Haber sido desterrado era peor que haber sido condenado a muerte.
Los lobos me observaban con desconfianza, con desprecio, y los entendía, porque yo ya no pertenecía a su manada.
Ahora era un lobo solitario, sin respaldo, sin hogar.
—Debes irte pronto.
Me giré hacia la voz de mi padre y le dediqué una mirada suspicaz.
—Lo haré, solo quiero despedirme de mi madre —respondí.
El Alfa se acercó más a mí y me obligó a mirarlo. Sus ojos parecían fríos e impenetrables, como si nada pudiera afectarlo.