Capítulo 2: Tres Lunas

—Remus, no volveré a repetírtelo: debes casarte con Maya.

Mostré mi descontento enseñando los colmillos y negué de inmediato con la cabeza.

No estaba dispuesto a contraer matrimonio con una mujer que no amaba y que, mucho menos, conocía.

—Por favor, hijo… —murmuró mi madre—. Es tu responsabilidad con la manada.

Aparté la mirada y caminé unos pasos por la estancia como un animal enjaulado. Mis manos se cerraron en puños mientras trataba de contener el impulso de transformarme.

—No lo haré —dije finalmente.

El silencio que siguió fue incómodo.

Mi padre, el Alfa de la manada, permanecía sentado en el gran sillón de madera tallada que dominaba la sala. No había levantado la voz ni una sola vez, pero su presencia bastaba para llenar el espacio.

—No te lo estoy pidiendo —susurró con voz baja, pero firme—. No es un favor. 

Volví la cabeza hacia él.

Los ojos de mi padre eran duros como la piedra y demostraban un control absoluto de la situación.

Después de todo, era el Alfa de la manada gris del norte.

—Es una orden, Remus.

El aire pareció tensarse entre nosotros.

—Ese matrimonio sellará la alianza con la manada del este —continuó—. Es un acuerdo que lleva años gestándose. No lo arruinarás por un capricho juvenil.

Mi mandíbula se tensó.

Mi problema estaba muy lejos de ser un capricho.

Si mi padre supiera.

Si supiera que cada noche que desaparecía no era por rebeldía… sino por ella.

Por Nalire.

—No puedo —dije con la voz más baja.

Mi madre me miró con angustia.

—Remus…

Pero mi padre ya se había puesto de pie, con la mirada clavada en mí.

—Lo harás —dijo, dando un paso hacia mí—. Porque no eres solo mi hijo.

Dio otro paso.

—Eres el heredero de esta manada y debes cumplir con tu responsabilidad.

Sostuve su mirada sin retroceder, aunque en mi pecho el nombre de Nalire ardía como una herida abierta.

—Pero… —intenté defenderme.

Entonces mi padre alzó una ceja con astucia.

—¿O me vas a decir que ya has establecido un mate bond?

Un lazo de pareja.

Las palabras de mi padre cayeron como una piedra en el centro de la sala.

Sentí que el aire pesaba en mis pulmones.

Durante un segundo demasiado largo, no respondí.

No pude.

Porque la imagen de Nalire apareció en mi mente con una claridad dolorosa: su piel bajo la luna, su aroma, la forma en que sus dedos se aferran a mí como si el mundo desapareciera cuando estamos juntos.

Pero no hay marca aún.

No hay vínculo oficial.

Solo deseo y peligro.

—No —respondí finalmente.

La mentira supo amarga en mi lengua.

El Alfa me observó con detenimiento, como si intentara arrancarme la verdad de los huesos.

—Entonces no hay nada que te impida cumplir con tu deber.

Apreté los puños.

Mi madre dio un paso hacia mí.

—Hijo… Maya será una buena Luna y la manada del este es fuerte. Este matrimonio traerá estabilidad y paz.

Paz.

Casi quise reír.

Porque lo único que sentía en el pecho era una guerra.

—No la amo —dije con la voz baja pero firme.

Mi padre soltó un suspiro pesado.

—El amor no es necesario para gobernar una manada —dio media vuelta y caminó hacia la ventana.

La luna llena iluminó su silueta y supe lo que venía incluso antes de escucharlo.

—Tienes tres lunas —continuó— para aceptar tu destino —se giró lentamente—. O aceptarás las consecuencias.

El silencio volvió a caer sobre la sala.

Sentí el peso de cada palabra hundirse en mi pecho.

Porque mientras mi padre hablaba de alianzas yo solo podía pensar en cómo volver a verla.

A Nalire.

Mi padre se dirigió hacia la puerta.

—Maya llegará mañana al amanecer —dijo sin mirar atrás—. Pasará un tiempo con la manada antes de la ceremonia.

Levanté la cabeza de golpe.

—¿Aquí?

—Aquí —respondió—. Es lo apropiado para la futura Luna de la manada.

La palabra se clavó en mi pecho.

Luna.

Mi madre juntó las manos con nerviosismo.

—Es una buena oportunidad para que se conozcan —añadió con suavidad—. Maya es una joven muy educada.

Apreté la mandíbula.

No quería conocerla.

No quería escuchar su voz, ni sentir el aroma de su piel, ni verla ocupar un lugar que ya pertenece a otra en mi corazón.

—No cambiará nada —murmuré.

Mi padre se detuvo en el umbral.

—Eso está por verse.

La puerta se cerró con un golpe seco.

El silencio quedó suspendido en la sala.

Pasé una mano por mi rostro, tratando de ordenar el caos que rugía dentro de mí.

Tres lunas.

Y ahora… Maya.

Como si el destino estuviera decidido a cerrarme cada salida posible.

Mi madre me observó con tristeza.

—Ella tampoco pidió esto, Remus.

Estaba entre la espada y la pared, entre el amor o el deber. 

Tenía que tomar una decisión, y pensar en qué sería lo mejor para Nalire. 

La amaba, eso era cierto, pero huir significaba un acto de traición, por lo cual podríamos pagar con nuestras vidas. Yo, como heredero del Alfa, y ella, como miembro de la familia real de la manada blanca, seríamos condenados a muerte.

¿Lo mejor sería huir o aceptar nuestros destinos? 

(...)

En mi forma de lobo podía correr a grandes velocidades, trepar con facilidad y escabullirme sin levantar sospechas.

Aquella noche, con la luna apenas visible entre las nubes, me camuflé lo mejor posible para reunirme con Nalire, como cada noche.

Cuando llegué a nuestro punto de encuentro, mi corazón latía con fuerza ante la incertidumbre de lo que nos esperaba. Tenía que tomar una decisión, aunque en lo más profundo de mí ya la había tomado.

Recordé entonces el día en que la conocí.

Ella era solo una cachorra curiosa que se perdió en el bosque y terminó llegando hasta este mismo lugar: la frontera entre la manada del norte y la del sur. Yo también era un cachorro juguetón y no dudé en invitarla a correr conmigo, con una inocencia que, con los años, se transformó en algo más.

En deseo.

En pasión.

En amor.

Nalire era mi otra mitad. La que ocupaba cada uno de mis pensamientos. Si no existieran las rivalidades entre nuestras manadas, podría marcarla y convertirla en mi Luna.

La Luna de la manada gris del norte…

Pero aquello no era más que una ilusión, porque el norte y el sur jamás podrían unirse. Mucho menos por un romance juvenil.

La rabia nubló mis pensamientos ante la injusticia de nuestros destinos y, en un momento de debilidad, regresé a mi forma humana. En un instante permití que mi lobo se retirara y dejara paso al hombre, más racional… o al menos eso intentaba creer.

Entonces supe lo que tenía que hacer.

—Perdón por la tardanza.

Me giré hacia aquella voz suave.

Y cuando sus ojos encontraron los míos, mi cuerpo reaccionó al instante.

—Nalire —susurré—. Tenemos que hablar.

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