sebastián la envolvió de inmediato, intenso, masculino, peligrosamente cerca y real. Podía sentir su respiración rozándole la frente. El movimiento fuerte de su pecho bajo la camisa ligeramente abierta. La mano de Sebastián sosteniéndola con firmeza por la parte baja de uno de sus muslos inmóviles. Podía sentir el calor de sus dedos atravesándole la tela del vestido. Aquel contacto la hizo estremecer. Sebastián notó la forma en que ella se tensó entre sus brazos y la manera en que sus dedos se aferraron un poco más a su cuello. Levantó la mirada hacia ella. Anastasia lo observó sin pestañear. El tiempo pareció detenerse mientras Sebastián caminaba lentamente hacia la cama. Cuando finalmente intentó dejarla sobre el colchón, Anastasia no lo soltó. Sus manos continuaban alrededor de su cuello. Y él tampoco se apartó. Sus rostros quedaron a escasos centímetros. Ella podía sentir el calor de su aliento sobre sus labios. Sebastián bajó apenas la mirada hacia su boca. Anastasia tragó saliva lentamente sin dejar de mirarlo. Y por primera vez desde el accidente, un hombre la hacía sentirse deseada en lugar de rota. La tensión entre ambos creció de forma insoportable. Hasta que la voz de Clara irrumpió desde la puerta. —¡Señorita Anastasia! Ambos se separaron apenas. La empleada entró agitada y se detuvo en seco al encontrarlos tan cerca el uno del otro. Sebastián fue el primero en reaccionar. Con cuidado, terminó de acomodar a Anastasia sobre la cama. Pero incluso, ella tardó varios segundos en soltarlo. Él apartó finalmente la mirada de Anastasia y observó la pequeña herida abierta en su rodilla. —Se lastimó al caer. Clara se acercó apresuradamente. —¡Dios mío! —Necesito alcohol, gasas… algo para limpiarle eso —dijo Sebastián con firmeza. La pelinegra asintió nerviosamente. —Sí… sí, enseguida regreso. Tomó aire y salió apresurada, casi corriendo, de la habitación. La puerta volvió a cerrarse dejándolos nuevamente a solas y con el deseo flotando en medio de ellos…






