Mundo ficciónIniciar sesión
Desde que Anastasia tuvo aquel terrible accidente, hace un año atrás, todo su mundo se derrumbó.
De ser una chica extrovertida y sonriente, se convirtió en una joven amargada y fría. Ya no le interesaba salir de su habitación ni ver a nadie. Todas las mañanas luego de que Clara –su sirvienta de confianza– la ayudaba a asearse y arreglarse, Anastasia permanecía sentada en su silla de ruedas junto a la ventana sintiendo la tibieza del sol en su rostro y su regazo. Observando con obstinación como la vida de los demás transcurría frente a ella sin detenerse, sin esperarla. Dentro y fuera de la elegante mansión campestre, los empleados entraban y salían, autos cruzando la entrada principal, el sonido distante de las caballerizas, todo en movimiento, mientras ella… Anastasia tenía que permanecer en aquella habitación, postrada en su silla, presa entre cuatro paredes y en su pasado. Un pasado estancado en su memoria que ya no le pertenecía. Los pasos acercándose a su habitación, la sacaron de sus pensamientos. Lentamente giró el rostro hacia la puerta esperando a que esta se abriera. Clara entró como de costumbre, sonriendo con entusiasmo. —Le traje su desayuno, señorita —murmuró la pelinegra mientras acomodaba la bandeja sobre la mesa auxiliar. Anastasia apenas levantó la vista y cerró el libro que tenía en las manos. —Déjala ahí. Clara suspiró con paciencia. Llevaba un año cuidándola. Conocía perfectamente cada uno de sus gestos, cuando estaba malhumorada o cuando se veía triste. Esa mañana su mirada lucía apagada aunque el tono de su voz sonara displicente. —Hoy llegó alguien nuevo a la hacienda. —comentó intentando sacarla de aquel estado de ánimo. —¿Otro chofer? —cuestionó ella. Sabía que su padre había despedido al antiguo chofer por petición suya y que no tardaría en colocar a alguien más. —No. —contestó la empleada—. Es un nuevo jardinero. Aquello no despertó el menor interés en Anastasia. —Ah. Clara sonrió ligeramente, mientras abría el armario. —Dicen que el señor Iván lo contrató personalmente. Parece que sabe mucho de plantas exóticas. —Qué fascinante… —respondió en tono sarcástico. La empleada negó con la cabeza. —Vamos, al menos es alguien diferente. —dijo sacando el vestido color crema con estampado de flores—. Este te hará lucir hermosa. —¿Hermosa para quién? Clara guardó silencio y simplemente se limitó a ayudarla a cambiarla de ropa. Anastasia odiaba necesitar ayuda hasta para las cosas más simples. Odiaba sentir su propio cuerpo inútil desde la cintura hacia abajo. Odiaba depender de otros. —Déjame hacerlo yo —dijo arrebatándole el cepillo. La pelinegra asintió. Ella terminó de peinarse su larga y cobriza cabellera. Clara la observó con admiración. —Sigue siendo la mujer más hermosa de esta casa. —sonrió. —Y también la más inútil. —replicó. La empleada suspiró sabía que era inútil discutir con ella. Con calma y de forma delicada, la ayudó a sentarse en la silla de ruedas. —Volveré en una hora para darle los medicamentos. —dijo y salió de la recámara. Durante varios segundos, Anastasia permaneció inmóvil, pensativa. Miró hacia un lado y se dirigió hacia la enorme ventana. Fue entonces, cuando algo llamó su atención. Había un hombre alto, atlético, de cabello oscuro estaba de espalda, inclinado sobre uno de los rosales del patio central. El sol de la mañana caía sobre su piel bronceada por el trabajo y el sudor recorría lentamente su espalda. —Debe ser el nuevo jardinero. —gruñó. El hombre se incorporó apenas y pasó el antebrazo por su frente. ¡Dios! Era… enorme. Los músculos de sus brazos se tensaban con naturalidad bajo el esfuerzo. Sus hombros parecían esculpidos y la camiseta blanca húmeda se pegaba a su torso marcado de una forma indecente. Anastasia sintió un extraño calor subirle desde la entrepiernas hasta el rostro. Tragó saliva sin entender por qué. Se acercó un poco más a la ventana. Abajo, Sebastián clavó la pala en la tierra y permaneció quieto. Luego alzó lentamente el rostro hacia la ventana. Anastasia se sobresaltó y deslizó la cortina apenas entre sus dedos tratando de ocultarse. Sin embargo, él alcanzó a notar el gesto aunque fingió no hacerlo. Desvió la mirada con aparente indiferencia y continuó trabajando. El corazón de Anastasia latió con fuerza. “Ridículo…”, pensó. Aun así, no podía dejar de mirar. Sebastián tomó el borde de su camiseta sudada y se la quitó lentamente. Anastasia dejó escapar un suspiro. El torso firme y desnudo resplandecía bajo la luz del sol matutino. Cubierto por una fina capa de sudor que recorría cada línea de su abdomen definido. La tensión de sus brazos marcaba su musculatura y resaltaba lo suave de su piel bronceada. Un poco más abajo, la peligrosa V de su cintura desaparecía bajo el cinturón de sus vaqueros desgastados. Anastasia sintió las mejillas arder. Aquel hombre era brutalmente masculino. Sus dedos apretaron la cortina mientras observaba fascinada cómo él levantaba un saco de tierra como si no pesara nada. Sebastián volvió a mirar discretamente hacia arriba. Esta vez alcanzó a verla mejor. La silueta femenina, ligeramente inclinada sobre la ventana. Él levantó completamente el rostro. Sus miradas estuvieron a punto de encontrarse. Pero, ella se escondió de golpe detrás de la cortina. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta. Se llevó una mano al pecho intentando recuperar el aire. ¿Qué demonios había sido eso? Escuchó unos pasos acercarse. La puerta se abrió y su madre entró. —¿Anastasia? La pelirroja giró rápidamente la silla intentando aparentar normalidad. —¿Sí? Su madre entrecerró los ojos. —¿Por qué estás tan agitada? —preguntó con curiosidad, Gisela. —No lo estoy. —murmuró aunque su respiración acelerada la traicionaba. Cuando la mujer caminó lentamente hacia la ventana, Anastasia sintió un pánico absurdo atravesarla. Su madre apartó ligeramente la cortina y observó el jardín por un segundo, luego volvió a mirarla. —¿Te sientes bien? —cuestionó de forma perspicaz. —Sí. —balbuceó. Gisela suspiró hondo. —Clara traerá tus medicamentos más tarde. —dijo y se dirigió hasta la puerta. Antes de salir, volvió el rostro hacia su hija, le sonrió levemente y se marchó. Apenas la puerta se cerró detrás de su madre, Anastasia giró lentamente la silla hacia la ventana, una vez más. Aun podía sentir como su corazón latía con fuerza. Con la punta de sus finos y delicados dedos apartó de forma cautelosa la cortina y miró hacia el rosal, pero él ya no estaba. Sebastián había desaparecido. Aun así, Anastasia seguía sintiendo el fuego de aquella mirada recorriéndole la piel, encendiéndola por dentro…






