El sonido de la puerta al abrirse hizo que Anastasia despertara sobresaltada. No recordaba haberse quedado dormida. El agotamiento físico y emocional había terminado por vencerla.
Parpadeó varias veces hasta enfocar la figura que permanecía junto a la cama.
Su madre Gisela la observaba con los brazos cruzados y el gesto severo de siempre.
—A ver, ¿qué fue lo que sucedió? —preguntó con voz fría.
Anastasia apartó la mirada y guardó silencio. No tenía ánimos de hablar mucho menos con su madre.