Liria es la hija primogénita del Archiduque de Ervenhall, un hombre frío y calculador que nunca la vio como más que una pieza en su tablero de poder. En su cumpleaños numero 22, su destino es sellado: es enviada como esposa al monarca Caelan de Norvhar, un reino rival con el que su padre ha mantenido décadas de tensiones encubiertas. Al llegar al norte, Liria es recibida con indiferencia y confinada en una antigua torre del castillo, lejos de la corte y los asuntos reales. Ignorada por su esposo, despreciada por la nobleza local y vigilada por ojos que no puede ver, comienza a perder la esperanza… hasta que un extraño incidente rompe la monotonía. Un mensaje escondido entre los muros. Una sombra que la protege en secreto. Un recuerdo prohibido del pasado de Caelan. Liria se verá envuelta en un juego de alianzas invisibles y heridas no cicatrizadas, donde el mayor enemigo no será el rey… sino quienes lo rodean.
Leer másLa mañana en Ervenhall amaneció con una niebla densa que parecía negarse a levantar el rostro del suelo. Era inusual para la temporada, pero no para el ánimo que se respiraba en el Ala Este del palacio. Nadie sonreía. Nadie alzaba la voz. Hasta las aves, que solían poblar los jardines de invierno, parecían haber migrado en silencio.
Liria de Ervenhall se encontraba frente al gran espejo de tres cuerpos en su cámara privada, con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada clavada en su reflejo. La tela de su vestido, un azul celeste con bordados plateados, caía sobre sus hombros como una celda de seda. Era un vestido diseñado para una reina, no para una prisionera, y sin embargo no podía recordar cuándo se había sentido tan profundamente atrapada.
A sus veintidós años, Liria había vivido lo suficiente como para comprender que los gestos más refinados podían encubrir las traiciones más sucias. Su padre, el Archiduque Marden, era maestro en ese arte.
—Enderézate —ordenó una voz seca detrás de ella.
La institutriz, la anciana Celienne, había servido en la casa Ervenhall por más de cuatro décadas. Y aunque jamás le dirigía palabras amables, había en su tono hoy una dureza más filosa de lo habitual, como si cada indicación fuera una puñalada preventiva contra cualquier acto de rebeldía.
—¿Qué diferencia hace hoy si me siento erguida o no? —preguntó Liria sin moverse.
Celienne entrecerró los ojos. Su rostro era un mapa de líneas finas y surcos antiguos, como las murallas del castillo, tan familiares y frías como su corazón.
—La postura no es para ti. Es para ellos. —Se acercó y ajustó uno de los broches en el hombro del vestido—. Serás juzgada por todo: tu forma de caminar, tu manera de bajar la vista, incluso por cuánto aire ocupas. Aprende a controlar cada sombra que proyectas.
Liria dejó escapar un suspiro lento. Ya lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que escuchó, detrás de una puerta cerrada, la conversación entre su padre y el embajador de Norvhar. Fue hace tres lunas, pero el recuerdo seguía fresco como cuchilla en la nieve.
«La guerra ha costado demasiado. El rey Caelan necesita una esposa. Y tú, Marden, una tregua duradera».
«Entonces tomará a Liria. Ella es… adecuada».
Adecuada. No valiosa. No amada. Solo útil. Como un terreno fértil, como una alianza rentable. Como un sacrificio limpio y ordenado.
Ahora, el sacrificio estaba casi completo.
El carruaje estaba ya preparado en el patio central cuando Liria descendió por las escaleras de piedra. La escarcha cubría las molduras de las barandas como si la propia arquitectura llorara en silencio su partida. Su madre no apareció para despedirla; había caído enferma —decían— al enterarse de los detalles del matrimonio. Pero Liria no sabía si creerlo. En Ervenhall, hasta los desmayos eran maniobras políticas.
Su padre la esperaba al pie del carruaje, flanqueado por dos caballeros armados con espadas ceremoniales. Marden estaba impecable, como siempre: barba recortada, capa escarlata sobre los hombros, el sello del halcón de Ervenhall brillando en el pecho. No había ternura en su mirada. Solo cálculo.
