La luz del atardecer se filtraba por los ventanales de la biblioteca privada, tiñendo de ámbar las estanterías repletas de tomos antiguos. Liria observaba cómo los rayos del sol poniente dibujaban patrones dorados sobre el suelo de piedra pulida. El fuego crepitaba en la chimenea, único testigo de aquel momento que parecía suspendido en el tiempo.
Caelan permanecía de pie junto a la ventana, su silueta recortada contra el cielo rojizo. Sus hombros, habitualmente tensos bajo el peso de la corona