Abandonada por su Amiga: La Venganza de la Novia

Abandonada por su Amiga: La Venganza de la NoviaES

Romance
Última actualización: 2026-07-18
ARYO   Recién actualizado
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Resumen
Índice

Frente a todo el mundo y bajo los vitrales de la iglesia, Valeria Montalvo vio cómo su prometido Alejandro Ruiz soltaba su mano y salía corriendo en plena ceremonia… tras Camila, su amiga de la infancia, la misma mujer que años atrás lo abandonó por otro y hoy regresaba llena de poder y misterio. Abandonada, humillada y con el corazón hecho añicos, Valeria juró que nunca más sería la segunda opción de nadie. Lo que todos creyeron una simple traición por amor, ocultaba en realidad un pacto oscuro del pasado, lleno de mentiras, chantajes y secretos capaces de destruir familias enteras. Ella renació de sus cenizas: de niña buena y dócil pasó a ser una mujer poderosa, fría e inalcanzable, dueña de su propio imperio. Años después, Alejandro regresa roto, de rodillas y suplicando perdón… pero ya es tarde. La venganza es dulce… pero nada se compara con el momento en quien te rompió el corazón, comprende que ya es demasiado tarde para volver. Y justo cuando todo parece definido, llega el amor verdadero, cargado también de secretos que cambiarán su destino para siempre.

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Capítulo 1

CAPÍTULO 1 :EL VUELO DEL ÁNGEL

Nadie me advirtió que el día más feliz de tu vida también puede ser el que te rompa el alma en mil pedazos tan pequeños que crees que nunca vas a poder volver a armarlos.

Estaba de pie frente al altar de madera tallada de la Catedral de San Cristóbal, la misma iglesia donde me bautizaron, donde iba a misa de niña agarrada de la mano de mi madre, y donde hoy, a los veinticuatro años, iba a pronunciar el sí, quiero al hombre que amaba en silencio desde que tenía dieciséis. El aire olía a incienso, a rosas blancas y cera derretida. La luz del mediodía se colaba por los vitrales góticos y dibujaba manchas de azul, rojo y dorado por todo el suelo de mármol, sobre las cientos de sillas llenas de invitados que nos miraban con sonrisas, con lágrimas de emoción, con la certeza absoluta de que estábamos a punto de ver nacer un amor perfecto.

A mi lado, Alejandro Ruiz. Heredero del imperio inmobiliario más grande del país, cabello castaño oscuro peinado con elegancia, traje negro hecho a medida, esos ojos verdes que tantas noches me habían hecho suspirar, esa sonrisa que durante años creí que era solo para mí. Era alto, imponente, el príncipe azul que todas las mujeres de la alta sociedad soñaban con tener… y él me había elegido a mí. A mí, la chica de origen sencillo, la que no tenía apellido de peso ni fortuna familiar, solo un corazón enorme y la fe ciega en que el amor verdadero lo vence todo.

Sentía cómo me temblaban las manos dentro de los guantes de encaje. Mi vestido era de satén blanco marfil, con un corsé que marcaba mi figura y una falda tan amplia que necesité ayuda para caminar hasta aquí, con un tren de tres metros bordado a mano con flores y perlas. El velo caía desde mi peinado recogido, con algunos rizos negros sueltos que enmarcaban mi rostro, y mi madre me había dicho antes de entrar que parecía una muñeca de porcelana, que nunca me había visto tan hermosa. Yo solo pensaba en él. En Alejandro. En que por fin, después de tantos años de amarlo en silencio, de esperar, de aguantar sus ausencias, sus cambios de humor, sus sombras que nunca quería explicar, por fin éramos nosotros. Solo nosotros. Frente a Dios, frente a la gente, para siempre.

—Te ves preciosa —murmuró él, sin apartar la mirada de la mía, y por un segundo todo lo demás desapareció.

Su voz sonaba un poco más ronca de lo normal, pero yo lo atribuí a los nervios. Todos tenemos nervios el día de nuestra boda, ¿no? Le sonreí, y sentía que el corazón se me salía del pecho de tanta felicidad.

—Y tú te ves guapísimo —le respondí en un susurro, y apreté su mano entre las mías.

En ese instante noté algo que pasó desapercibido para todos los demás, menos para mí, que conocía cada gesto suyo de memoria. Su mano estaba fría. Muy fría. Y en cuanto la toqué, él hizo un movimiento casi imperceptible, como si quisiera retirarla, pero se contuvo a tiempo. Frunció el ceño por una fracción de segundo, su mirada se perdió un instante detrás de mí, hacia la puerta principal de la iglesia, y luego volvió a mí, forzando una sonrisa que ya no llegaba a sus ojos.

Seguí la dirección de su mirada por encima del hombro, y allá, en la penumbra de la última fila, de pie junto a una columna de piedra, estaba ella.

Camila Torres.

Mi mejor amiga de la infancia. La mujer que había sido como una hermana para mí durante toda la adolescencia, la que conocía todos mis secretos, todas mis ilusiones, y la misma que, cinco años atrás, había roto el corazón de Alejandro de la peor manera posible: se había ido del país sin dar casi explicaciones, dejándolo plantado para irse con un hombre mayor, rico y casado, del que todos hablaban en susurros. Desapareció por completo, no contestó llamadas, no mandó mensajes, borró rastro. Y hacía apenas tres semanas, había regresado de la nada. Convertida en una mujer exitosa, millonaria, con un aire de misterio y poder que nadie lograba explicar, dueña de empresas que nadie sabía muy bien cómo había conseguido.