—El rey Caelan es un hombre exigente —dijo, sin preámbulo—. Si sobrevives, su corte te respetará. Si lo decepcionas, no esperes refugio aquí.
Liria alzó el rostro con lentitud. Aún sentía el sabor amargo de esa palabra en la lengua: rey. Caelan. Su esposo, al menos en papel. Un hombre que no había conocido jamás, y del que solo había escuchado rumores: que había perdido a su hermano mayor en una revuelta, que había ascendido al trono con apenas veinte años, que gobernaba con puño de hierro y sonrisa inexistente. Ningún retrato, ninguna carta. Solo la sombra de un reino al norte donde las estaciones eran largas y los corazones, más fríos aún.
—¿Y si no quiero sobrevivir? —preguntó Liria.
Marden inclinó la cabeza apenas. No como quien escucha, sino como quien calcula si vale la pena responder.
—La supervivencia no es tu elección. Es tu deber.
Después de eso, la ayudó a subir al carruaje, no con ternura, sino con precisión. Cerró la puerta de madera tallada y golpeó dos veces para indicar la partida. No hubo un beso. No hubo un “te cuidaré”. Solo la certeza brutal de que, a partir de ese momento, Liria ya no le pertenecía.
El viaje a Norvhar duró seis días. Seis días de bosques espesos, caminos embarrados y vientos que se colaban por los rincones del carruaje a pesar de las pieles que la cubrían. Cada kilómetro parecía borrar un poco más el nombre de Liria de su tierra natal. Nadie se acercaba a saludarla en los pueblos que cruzaban. Nadie lanzaba flores ni despedidas. Ella era una pieza de ajedrez desplazándose sobre un tablero que ya no le pertenecía.
La acompañaban tres sirvientes —elegidos por su padre— y un emisario norvhariano que no hablaba a menos que fuera absolutamente necesario. Se llamaba Darek, tenía una expresión pétrea y portaba una cicatriz en el pómulo derecho que lo hacía ver siempre enojado. Liria intentó entablar conversación una vez. Solo una.
—¿Qué sabe usted del rey Caelan?
Darek no apartó la vista del bosque.
—Lo suficiente para saber que no le agradará tu tono inquisitivo.
Ella no preguntó más.
Fue en la madrugada del séptimo día cuando los riscos comenzaron a anunciar la cercanía de Norvhar. Liria se despertó al notar que el carruaje había frenado. Afuera, una nevada ligera caía sobre el paisaje montañoso. El sol apenas filtraba su luz tras las nubes densas. Había castillos que nacían de colinas, pero el de Norvhar parecía haber sido tallado directamente en el corazón de una montaña. Negro, inexpugnable, con torres que rozaban las nubes como garras de obsidiana.
El carruaje atravesó el puente levadizo bajo el sonido de cuernos lejanos. Un recibimiento silencioso. Ningún grito de celebración, ningún pueblo reunido. Solo soldados alineados a ambos lados del patio, rígidos como estatuas.
Cuando la puerta del carruaje se abrió, Liria tardó un instante en bajar. El frío le cortó el aliento al instante. Respiró hondo, ajustó el abrigo de pieles que le habían preparado y descendió con la dignidad de quien sabe que cada paso será observado.
Delante de ella, en lo alto de los escalones de piedra negra, estaba él.
El rey Caelan.
Era más joven de lo que había imaginado, quizás veinticinco o veintiséis años, pero su presencia era la de un monarca curtido por inviernos largos y decisiones crueles. Vestía de gris oscuro, sin joyas ni corona. Su cabello, negro como la piedra del castillo, estaba recogido en la nuca, y su rostro… Su rostro era el retrato de la contención. Ni una sonrisa. Ni una mueca. Solo una mirada dura, inquisitiva, como si estuviera evaluando un arma que aún no decidía si empuñar o desechar.
Liria se inclinó, como dictaba el protocolo. El viento agitó su capa, y por un segundo, la nieve danzó entre ellos como un presagio.
—Majestad —dijo ella, sin titubear.
