El frío mordía con menos intensidad aquella mañana. Liria lo notó mientras sus dedos, enrojecidos pero firmes, ajustaban la capa de piel sobre sus hombros. Desde el balcón de la torre este, la que una vez había sido su prisión y ahora era su refugio voluntario, contemplaba cómo el sol invernal se alzaba perezoso sobre las montañas de Norvhar.
Habían pasado tres lunas desde la batalla en el Gran Salón. Tres lunas desde que la sangre había manchado los antiguos tapices y las conspiraciones habían