Me había escrito un mensaje dos días atrás: No puedo faltar al día más importante de mi mejor amiga. Estaré ahí, en silencio, para verte feliz.

Yo, ingenua de mí, le había creído. Le había dado las gracias con lágrimas en los ojos. Alejandro, en cambio, desde que ella regresó, se había vuelto distante, callado, muchas noches se pasaba horas encerrado en su estudio hablando por teléfono en voz muy baja, y cuando yo le preguntaba, solo decía que eran asuntos de trabajo, que estaba estresado por la boda. Yo me lo había creído también.

Ella estaba allí, de pie, vestida completamente de negro, como si estuviera en un funeral y no en una boda. Su cabello rubio platino caía liso y brillante sobre sus hombros, sus ojos grises estaban clavados fijamente en Alejandro, y en sus labios había una sonrisa tan leve, tan fría y tan segura de sí misma, que me recorrió un escalofrío helado por toda la espalda, desde la nuca hasta la punta de los pies. No me miró a mí ni una sola vez. Solo a él.

El sacerdote empezó a hablar. Su voz retumbaba suavemente por toda la nave, hablaba del amor sagrado, de la lealtad, de permanecer juntos en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en el dolor, hasta que la muerte los separe. Cada palabra sonaba como una campana dentro de mi cabeza. Yo escuchaba con los ojos llenos de lágrimas de emoción, apretaba cada vez con un poco más de fuerza la mano de Alejandro, y esperaba el momento en que nos dijeran que nos tomáramos de las manos para pronunciar los votos.

Pero él ya no me escuchaba.

Su cuerpo se había puesto tenso como una roca. Su respiración, que antes era tranquila, se había vuelto corta y entrecortada. Su mirada ya no estaba en el sacerdote, ni en mí, ni en los vitrales. Estaba fija en el bolsillo interno de su saco, de donde empezó a salir un zumbido suave, insistente, rítmico. Un mensaje. Luego otro. Y otro más. Cinco, seis, siete veces seguidas, sin parar.

Los invitados más cercanos empezaron a mirar de reojo. Un murmullo bajito recorrió las primeras filas. El sacerdote hizo una pequeña pausa, con una sonrisa amable, dándole tiempo a que lo silenciara.

—Perdón —murmuró Alejandro, y su voz sonó quebrada, irreconocible.

Metió la mano lentamente dentro del saco y sacó el teléfono. Encendió la pantalla. La luz azul iluminó su rostro, y lo que vio ahí lo cambió todo en menos de un segundo.

Todo el color se le borró de la cara. Se puso pálido, tan pálido que pareció que se iba a desmayar en cualquier instante. Sus ojos verdes, que antes estaban tranquilos, se abrieron de par en par, llenos de pánico, de miedo puro y desesperado. La mandíbula se le apretó con tanta fuerza que se le marcaron los músculos. El teléfono le temblaba entre los dedos. Volvió a mirar hacia la puerta, hacia donde estaba Camila, y ella asintió muy lentamente con la cabeza, como si le estuviera dando una orden, como si supiera exactamente lo que acababa de leer.

Yo sentí que algo se rompía adentro mío, mucho antes de que pasara nada.

—Alejandro… —lo llamé bajito, con la voz quebrada por el miedo que de repente me inundó todo el pecho—. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes, amor?

Él no me respondió. Ni siquiera me miró. Fue como si yo ya no estuviera parada ahí a su lado, como si yo, mi vestido blanco, mi amor, nuestra boda, todo lo que habíamos construido durante años, hubiera desaparecido de golpe y por completo de su mundo.

Muy despacio, con un movimiento lento, frío y definitivo, soltó mi mano.

La suya se deslizó de entre las mías, y el frío que sentí en la piel no fue nada comparado con el vacío inmenso que se abrió de golpe en el centro de mi pecho. Dio un paso hacia atrás, alejándose de mí, alejándose del altar, alejándose de todo lo que habíamos prometido. Sus labios se separaron, quiso decir algo, cualquier cosa, una explicación, una disculpa, una palabra… pero no salió ningún sonido.

Solo dio media vuelta.

Y empezó a caminar.

Rápido. Cada vez más rápido. Hacia la nave central, entre las filas de invitados que empezaron a murmurar fuerte, a sorprenderse, a preguntarse en voz alta qué estaba pasando. Caminó derecho, derecho, sin detenerse, sin mirar atrás ni una sola vez, hacia la gran puerta de madera de la iglesia, la misma por la que yo había entrado hacía poco llena de sueños.

Y yo me quedé allí, de pie, sola frente al altar, con el velo cayendo sobre mi rostro, el corazón hecho añicos y el mundo entero mirándome, mientras comprendía, en medio del silencio atronador que empezaba a caer sobre todos, que el hombre al que le había entregado mi vida entera… se estaba yendo. Y no iba a volver por mí.

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CAPÍTULO 1 :EL VUELO DEL ÁNGEL
CAPÍTULO 2:: EL SILENCIO QUE GRITA
CAPÍTULO 3: JURAMENTO BAJO EL CIELO GRIS
CAPÍTULO 4: LA MUJER QUE EL DOLOR CONSTRUYÓ
Capítulo 5: EL PACTO QUE NUNCA SUPIMOS
CAPÍTULO 6: LA PRIMERA JUGADA
CAPÍTULO 7:HUELLAS EN LA OSCURIDAD
CAPÍTULO 8: EL ESCUDO DE ACERO
CAPÍTULO 9: LA MENTIRA MÁS GRANDE
CAPÍTULO 10 : EL PRECIO DE LA VERDAD
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