Mundo ficciónIniciar sesiónEl amanecer se filtraba entre las ramas del bosque cuando abrí los ojos.
Había dormido poco… o tal vez nada.
La imagen de Remus seguía grabada en mi mente con una claridad dolorosa. Su voz, su mirada. Las palabras que habían cambiado todo.
Voy a casarme con una loba elegida por mi manada.
Sentí un nudo en el pecho que me impedía respirar con normalidad.
Apoyé una mano sobre mi vientre de forma instintiva, como si aquel pequeño latido que había escuchado la noche anterior pudiera desaparecer si no lo protegía.
Un hijo.
Nuestro hijo.
El fruto de nuestro amor prohibido.
Cerré los ojos con fuerza, intentando contener la tormenta de pensamientos que no me dejaba respirar.
Tal vez Remus encontraría una solución y cumpliría su promesa. Quería creer en eso, en él, pero una parte de mí ya sabía la verdad.
Las manadas no permitían ese tipo de historias de amor.
Las destruían.
El crujido de una tabla en el suelo de la casa me sacó de mis pensamientos.
Levanté la cabeza.
Bianca estaba de pie en el umbral, observándome.
No apartaba los ojos de mí. Su mirada estaba llena de algo que no había visto antes.
Desconfianza.
—¿Dónde estabas anoche? —preguntó con frialdad.
Intenté rodearla para salir de la casa, pero su mano se apoyó contra el marco de la puerta, bloqueándome el paso.
—No es asunto tuyo, hermana.
—Sí lo es —replicó—. Te vi llegar desde el norte.
El norte.
La palabra cayó entre nosotras como una amenaza.
Sentí que el corazón se me detenía por un segundo.
—Estás imaginando cosas.
Bianca negó con la cabeza.
—No me mientas, Nalire. Sé perfectamente lo que vi.
Su mirada descendió un instante hacia mi vientre antes de volver a mis ojos.
Ese pequeño gesto fue suficiente para que el miedo me recorriera la espalda.
—Ten cuidado —añadió en voz baja—. Si el Alfa descubre que has estado cruzando la frontera…
No terminó la frase, pero sabía lo que quería decir. Lo sabía muy bien.
Aparté su brazo con brusquedad y salí de casa antes de que pudiera decir algo más.
Necesitaba aire.
Necesitaba pensar.
Mis pasos me llevaron sin rumbo hacia el bosque, cada vez más lejos de la aldea y de la manada. Las ramas crujían bajo mis pies mientras el peso de todo lo que había ocurrido la noche anterior caía sobre mí.
Remus iba a casarse, iba a marcar a una loba como su Luna. Porque en unos años, cuando su padre envejeciera y perdiera fuerza, Remus tendría que tomar el control de la manada y reclamar su lugar como Alfa.
En compañía de otra mujer, no de mí.
La idea se repetía en mi mente como una herida abierta.
Cerré los ojos con fuerza mientras el dolor me oprimía el pecho.
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
Luego otra.
Me dejé caer junto al tronco de un árbol, incapaz de seguir caminando, mientras las lágrimas corrían libres por mis mejillas.
Apoyé una mano sobre mi vientre de forma instintiva.
—No sé qué voy a hacer… —murmuré.
Tal vez lo mejor sería huir sola.
La idea apareció con una claridad inesperada.
Irme lejos.
Muy lejos de las manadas, de sus reglas, de sus guerras.
Había escuchado historias sobre lobos que abandonaban sus territorios para vivir entre los humanos. Exiliados que encontraban refugio en las grandes ciudades, mezclándose entre la gente sin levantar sospechas.
Podría hacerlo, podría criar a mi hijo lejos de todo aquello.
Lejos del odio entre manadas.
Lejos de Remus.
Un crujido entre los árboles me hizo levantar la cabeza.
No estaba sola.
El olor llegó primero.
Lobos.
Muchos.
Mi corazón se aceleró mientras me ponía de pie.
Demasiado tarde.
Las figuras comenzaron a aparecer entre los árboles, rodeándome lentamente.
