Mundo ficciónIniciar sesiónFrente a todo el mundo y bajo los vitrales de la iglesia, Valeria Montalvo vio cómo su prometido Alejandro Ruiz soltaba su mano y salía corriendo en plena ceremonia… tras Camila, su amiga de la infancia, la misma mujer que años atrás lo abandonó por otro y hoy regresaba llena de poder y misterio. Abandonada, humillada y con el corazón hecho añicos, Valeria juró que nunca más sería la segunda opción de nadie. Lo que todos creyeron una simple traición por amor, ocultaba en realidad un pacto oscuro del pasado, lleno de mentiras, chantajes y secretos capaces de destruir familias enteras. Ella renació de sus cenizas: de niña buena y dócil pasó a ser una mujer poderosa, fría e inalcanzable, dueña de su propio imperio. Años después, Alejandro regresa roto, de rodillas y suplicando perdón… pero ya es tarde. La venganza es dulce… pero nada se compara con el momento en quien te rompió el corazón, comprende que ya es demasiado tarde para volver. Y justo cuando todo parece definido, llega el amor verdadero, cargado también de secretos que cambiarán su destino para siempre.
Leer másLucía no había pensado en llevar a Gabriel otra vez a la casa blanca. De hecho, si alguien se lo hubiera preguntado esa misma mañana, probablemente habría respondido que todavía faltaba bastante para algo así. Una cosa era tomar café, cenar juntos o besarlo bajo la lluvia. Otra muy distinta era verlo atravesar nuevamente una puerta que durante años había cruzado como parte de la familia. Allí estaban demasiados recuerdos. Cumpleaños, cenas improvisadas, tardes de domingo y fotografías donde Gabriel aparecía sonriendo junto a personas que después también se sintieron engañadas. Por eso, cuando el teléfono de Lucía sonó mientras estaban saliendo de una librería y vio el nombre de Camila en la pantalla, jamás imaginó que media hora después estaría entrando con él por aquella verja.Valeria había resbalado en el jardín. Nada grave, según insistía ella, aunque Camila había utilizado la palabra caída unas seis veces durante la llamada y eso bastó para que Lucía dejara de escuchar el resto.
Después del beso bajo la lluvia, Lucía esperaba que algo cambiara de inmediato. No sabía exactamente qué. Tal vez que Gabriel empezara a comportarse como su novio otra vez, que aparecieran conversaciones incómodas sobre lo que eran o que ella despertara al día siguiente arrepentida de haberlo permitido. No ocurrió ninguna de esas cosas. El lunes llegó con correos pendientes, una reunión demasiado larga y un café que se enfrió sobre su escritorio antes de que pudiera terminarlo. Gabriel le escribió cerca del mediodía para preguntarle si el automóvil había vuelto a fallar. Lucía respondió que seguía funcionando y él hizo una broma sobre considerar una carrera como mecánico. Nada sobre el beso. Nada sobre la lluvia. Nada que la hiciera sentir obligada a definir lo sucedido. Durante el resto de la semana hablaron con la misma naturalidad de los días anteriores y Lucía descubrió que eso le gustaba. Había temido que besar a Gabriel abriera una puerta que después no pudiera cerrar, pero segu
Lucía pasó los días siguientes intentando no pensar demasiado en lo ocurrido en el estacionamiento. No había beso, abrazo ni confesión capaz de justificar que su cabeza siguiera regresando a aquel momento, pero lo hacía de todos modos. Recordaba la mano de Gabriel sobre su espalda, la forma en que él se detuvo al escuchar su negativa y, sobre todo, aquella frase que ella misma había pronunciado antes de entrar al automóvil. No significa nunca. Cada vez que la recordaba sentía ganas de esconder la cara en una almohada. No porque se arrepintiera, sino porque acababa de entregarle una posibilidad que durante meses se negó incluso a admitir frente a sí misma. Gabriel, para su sorpresa, no utilizó aquella posibilidad para cambiar nada entre ellos. No comenzó a escribirle más. No volvió a mencionar el beso que no ocurrió ni hizo bromas esperando averiguar cuándo podría intentarlo de nuevo. Dos días después le envió una fotografía horrible del arroz que había preparado y Lucía terminó riéndo
Lucía tardó varios días en darse cuenta de que había empezado a esperar los mensajes de Gabriel. No de una manera desesperada ni con el teléfono pegado a la mano, pero sí lo suficiente para reconocer una pequeña decepción cuando pasaba un día entero sin saber nada de él. Aquello la molestó al principio. Había trabajado demasiado para dejar de organizar sus días alrededor de otra persona y no quería regresar, casi sin notarlo, al mismo lugar. Sin embargo, después comprendió que disfrutar hablar con alguien no significaba volver a depender de él. Podía sonreír cuando aparecía su nombre en la pantalla y continuar con su vida cuando no lo hacía. La diferencia parecía pequeña, pero para ella era enorme. Gabriel tampoco escribía con una frecuencia fija. Algunas veces pasaban dos días. Otras intercambiaban varios mensajes durante una tarde y después cada uno regresaba a sus asuntos. No existían reclamos por respuestas tardías ni preguntas sobre dónde estaba el otro. Lucía todavía encontraba
Último capítulo