El amanecer llegó demasiado rápido, recordándome que no podía escapar de mi destino.
La puerta de la celda se abrió con un chirrido áspero y la luz gris de la mañana inundó el pequeño espacio de piedra.
Dos lobos del consejo me esperaban en el umbral, con miradas reprobatorias.
—Es hora, Remus.
No respondí. Me puse de pie lentamente y caminé hacia ellos sin oponer resistencia.
El aire frío de la mañana golpeó mi rostro cuando salimos al exterior. El patio de la casa del Alfa estaba lleno.
Toda