Mundo ficciónIniciar sesiónNuevamente, al quedarse a solas, Anastasia sintió el mismo vacío que horas atrás, cuando vio desaparecer al jardinero de su puesto de trabajo.
—Joder —escupió sin más. Apenas había intercambiado unas pocas palabras con él y sin embargo, el silencio y la ausencia que dejó tras salir de la habitación, le incomodaban. ¿Cuándo se había vuelto tan importante aquel hombre? ¿Por qué sentía que lo echaba de menos sin siquiera conocerlo? ¡¿Lo extrañaba…?! Lo más perturbador para Anastasia, era que a pesar de que él ya no estaba presente, ella podía sentir como su vagina se contraía y continuaba segregando fluidos que se deslizaban por su intimidad. Estaba mojada, extremadamente mojada. Cargada de deseo por un hombre que apenas había visto un par de veces en toda su vida. Un hombre que además de ser egocéntrico, era grosero y salvaje. —Es un patán —murmuró con enojo— y un gilipollas —agregó. Sin embargo, de forma repentina y sin poder evitarlo una sonrisa se dibujó en sus labios. —Pero está jodidamente guapo. —masculló entre dientes. Con un movimiento enérgico movió su cabeza de lado a lado intentando sacudir aquel pensamiento oscuro que se negaba a desaparecer de su mente. Era absurdo que se dejara llevar por sus emociones. Ya lo había hecho tiempo atrás cuando creyó estar enamorada de su instructor. Y esa vez, sólo salió perdiendo y muy lastimada. Apoyó los brazos hacia atrás y lentamente se fue reclinando hasta quedar acostada. Miró hacia el techo, suspiró hondo mientras cruzaba ambos brazos sobre su pecho. Luego cerró los ojos tratando de recuperar la calma y dejar de pensar. Súbitamente el rostro de Sebastián apareció ante ella con perfecta claridad. Recordó sus ojos oscuros, su mirada profunda y esa sonrisa ladeada que por segundos la hacía arder de rabia, pero también de deseo. Un gemido breve brotó de sus labios al recordar como con sus dedos firmes rodeaba su pantorrilla y con la otra mano limpiaba la herida con suma delicadeza. Como si en realidad temiera causarle más dolor, como si le importara. ¿Pero… por qué lo hacía? La pregunta volvió a instalarse en su mente. ¿Por qué mostraba interés en ella? No había visto lástima en su mirada ni mucho menos compasión. Anastasia conocía demasiado bien ambas expresiones. Había pasado ese último año, observando cómo las personas la miraban con pena, con lástima, como si fuese una delicada pieza de porcelana destinada a quebrarse con el más mínimo golpe. Sin embargo, él no la había mirado así. Sebastián no. En su mirada había algo diferente, algo que ella no lograba descifrar con exactitud. Minutos atrás, cuando sus ojos se encontraron, ella no vio a un hombre observando a una mujer en una silla de ruedas. No había compasión ni mucho menos falsas palabras de ánimo. Por el contrario, fue frío y duro con ella. Y eso, la hizo sentirse vista nuevamente aunque por un breve instante. Aquel jardinero había despertado algo dentro de ella. Algo que permanecía –hasta ahora– dormido, oculto en su interior. Una extraña sensación que le recorría el cuerpo, acelerándole el pulso con sólo recordar su voz grave, la manera en que la veía o la forma en que la había sostenido entre sus brazos. Algo que ni siquiera con André había sentido. Con André Braxton todo había sido distinto… Cuando la pelirroja vio por primera vez a su instructor, sólo hubo admiración. Una admiración profunda que poco a poco fue creciendo en ella. André era un hombre muy atractivo, inteligente, exitoso. Siempre parecía saber qué hacer y qué decir. Cuando estaban juntos, Anastasia se sentía protegida. Y fue entonces, como lentamente se fue acostumbrando a él. Comenzó a necesitar de su compañía, de su atención, pero sobre todo de su aprobación. Su opinión era esencial para sentirse valiosa y ganarse un lugar importante en la vida de su profesor de equitación. Y esa necesidad, se transformó en una obsesión. André tenía que ser suyo. Con Sebastián le pasaba algo distinto. No sentía la necesidad de impresionarlo ni convertirse en alguien mejor para merecer una mirada suya. Simplemente quería volver a verlo, escuchar su voz y sentir otra vez la calidez de sus manos sobre su piel. Deseaba ser suya. No poseerlo, ser poseída por él. La manera en que su cuerpo respondía a su presencia, traicionando cualquier intento de autocontrol, la desconcertaba profundamente. Cada mirada, cada palabra y cada gesto suyo despertaban sensaciones que Anastasia no lograba comprender ni mucho menos dominar. Bastaba que ella pensara en él, en la intensidad de sus ojos oscuros y en su sonrisa para que una oleada de calor intenso descendiera por su cuello erizándole la piel, recorriera sus pechos endureciendo sus pezones y se extendiera rápidamente por todo su cuerpo hasta alojarse en su entrepiernas y la hiciera estremecer de ganas y de deseo. Por más que Anastasia intentara convencerse de que aquello era absurdo, lo cierto de todo era que aquel desconocido, se estaba convirtiendo en una tentación imposible de ignorar…






