Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia apenas tenía diecisiete años. Todavía podía caminar, podía correr por toda la hacienda con el cabello rojo escapando bajo el casco de equitación mientras los empleados la observaban como si fuera una aparición imposible.
Era hermosa. Terriblemente hermosa y lo sabía. Sobre todo cuando André la miraba. Aunque intentara disimularlo. Entró al establo, y allí estaba él, apoyado contra la cerca de madera en una postura elegante que lo hacía verse muy atractivo. Vestía una chaqueta marrón combinado con un suéter color crema, pantalones de mezclilla beige y botas color caramelo que hacían juego con su atuendo. Siempre impecable y serio. Algo que la desesperaba. —¿Lista? —preguntó él con su voz ronca, acariciando el lomo reluciente del alazán marrón. —Sí, por supuesto. —Vamos. —dijo él mientras sacaba el caballo y salía del establo. Ella lo siguió de cerca. Se detuvieron frente al potro y luego, como él solía hacerlo, la tomó de la cintura y la ayudó a subir sobre el imponente animal. Ella se tambaleó ligeramente obligando a André a sostenerla entre sus brazos con firmeza. —Lo siento —murmuró ella con voz suave. —Concéntrate, Anastasia. —masculló él. El experimentado hombre sabía lo que su hermosa aprendiz pretendía. No era la primera vez que sucedía algo así. Ya había ocurrido antes y siempre ella terminaba en sus brazos, cerca de él, muy cerca. Sin embargo, André no podía permitirse algo así. No con ella, una adolescente aún, ni mucho menos estando casado. Apenas, la pelirroja se posicionó, el alazán se mostró algo incómodo. —Estás sujetando demasiado fuerte las riendas. —advirtió él. —Lo sé, pero Rocinante está nervioso hoy. No sé que le sucede, ni que lo tiene así. —arguyó intentando defenderse y no quedar ante él, en evidencia. —No. —objetó él—. La unía que parece nerviosa eres tú. Ella giró el rostro hacia él. —Tal vez me pone nerviosa tenerte tan cerca —dijo ella mordiendo ligeramente su labio inferior de forma seductora. —Anastasia… —André suspiró cansado. —¿Qué? —No hagas esto otra vez. —replicó con voz firme. —¿Hacer qué? —cuestionó ella sonriendo desde el caballo. Él levantó la vista hacia ella y durante un instante sus ojos claros parecieron encenderse. —Sabes perfectamente de lo qué hablo. El corazón de Anastasia se aceleró al ver que no le era del todo indiferente. —No, no sé a que te refieres. André guardó silencio. No quería entrar en aguas profundas de las que luego no pudiera salir ileso. Anastasia, en cambio, lo observó fijamente por un instante. Había momentos –aunque breves–, en los que él parecía olvidar que era un hombre casado. Y eran esos momentos, los que hacían que la pelirroja albergara una esperanza remota de pertenecerle. Aunque ella nunca había besado a un hombre, lo deseaba de tal forma que sentía su cuerpo estremecerse al tenerlo en frente. Y él, André lo sabía… claro que lo sabía. —Voy a participar en la exhibición el próximo mes —dijo ella desviando el tema—. Quiero practicar el salto doble. —Todavía no. Andrés negó de inmediato. —Puedo hacerlo. —insistió ella. —No estás preparada aún. La sonrisa de Anastasia desapareció de sus labios. —¿Por qué siempre me sales con eso? —cuestionó la chica. —Porque es la verdad. —afirmó él. —¿La verdad? —replicó en tono hostil—. La única verdad es que tienes miedo de que sea mejor de lo que esperas. ¡Es eso! —Esto no es un juego. —dijo mientras se acercaba al caballo. —Nunca juego. —contestó ella con una mirada desafiante. El silencio se volvió tenso entre ellos, por lo que el instructor puso fin al dilema con una frase que dejó pasmada a la pelirroja. —Anastasia, deja ya de querer impresionarme. —esgrimió. La chica frunció el entrecejo visiblemente enojada. Aquellas palabras la golpearon directamente en su ego. Había sido descubierta en sus intenciones y humillada por él. Cada una de sus provocaciones, su proximidad injustificada, su sonrisa y su mirada pícara, los pantalones sumamente ajustados, todo lo que había hecho para conquistarlo no sólo había sido en vano, sino ignorado por André. —No necesito impresionarte. —escupió sin más. —Bien. —dijo él y dio un paso atrás seguro de haberla convencido. Sin embargo, lo que menos esperaba, era que siendo una chica orgullosa e impulsiva, pudiera actuar de manera irresponsable sólo para vengarse de él. La pelirroja apretó las riendas del caballo y con el fuete lo golpeó con fuerza. André se llenó de asombro al ver lo que estaba sucediendo y las pretensiones de su caprichosa alumna. —Anastasia, no… —apenas alcanzó a decir. Pero ya era demasiado tarde. El caballo galopaba a gran velocidad dirigiéndose con precisión hacia el primer obstáculo de salto. —¡Detente, joder! —le ordenó con firmeza, pero ella no lo escuchó. El caballo saltó el primer obstáculo sin dificultad. —¡Detente! —insistió esta vez, visiblemente preocupado. Mas, Anastasia estaba dispuesta a demostrarle que podía lograr aquel salto. Quería que él la admirara y que sobre todo dejara de verla como una niña caprichosa. Apretó con fuerza las riendas y espoleó nuevamente al animal. El viento golpeó su rostro mientras avanzaban hacia el segundo obstáculo, mucho más alto y peligroso que los anteriores. Entonces ocurrió algo extraño, el caballo relinchó con nerviosismo y se levantó apenas sobre las patas delanteras, inquieto, como si pudiera presentir el desastre que estaba a punto de ocurrir. —¡Anastasia, no! La voz de Andrés sonó más cerca esta vez. Pero ella ya no estaba pensando con claridad. En el fondo, su verdadero propósito, era castigarlo por haberla rechazado y humillado. —¡Hazlo! —ordenó al animal con terquedad. El caballo arrancó finalmente hacia la valla. Durante un breve instante, Anastasia creyó que lo lograría. Sintió al animal elevarse por el aire y el corazón le golpeó violentamente contra el pecho y sonrió ufana imaginando la mirada de admiración de Andrés. Pero entonces, una de las patas delanteras del alazán golpeó la parte superior de la valla. El caballo perdió el equilibrio en el aire y lanzó un relincho salvaje antes de desplomarse torpemente hacia adelante. Anastasia apenas tuvo tiempo de abrir los ojos con horror. Su cuerpo salió despedido por los aires, mientras las riendas escapaban de sus manos y caía abruptamente en el suelo. El impacto fue brutal, quedó inconsciente. Horas después, cuando abrió los ojos nuevamente, estaba en la habitación de un hospital conectada a tubos y mangueras. Intentó incorporarse, pero no pudo hacerlo. Un ligero escalofrío le recorrió por completo. Entonces intentó mover las piernas pero estas no le obedecieron. —No… —susurró con voz trémula. Sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras observaba las sábanas cubriendo sus piernas inmóviles como si ya no le pertenecieran. Recordó el rostro de Andrés y la imagen de ella cayendo contra el suelo. —¡No siento mis piernas! —sollozó aterrada. Una enfermera entró rápidamente a la habitación, intentando tranquilizarla, pero Anastasia apenas podía escuchar. Su vida había cambiado para siempre…






