—¡Vamos, más rápido, Gamaliel!
Asentí entre respiraciones agitadas y obligué a mis piernas a seguir avanzando detrás del resto del grupo.
Aunque en Manhattan llevaba una vida bastante saludable, nada me había preparado para esto. Los entrenamientos de los lobos eran absurdos. No importaba cuánto me esforzara, ellos parecían moverse con una resistencia inhumana mientras yo sentía los músculos arder y los pulmones colapsar después de cada entrenamiento.
Y apenas llevábamos una hora.
Cuando finalm