Mi manada.
Sus miradas no tenían nada de amables.
—Nalire —dijo uno de ellos—. El Alfa quiere hablar contigo.
Retrocedí un paso.
Sabía lo que significaba.
Ellos lo sabían.
Entonces el viento cambió.
Una voz suave se deslizó entre los árboles como un susurro.
—No es su hora… aún.
Todos se quedaron en silencio.
La vieja bruja.
Nadie sabía exactamente cuándo aparecía… ni cuándo desaparecía.
Pero su presencia siempre traía consigo una sensación extraña, como si el bosque mismo estuviera escuchando.
Los lobos dudaron.
Y fue entonces cuando otro olor familiar irrumpió en el aire.
Remus.
Apareció entre los árboles segundos después, con la respiración agitada.
Sus ojos me encontraron de inmediato.
—No la toquen —ordenó.
Los miembros de mi manada intercambiaron miradas.
—No tienes autoridad aquí, Remus —gruñó uno de ellos.
—No me importa —respondió él—. No le harán daño.
El silencio se tensó entre todos.
Entonces uno de los lobos dio un paso adelante.
—Eso lo decidirá nuestro Alfa.
En cuestión de segundos todo cambió.
Dos lobos se lanzaron sobre Remus y lo sujetaron con fuerza.
—¡Suéltenme! —gruñó él, luchando por liberarse.
Pero eran demasiados.
Lo obligaron a arrodillarse.
—Has cruzado territorio enemigo —dijo uno con frialdad—. Eso es traición.
Remus levantó la mirada, desafiante.
—No voy a dejarla sola.
Los lobos lo inmovilizaron mientras comenzaban a arrastrarlo.
—El Alfa decidirá tu destino.
Antes de desaparecer entre los árboles, Remus volvió a mirarme.
Había algo en sus ojos que me heló la sangre.
No era miedo.
Era despedida.
Y el terror me inundó.
Intenté correr en su dirección para salvarlo, pero entonces Bianca apareció a mi lado y me sostuvo con fuerza.
—Quédate quieta —ordenó.
—¡Suéltame!
Grité con todas mis fuerzas e intenté zafarme del agarre de la persona que decía ser mi hermana, pero no lo conseguí.
Bianca era más fuerte de lo que recordaba.
—¡Se lo van a llevar! —grité desesperada—. ¡Bianca, suéltame!
Pero ella no cedió.
Su brazo rodeó el mío con más fuerza, obligándome a permanecer en mi lugar mientras los lobos arrastraban a Remus cada vez más lejos.
—Esto tenía que pasar —murmuró cerca de mi oído.
La miré con incredulidad.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque cruzó la frontera —respondió con frialdad—. Porque desafió a dos manadas por ti.
Sus palabras me atravesaron como una cuchilla.
Remus había venido.
Había venido aún sabiendo lo que podía pasar.
Mi mirada buscó entre los árboles.
Todavía podía verlo.
Los lobos lo empujaban hacia el bosque, obligándolo a avanzar mientras él seguía resistiéndose.
Entonces ocurrió.
Remus volvió la cabeza.
Sus ojos encontraron los míos una vez más y en ese instante entendí algo que me heló la sangre.
No estaba intentando escapar.
No estaba luchando para salvarse.
Estaba luchando para que no me tocaran.
El aire abandonó mis pulmones.
—Remus… —susurré.
Las sombras de los árboles lo envolvieron poco a poco hasta que finalmente desapareció de mi vista.
El silencio que quedó después fue peor que cualquier grito.
Mi cuerpo dejó de luchar.
Las fuerzas abandonaron mis piernas.
Bianca me soltó justo cuando mis rodillas cedieron y caí sobre la tierra húmeda.
Mis manos buscaron mi vientre de forma instintiva.
El latido aún estaba allí.
Pequeño y frágil, pero vivo.
Las lágrimas comenzaron a caer de nuevo, porque en ese momento lo comprendí.
Remus había cruzado la frontera por mí.
Y ahora la manada del norte lo llamaría traidor.







