¡Lisiada!

El sonido de la puerta al abrirse hizo que Anastasia despertara sobresaltada. No recordaba haberse quedado dormida. El agotamiento físico y emocional había terminado por vencerla.

Parpadeó varias veces hasta enfocar la figura que permanecía junto a la cama.

Su madre Gisela la observaba con los brazos cruzados y el gesto severo de siempre.

—A ver, ¿qué fue lo que sucedió? —preguntó con voz fría.

Anastasia apartó la mirada y guardó silencio. No tenía ánimos de hablar mucho menos con su madre.
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