Mundo ficciónIniciar sesiónAquella noche la Luna se mostró majestuosa.
Algo en su resplandor parecía recordar lo que el mundo intentaba olvidar. Se alzaba redonda y brillante sobre el bosque, bañando las copas de los árboles con una luz plateada que transformaba sombras en secretos.
El pantano permanecía en calma, aunque bajo su superficie espesa la vida nunca descansaba del todo.
Nalire lo sabía.
Caminaba entre los árboles con pasos firmes, aunque su corazón latía con una fuerza que no tenía nada que ver con el miedo. Su larga capucha negra caía desde su cabeza hasta el pasto húmedo por la lluvia previa. Mientras avanzaba, la tela se arrastraba por el suelo y dejaba una huella tras de sí.
Ella no debía estar allí, no con él.
Un crujido suave la hizo detenerse y entonces lo sintió antes de verlo.
Su aroma, tan característico, una mezcla de hierbas medicinales y robles, la envolvió. Su piel humana se erizó ante el reconocimiento.
Era su hombre.
Su lobo.
—Sé que estás ahí —murmuró.
No hubo respuesta.
Se volvió en su dirección y le dedicó una sonrisa al lobo de pelaje gris que la observaba a una distancia prudente.
La comunicación entre ellos iba mucho más allá de las palabras, pues lograban entenderse con solo una mirada.
El aire cambió a su alrededor, volviéndose más denso, más significativo.
Nalire se acercó con cautela, pero sin miedo, porque si alguien los descubría, no habría perdón para ninguno de los dos.
Remus comenzó a transformarse.
El pelaje gris se onduló como si una brisa invisible lo recorriera desde el lomo hasta la cola. Su cuerpo se estremeció una vez, profundo, pero contenido.
Ella no apartó la mirada.
Los músculos del lobo se contrajeron y se alargaron al mismo tiempo, redibujando su silueta bajo la luz plateada. Las patas delanteras se afinaron, los hombros se ensancharon, la columna se enderezó con una elegancia única. No hubo dolor en su expresión, solo comodidad con su nueva forma.
Sus ojos nunca cambiaron.
Siguieron siendo los mismos: dorados, atentos, clavados en ella.
La piel sustituyó al pelaje como si siempre hubiera estado allí, reclamando su lugar. La respiración de Remus se volvió más profunda cuando adoptó por completo su figura humana. La Luna dibujó cada ángulo de su cuerpo e iluminó su completa desnudez.
Nalire sintió cómo el aire se volvía más cálido e íntimo.
Él dio un paso hacia ella en silencio.
Su mano, aún tibia por la transformación, rozó el borde de la capucha negra. Deslizó los dedos con lentitud, como si el simple contacto fuera un privilegio. La tela cayó hacia atrás, liberando el rostro de Nalire bajo la luz plateada.
—No deberías estar aquí —murmuró él, pero su voz no llevaba reproche, sino deseo.
Ella alzó el mentón apenas, desafiándolo.
—Y aun así, aquí estoy.
Remus exhaló una risa baja, ronca, que vibró entre ellos, guardando sus más oscuros secretos.
Su mano descendió hasta la cintura de Nalire, firme, segura. No la tomó con prisa. La sostuvo como si temiera que desapareciera si apretaba demasiado. Sus frentes casi se rozaron.
La respiración de ambos empezó a mezclarse.
La tensión dejó de ser advertencia… y se convirtió en una necesidad.
Nalire apoyó las manos en su pecho, sintiendo bajo sus palmas el latido fuerte, salvaje, todavía marcado por el lobo. Él inclinó el rostro, y su boca rozó primero la comisura de sus labios, apenas un roce, una provocación.
No era posesión, era elección.
Y cuando finalmente la besó, no fue con urgencia brutal, sino con hambre contenida durante demasiado tiempo.
El bosque pareció guardar silencio para ellos.
Y la pasión se desató.
En cuestión de segundos, Nalire quedó expuesta ante los ojos hambrientos de su lobo. No había vergüenza en su mirada, solo una entrega consciente, una aceptación del fuego que ardía entre ambos.
Aunque sus manadas eran enemigas, aunque el norte y el sur se odiaran por generaciones… sus cuerpos no entendían de fronteras.
Remus la sostuvo por la cintura y la elevó apenas, obligándola a mirarlo desde abajo. No con crueldad, sino con una firmeza que hablaba de instinto. Su pulgar recorrió la línea de su mandíbula, inclinando su rostro hacia él.
—Eres mía esta noche —susurró contra su boca.
No era una orden.
Era una afirmación salvaje.
Nalire respondió mordiéndole el labio inferior, desafiándolo otra vez. Ese pequeño gesto fue suficiente para que algo más primitivo despertara en él.
