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Capítulo 3: Un latido en la oscuridad

Nalire frunció ligeramente el ceño.

Bastó una mirada para que supiera que algo no estaba bien.

—No me gusta ese tono —dijo con suavidad—. ¿Qué ocurre, Remus?

Tragué saliva antes de responder.

—Nalire… no podemos seguir viéndonos. Voy a casarme con una loba elegida por mi padre.

Ella me observó en silencio durante varios segundos, como si esperara que me retractara de aquellas palabras.

—¿Con quién?

La decepción se coló en su mirada y me hizo sentir miserable. Lo último que quería en el mundo era hacerle daño, y aun así eso era exactamente lo que estaba haciendo al aceptar el matrimonio que mi padre me imponía.

—No la conozco —negué con la cabeza mientras daba un paso hacia ella—. Y no la amo, pero debo cumplir con mi deber como heredero del Alfa.

—Sabía que este día llegaría…

—Lo siento mucho —susurré.

El silencio se extendió entre nosotros.

—Remus, yo…

Negó con la cabeza, incapaz de terminar la frase. Luego sonrió, pero aquella sonrisa no tenía nada de alegría.

Yo tampoco tenía palabras para describir lo que sentía al dejarla ir.

Me acerqué un poco más y sus ojos se clavaron en los míos.

—Siempre voy a amarte, Nalire.

—Estaba dispuesta a dar mi vida por ti, ¿sabes? —dijo con la voz quebrada.

Una lágrima rodó por su mejilla y sentí que el mundo se detenía en ese instante.

—Pero yo no quiero ese destino para ti.

—Creo que mi destino está sellado desde hace mucho tiempo —respondió con angustia.

Sus ojos descendieron lentamente hasta su propio abdomen. Entonces colocó ambas manos sobre su vientre, acariciándolo con suavidad.

Mis sentidos se agudizaron al instante y fue entonces cuando lo escuché.

Un latido débil.

Pequeño.

Pero inconfundible.

Provenía de su vientre.

Una nueva vida.

Retrocedí un paso de forma instintiva. Mi piel se erizó mientras aquel sonido golpeaba mis oídos.

Con esto, todo cambiaba.

—¿Estás… en cinta?

Nalire levantó la mirada lentamente. Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y tristeza.

—Sí.

La palabra cayó entre nosotros como una piedra.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza mientras trataba de ordenar mis pensamientos.

Un hijo.

Nuestro hijo.

Todo dentro de mí gritaba que debía abrazarla, protegerla, llevarla lejos de todo aquello.

Pero la realidad se alzaba frente a mí como un muro imposible de derribar.

—Nalire… —pasé una mano por mi cabello, intentando respirar con normalidad—. Necesito tiempo.

Ella me observó con cautela.

—¿Tiempo?

—Voy a arreglarlo —dije con firmeza, aunque ni siquiera yo sabía cómo—. No voy a dejarte sola. Ni a ti… ni a nuestro hijo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no derramó ninguna. Se mantuvo fuerte y firme frente a mí. 

—Remus, esto es una locura. Si nuestras manadas lo descubren…—tragó saliva con dificultad y su mirada se desvió. 

—Lo sé —di un paso más hacia ella—, pero encontraré una solución. Lo juro. No quiero dejarlos solos, necesito saber que estarán bien. 

Durante un momento pensé que iba a abrazarme, que todo el miedo desaparecería entre mis brazos, pero entonces el silencio del bosque se rompió.

Un aullido resonó a lo lejos.

Luego otro.

Nalire se tensó de inmediato.

—Tengo que irme.

—Espera… —supliqué con desesperación.

Pero ella ya estaba retrocediendo, escapando de mí.

—Nos están buscando —aseguró. 

—Nalire, escúchame… —intenté llegar a ella mediante las palabras, pero ella negó con la cabeza. 

—No nos veremos mañana —dijo con urgencia—. Es demasiado peligroso.