Caelan bajó un solo escalón. Sus botas resonaron con un eco que pareció extenderse hasta las entrañas del castillo. Se detuvo a una distancia prudente.
—Dama Liria. Llegas puntual.
La voz era grave, controlada. Sin cálido acento. Sin rastros de emoción. Liria alzó la vista. Él no le ofreció la mano. No hizo gesto alguno de bienvenida.
—Así fue ordenado —respondió ella.
Una pausa. Larga. Pesada.
Caelan giró sobre sus talones sin más ceremonia y subió de nuevo los escalones.
—Sígueme.
Y así fue como comenzó la vida de Liria en Norvhar. No con un beso. No con una ceremonia. No con una sonrisa. Sino con una orden fría en una tierra aún más fría.
La torre a la que fue asignada no estaba dentro del ala principal del castillo. Estaba al borde del muro exterior, cerca de los acantilados. La llamaban “la Torre de las Mareas” porque desde sus ventanas podía verse el mar gris golpeando contra las rocas con furia incansable. No había damas esperando por ella. Solo una mujer de cabello blanco y manos artríticas que dijo llamarse Bryne, y que se limitó a señalar las estancias con una vara de nogal sin pronunciar una palabra más de lo necesario.
La cama era amplia pero fría. Las cortinas eran gruesas pero no alcanzaban a contener el viento. Y la única chimenea tardó casi una hora en encenderse.
Cuando quedó sola por fin, Liria se acercó a la ventana. Desde allí podía ver todo el horizonte. Solo mar, rocas y nieve. Ninguna figura humana. Ningún recuerdo familiar. Nada que le indicara que seguía siendo quien alguna vez fue.
Apoyó una mano contra el cristal. Estaba tan helado que dolía. Como si el castillo entero respirara bajo su piel.
—Ya no soy de Ervenhall —susurró.
No había nadie para escucharla.
Y sin embargo, en algún rincón del castillo, alguien la escuchó.
Y eso cambiaría todo.
El frío mordía con menos intensidad aquella mañana. Liria lo notó mientras sus dedos, enrojecidos pero firmes, ajustaban la capa de piel sobre sus hombros. Desde el balcón de la torre este, la que una vez había sido su prisión y ahora era su refugio voluntario, contemplaba cómo el sol invernal se alzaba perezoso sobre las montañas de Norvhar.Habían pasado tres lunas desde la batalla en el Gran Salón. Tres lunas desde que la sangre había manchado los antiguos tapices y las conspiraciones habían quedado al descubierto como cadáveres tras el deshielo. Tres lunas desde que el nombre de Liria de Ervenhall había dejado de ser un susurro despectivo para convertirse en un grito de lealtad entre muchos.No todos, por supuesto. Nunca todos.—Mi señora —la voz de Elara, su doncella, interrumpió sus pensamientos—. El Consejo aguarda.Liria asintió sin apartar la mirada del horizonte. Las cicatrices en su antebrazo izquierdo, aún rosadas y sensibles, le recordaban el precio de la verdad. Se había
El Gran Salón de Norvhar resplandecía como nunca antes. Cientos de velas suspendidas en arañas de cristal proyectaban una luz dorada sobre los muros de piedra, mientras los estandartes azul y plata ondeaban suavemente con las corrientes de aire. El invierno había llegado con toda su fuerza, pero dentro del castillo, el calor de los cuerpos y las enormes chimeneas encendidas creaban una atmósfera casi primaveral.Liria permanecía inmóvil tras las puertas cerradas del salón contiguo. Sus doncellas revoloteaban a su alrededor como mariposas nerviosas, ajustando los últimos detalles de su atuendo. El vestido, una creación de seda azul noche con hilos de plata entretejidos que brillaban como estrellas al menor movimiento, se ceñía a su figura antes de desplegarse en una amplia falda. Sobre sus hombros descansaba una capa de armiño blanco, símbolo de la realeza de Norvhar, y en su cabello, recogido en un elaborado peinado, pequeñas perlas formaban constelaciones entre sus rizos castaños.—E
