Había caminado durante tres largos días y mi cuerpo comenzaba a resentir cada paso.
El cansancio se acumulaba en mis músculos como un peso imposible de ignorar. Mis piernas temblaban cada vez que el terreno se volvía más irregular y mis pulmones ardían al respirar el aire helado que descendía desde las montañas.
Lo más lógico habría sido utilizar mi forma de lobo para avanzar con mayor rapidez, pero no podía hacerlo.
Un lobo solitario era una presa fácil, por eso había elegido mantener mi forma