Remus la condujo hacia el tronco de un árbol cercano, presionándola contra la corteza húmeda. Su cuerpo la cubrió por completo, el calor de su piel contrastando con la frescura nocturna. Sus manos descendieron sin prisa, reclamando cada una de sus curvas.
No la tomaba con violencia, la dominaba con seguridad.
Con la seguridad de que esa loba era suya.
Su boca abandonó los labios de Nalire para descender por su cuello, dejando besos lentos que se transformaban en pequeñas mordidas posesivas. No para herirla, sino para marcarla con su esencia. Cada roce arrancaba de ella un suspiro más profundo que el anterior.
Cuando sus cuerpos finalmente se unieron, el movimiento fue firme, decidido. Remus la sostuvo con fuerza mientras el ritmo aumentaba, guiado por algo más antiguo que ellos mismos.
El instinto animal.
Nalire se aferró a sus hombros, sintiendo cómo la intensidad crecía con cada embestida. No había culpa en ese instante. Solo la certeza de que aquello era inevitable.
El bosque permaneció en silencio, cómplice.
La Luna iluminó sus siluetas entrelazadas como si bendijera la unión que las manadas condenaban.
Remus mantuvo el control.
Cada movimiento era una conversación entre piel y deseo, entre instinto y amor prohibido. Cuando ella pronunció su nombre en un susurro quebrado, algo en él se tensó por completo.
La culminación llegó como una ola que los arrastró sin advertencia, y cuando el temblor finalmente cedió, Remus apoyó la frente contra la de ella, respirando aún con dificultad.
Solo entonces se apartó.
El brillo en los ojos de Nalire ya no era solo pasión. Era incertidumbre, confusión y tensión.
Remus la observó en silencio. Supo, en ese instante, que no podían seguir viviendo entre sombras.
—Deberíamos escapar juntos —sugirió con voz más grave que antes.
Remus sostuvo su mirada, esperando una respuesta.
Pero Nalire no habló.
Un sonido seco quebró el silencio del bosque.
No fue el crujido natural de una rama.
Fue demasiado cercano.
Ambos lo sintieron al mismo tiempo.
El instinto reemplazó a la pasión en un latido.
Remus dio un paso atrás, alerta, el cuerpo tensándose bajo la piel humana.
Otro ruido. Esta vez a la derecha.
—Nos han seguido —murmuró él, apenas audible.
Nalire negó con la cabeza, aunque la inquietud ya reptaba por su espalda.
Sin añadir más palabras, Remus se apartó por completo. La transformación regresó con la misma fluidez que antes, pero ahora fue más rápida, más práctica. La piel se estremeció, el cuerpo se inclinó hacia adelante, los músculos se comprimieron hasta recuperar la forma del lobo gris.
Sus ojos dorados la miraron una última vez.
Había algo más que deseo en ellos ahora. Había decisión.
—Escapa conmigo —repitió, pero esta vez en el lenguaje silencioso que compartían.
Nalire dio un paso atrás.
No respondió.
Se colocó la capucha, ocultando su expresión.
Y también se transformó.
Su cuerpo se dobló con elegancia natural, la columna adaptándose, los huesos cediendo sin violencia hasta que la loba ocupó el lugar de la mujer.
Se miraron un instante más y luego corrieron en direcciones opuestas.
(...)
El territorio del norte olía distinto.
Más frío, más rígido, recordándole que el sur no era su lugar y que solo con pisarlo era considerado traición.
Ella lo sabía, sabía que era una traidora, pero el amor y deseo por Remus era más fuerte.
Nalire redujo la velocidad antes de cruzar el límite invisible. Su respiración aún llevaba el aroma de él impregnado en su piel.
No alcanzó a dar tres pasos dentro del sitio cuando una figura emergió entre los árboles.
Su hermana, Bianca.
No necesitó palabras.
Sus ojos descendieron por el pelaje blanco de Nalire, y luego aspiró con discreción.
—Has estado con él —dijo en voz baja. Nalire sostuvo su mirada.
Su afirmación logró alterarla, pero disimuló perfectamente.
—No digas nada.
Su hermana se acercó un poco más.
—Hueles al sur.
Nalire bajó apenas las orejas, un gesto mínimo, vulnerable.
—Te lo ruego.
Hubo un silencio tenso entre ambas.
Finalmente, su hermana desvió la mirada hacia el bosque.
—Si nuestro padre lo descubre, no será solo él quien pague.
Nalire lo sabía.
Lo sabía desde siempre.
—Guarda el secreto, hermana —susurró.
Bianca exhaló lentamente.
—Por ahora.
Y se apartó, dejándola sola con el peso de lo que acababa de hacer… y con la propuesta que aún ardía en su pecho.
Podían desterrarla por traición, podían matarla, podían…
Alejó esos pensamientos y fue directo a sumergirse en el lago que tenía más cerca, pues aunque amaba el olor que Remus dejaba en ella, tenía que sacárselo de encima.
Por su bien y el de su familia.







