Mundo de ficçãoIniciar sessãoBajo la luna roja, una antigua profecía comenzó a gestarse. Una profecía nacida de la traición y de un amor prohibido que jamás debió existir. Miel conocía la verdad que el mundo humano ignoraba: los clanes de lobos existían, las antiguas sangres aún gobernaban en las sombras y una guerra silenciosa llevaba siglos dormida, pero esperando su momento. La Luna ya había marcado el destino con el heredero de las dos manadas más poderosas. Gamaliel. Un empresario poderoso, arrogante y acostumbrado a tenerlo todo: dinero, mujeres y control sobre su imperio. Lo que ignoraba era que su vida humana era solo una ilusión… y que en sus venas corría la sangre del alfa destinado a reclamar el trono. Mientras la luna de sangre se acercaba y los enemigos comenzaban a moverse en la oscuridad, Miel tendría que acercarse al único hombre que aún no sabía quién era realmente. Porque cuando la profecía despertara por completo, ya no habría forma de detenerlo. De detener al verdadero heredero.
Ler maisLa noche en que la Luna sangró, el pantano comenzó a transformarse.
El agua, siempre espesa y silenciosa, se agitó sin que el viento la tocara. Las raíces de los milenarios árboles temblaron bajo la tierra húmeda y las luciérnagas se apagaron una a una, como si algo hubiera despertado.
La vieja bruja alzó el rostro hacia el cielo estrellado y, cuando el primer hilo rojo manchó la Luna, su cabello blanco empezó a moverse con mayor ímpetu contra el viento.
—Ya es tarde —murmuró.
El círculo de piedras estaba manchado de ceniza y huesos antiguos. Cráneos de animales reposaban mirando al cielo, testigos de rituales pasados. El fuego crecía bajo un caldero, donde el agua del pantano hervía con un sonido regular, como el palpitar de un corazón.
La bruja introdujo la mano en la bolsa de cuero que descansaba en medio del círculo. Sacó un puñado de sal negra, polvo de huesos humanos y un colmillo de los antepasados de la manada original.
Cada elemento cayó al agua con un sonido seco.
Y el pantano respondió.
Un aullido lejano quebró el silencio.
Luego otro.
No eran iguales ni venían del mismo punto, pero se superpusieron, como si el mundo hubiera contenido el aliento y lo hubiera soltado de golpe. Como si dos energías opuestas hubieran colisionado.
La bruja cerró los ojos.
La visión la golpeó sin darle respiro, como si los espíritus no pudieran aguantar un segundo más sin mostrarle el futuro. El destino de las manadas ardía ante sus ojos.
Vio fuego devorando símbolos antiguos, tronos agrietados, sangre cayendo sobre hojas oscuras y secas. Vio un niño envuelto en llanto, nacido bajo un cielo teñido de rojo, mientras el agua se agitaba sola y la tierra reclamaba su nombre.
Cayó de rodillas.
—Equilibrio… —susurró, con la voz rota—. Siempre exiges equilibrio.
El fuego se alzó de pronto, más alto, más violento. Las sombras danzaron entre los árboles retorcidos. La bruja tomó el cuchillo del ritual y se cortó la palma sin dudar. La sangre cayó en el caldero y el agua hirvió con furia.
Entonces habló.
Con su propia verdad.
Con la verdad que los espíritus le habían hecho ver.
No para los lobos ni para las manadas.
Le habló a la Luna.
—Cuando la Luna sangre sobre el cielo y el pantano despierte sin viento… nacerá el heredero del equilibrio.
El aire se volvió denso. El pantano, fiel a ella, la escuchó.
—Hijo de la traición, criado lejos de su sangre, será Alfa por linaje… pero no por voluntad.
El fuego se inclinó hacia ella, como si quisiera oír mejor, como si quisiera fundirse con su sangre.
—En la noche teñida de rojo, la bestia despertará y su poder hará temblar a los tronos.
La bruja tragó saliva. Sus manos temblaban.
—El equilibrio exige un precio.
El aullido volvió a escucharse. Esta vez, más cerca.
—El heredero no caminará solo… aunque crea que así lo hace.
La Luna, completamente roja, iluminó el círculo con una luz cruel.
—Si huye, la noche reclamará a los alfas. Si se mantiene en pie, la Luna volverá a callar.
Entonces el fuego se extinguió de golpe, como si nada hubiera ocurrido.
El pantano recuperó su quietud.
Cuando la profecía terminó, la bruja miró al suelo, con la palma sangrante y el corazón pesado. Sabía que ya había sido lanzada al mundo. Sabía también que sería malinterpretada. Siempre lo eran.