La luz del atardecer se filtraba por los ventanales de la biblioteca privada, tiñendo de ámbar las estanterías repletas de tomos antiguos. Liria observaba cómo los rayos del sol poniente dibujaban patrones dorados sobre el suelo de piedra pulida. El fuego crepitaba en la chimenea, único testigo de aquel momento que parecía suspendido en el tiempo.Caelan permanecía de pie junto a la ventana, su silueta recortada contra el cielo rojizo. Sus hombros, habitualmente tensos bajo el peso de la corona, parecían más relajados en la intimidad de aquel espacio que pocos conocían. Había ordenado que nadie los molestara, ni siquiera los guardias más leales. Por primera vez desde su llegada a Norvhar, estaban verdaderamente solos.—Nunca pensé que llegaríamos a este punto —dijo él, rompiendo el silencio. Su voz carecía de la frialdad calculada que solía acompañarla en la corte—. Cuando te vi llegar, eras solo otra pieza en el tablero de tu padre.Liria se acercó a la mesa de roble donde reposaba u
El Gran Salón de Norvhar había sido transformado. Donde antes se celebraban banquetes y bailes, ahora se alzaba un estrado solemne. Los estandartes azules y plata colgaban inmóviles en el aire gélido que se colaba por las ventanas. El invierno había llegado con toda su crudeza, pero el frío que recorría la sala no provenía únicamente del exterior.Liria ocupó su lugar junto al trono real, ataviada con un vestido de terciopelo azul oscuro y una capa forrada de piel blanca. La corona de plata sobre sus cabellos ya no le resultaba extraña. Observó cómo la sala se llenaba gradualmente: nobles, consejeros, representantes de los gremios y embajadores. Todos habían acudido al primer juicio público convocado por el rey Caelan en años.—¿Estás preparada? —susurró Caelan, inclinándose hacia ella. Su rostro mostraba la tensión acumulada durante semanas de preparativos.—Lo estoy —respondió ella con firmeza, aunque su corazón latía desbocado—. La verdad debe salir a la luz.Las puertas del salón
La noche había caído sobre Norvhar como un manto de terciopelo negro. Liria permanecía sentada junto a la ventana de su habitación, con el diario de Serelis abierto sobre su regazo. Las páginas amarillentas parecían susurrar secretos mientras sus dedos las recorrían con delicadeza. Afuera, la nieve caía en copos silenciosos, como si el mundo entero contuviera la respiración.Durante días había estado revisando cada página, cada anotación, buscando algo que hubiera pasado por alto. Algo que explicara la desaparición de Serelis, algo que conectara los fragmentos dispersos que había ido recolectando como piedras preciosas en un camino oscuro.—Tiene que haber algo más —murmuró para sí misma, pasando las páginas con frustración.Fue entonces cuando lo notó. Un ligero abultamiento en la contraportada del diario, casi imperceptible. Sus dedos, ahora más sensibles a los secretos ocultos, recorrieron el borde del cuero gastado. Había algo allí, escondido entre el forro y la cubierta.Con el c
El Gran Salón resplandecía bajo la luz de cientos de velas. Los estandartes de Norvhar —lobos plateados sobre fondo azul noche— pendían majestuosos de las vigas de roble, mientras la nobleza del reino se congregaba para el banquete de celebración por la victoria en la frontera oriental. Liria observaba desde su asiento privilegiado, a la derecha de Caelan, cómo los cortesanos reían y bebían, ajenos a las tensiones que ella percibía en el ambiente.Caelan permanecía distante aquella noche. Su rostro, tallado en mármol frío, apenas mostraba emoción mientras escuchaba los informes de sus generales. Pero Liria había aprendido a leer en sus ojos, en la forma en que sus dedos tamborileaban sobre la mesa de roble. Algo lo inquietaba.—¿Estás bien? —susurró ella, inclinándose ligeramente hacia él.—Hay demasiados rostros sonrientes esta noche —respondió él en voz baja, sin mirarla—. Y muy pocos motivos para sonreír.Liria siguió su mirada hasta el otro extremo del salón, donde Lord Harren con
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