Antes de que pudiera responder, su cuerpo comenzó a cambiar.

En cuestión de segundos, su forma humana desapareció y una loba blanca ocupó su lugar.

Sus ojos se clavaron en los míos por un instante más.

Y luego salió corriendo entre los árboles.

—Nalire… —murmuré.

Pero ya era demasiado tarde.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Y el latido acelerado de mi corazón era lo único que podía escucharse en varios kilómetros.

Una sensación de pavor se coló en mi pecho, un mal presentimiento que no me dejaba pensar con claridad. 

Rápidamente volví a mi forma loba y corrí en dirección a mi manada. No podía estar mucho tiempo fuera sin levantar sospechas.

El camino de regreso se me hizo eterno.

Mis pensamientos giraban sin descanso, sin dejar de barajar posibilidades para solucionar todo. 

Un matrimonio impuesto.

Una alianza política.

Y ahora… un hijo. 

Con una loba de la manada enemiga. 

Cuando finalmente crucé los límites de nuestro territorio, algo llamó mi atención de inmediato.

El olor.

Una loba desconocida estaba en la manada.

Y no era cualquier loba.

Su aroma era fuerte, elegante… poderoso.

De manera instintiva me convertí en humano y avancé con precaución, dejando de lado lo que mi instinto me pedía. No podía esconderme. 

Fruncí el ceño mientras avanzaba hacia la casa principal.

Entonces la vi.

Estaba de pie junto a mis padres, con la espalda recta y las manos entrelazadas frente a su cuerpo.

Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y sus ojos recorrían el lugar con una calma sorprendente.

Mi padre me vió acercarme y me miró con una advertencia que no pasé por alto. 

—Remus.

Me detuve frente a ellos.

—Hijo —continuó—, quiero presentarte oficialmente a Maya, la futura Luna de nuestra manada.

La loba dio un paso al frente y me miró con curiosidad.

—Es un honor conocerte —dije con una leve inclinación de cabeza.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Y en ese instante sentí algo.

Una ligera chispa.

Una atracción suave… inesperada.

Pero no era nada comparado con lo que sentía por Nalire.

Ni siquiera cerca.

Pero el solo hecho de sentir algo por una completa desconocida me sacó de balance. 

—El gusto es mío, Remus —susurró de vuelta con una sonrisa.

Una sonrisa amplia y espontánea que removió algo en mi interior. Mi piel se erizó ante aquel gesto y quise desaparecer en ese mismo instante.

Porque no debía sentir nada.

No cuando el rostro de Nalire todavía ardía en mi memoria.

No cuando el eco de aquel pequeño latido seguía resonando en mis oídos.

Un hijo.

Apreté los puños con discreción mientras mi padre observaba cada uno de mis movimientos, evaluando mi reacción.

—Espero que puedas mostrarle a Maya la manada mañana —dijo con tono firme—. Deben empezar a conocerse.

Asentí sin discutir, pero mi mente no estaba allí.

Seguía en el bosque.

Con una loba de pelaje blanco desapareciendo entre los árboles… y con una verdad que, si llegaba a descubrirse, podría destruirlo todo.

Levanté la mirada hacia la luna que se alzaba sobre el territorio.

Y por primera vez en mi vida sentí que el destino ya había tomado una decisión por mí.

Una decisión que estaba a punto de arruinarlo todo.

—Gracias por la hospitalidad —murmuró Maya—. Seguro será un placer conocernos.

Sus ojos se clavaron en mí y solo pude asentir con la cabeza en silencio.

Fingí que todo estaba bien y que no ocultaba nada, pero los ojos de mi padre no se apartaban de mí.

Había algo en su mirada… algo que no supe descifrar.

Sospecha.

Advertencia.

O quizá algo peor.

Tragué saliva y aparté la mirada, porque si el Alfa descubría la verdad, no solo mi destino estaría en juego.

También el de Nalire.

Y el de nuestro hijo.

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