A lo lejos, entre los árboles, una loba observaba en silencio.
SE PROHIBE CUALQUIER DISTRIBUCIÓN FUERA DE LA PLATAFORMA. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS,
Y en su vientre, una promesa se selló.
No esperé a que nadie me cuestionara.Ya había perdido la paciencia.Apenas salí del círculo, supe que no había terminado.Mi hijo seguía en peligro, y yo lo ayudaría cueste lo que cueste. —Remus.Su voz me detuvo antes de que pudiera alejarme lo suficiente.Me giré.Ella ya estaba ahí.Mi Luna.De pie, firme, con los ojos clavados en mí como si pudiera ver exactamente lo que estaba a punto de hacer.—No vas a hacerlo —dijo con solemnidad. No fue una pregunta, fue una orden. Un escalofrío recorrió mi espalda. Ella no podía darme órdenes, yo era su alfa. Negué una sola vez.—No voy a quedarme de brazos cruzados —indiqué—. Además, no te debo explicaciones. Soy el maldito Alfa. Su expresión se endureció.—Es por tu bien, por el bien de nuestra manada. Eso me arrancó una risa baja, sin humor.—Es mi hijo, Marcella. —Pero es un conflicto que no nos pertenece —respondió, dando un paso hacia mí—. Sabes lo que eso implica. Si entramos en esa guerra, podemos perderlo todo. Lo sabía.El
Desperté antes que Gamaliel.No fue el sonido del bosque ni el cambio en el aire lo que me hizo abrir los ojos.Fue su olor y su esencia, lo que hacía estragos en mi mente, y no entendía el motivo. Aquella sensación estaba ahí, inmediata, imposible de ignorar. Como un hilo tenso que me unía a su presencia, incluso antes de mirarlo.Giré apenas el rostro.Gamaliel seguía dormido, recostado contra el asiento, con la respiración profunda pero inestable, como si incluso en sueños algo dentro de él no terminara de acomodarse.Y aun así sentía ese tirón invisible.Ese vínculo silencioso.Fruncí levemente el ceño.¿Era posible?No.Negué internamente.Eso era imposible.El mate bond no funcionaba así. No conmigo. No con alguien como yo.Yo no era normal, nunca lo había sido. No pertenecía del todo a mi propia manada por no tener el cabello color gris como todos ellos. Era la excepción.Y él era un Alfa.La idea no tenía sentido, pero la sensación seguía ahí.Persistente y molesta.Aparté l
Lo supe antes de que alguien lo dijera.No fue una voz, ni un mensaje.Fue algo más profundo. Un tirón en el pecho que llevaba años sintiendo cada vez que pensaba en ella.En aquella loba blanca que me había robado el corazón hace tantos años atrás. Me detuve en seco en medio del territorio, con la mirada fija en la nada mientras el resto del mundo parecía seguir su curso sin notar nada.Pero yo sí.Mi hijo estaba vivo.Y el gran amor de mi vida había muerto en mis brazos. Apreté la mandíbula, dejando que el aire llenara mis pulmones con más fuerza de la necesaria. La idea era absurda. Imposible. Durante años había aceptado su ausencia como una verdad inquebrantable.Nalire se había ido.Y con ella todo lo que pudo haber sido. Lo que pudimos haber sido juntos.O eso creí, hasta hace unas horas.Cerré los ojos un instante.No era una ilusión.Lo sentía.Tan claro como el latido de mi propio corazón.Giré sobre mis talones sin dudar y caminé directo hacia el centro del territorio. Lo
Regresamos al automóvil en silencio.Pero la sensación no desapareció.Seguía ahí, pegada a la piel, instalada en lo más profundo de mis huesos. Algo en ese lugar me había reconocido, y yo no tenía idea de qué hacer con eso.Era como si una parte de mí hubiera estado esperando ese momento toda la vida.Y aun así la manada me había rechazado.Apreté la mandíbula.Eso me enfurecía más de lo que quería admitir.Caminé hasta el auto sin decir nada y abrí la puerta con brusquedad. El golpe resonó más fuerte de lo necesario cuando la cerré detrás de mí.Miel subió del otro lado sin mirarme.—Esto es una locura —murmuré, apoyando las manos sobre el volante.No respondió.Giré apenas el rostro hacia ella. Se había recostado en el asiento, con una calma que no encajaba con nada de lo que acababa de pasar.—¿Siempre reaccionas así? —insistí, con un deje de irritación—. ¿Como si nada importara?Miel abrió los ojos y me miró de lado.—No es que no me importe —respondió con tranquilidad—. Es que e





Último capítulo