La esposa ciega traicionada por el CEO

La esposa ciega traicionada por el CEO ES

Romance
Última actualización: 2026-01-16
J.D Anderson  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Elyna está casada con Esteban Senegal y es madrastra amorosa de Elías. En el pasado Elyna salvó a su esposo en un incidente, quedando ciega al instante. Después de una operación, Elyna recupera la vista, pero al volver a casa, descubre que su esposo la traicionó y ha llevado a su amante a vivir a casa, mientras ella no podía verlos, además, el hijo al que crio es cómplice de esto. Destrozada, se prepara para pedir el divorcio y destruir a su exesposo, en el camino, un hombre poderoso le ofrece un contrato para ser la madre falsa de su hija, Elyna decide que el amor por contrato es mejor que amar sin recibir nada a cambio. Pero, su exesposo enloquecido por su abandono busca recuperarla a cualquier costo, sin embargo, Elyna no está dispuesta a ser más una ciega por amor.

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Capítulo 1

Capítulo: Traición ante la luz

Elyna yacía sentada en la cama del hospital con la espalda rígida, como si cualquier movimiento pudiera desmoronarla.

Sus manos permanecían sobre las sábanas blancas.

Sus ojos seguían vendados, cubiertos por capas de gasa que presionaban su rostro y se sentían como un recordatorio constante de la oscuridad que había gobernado su vida durante los últimos tiempos.

Dos años sin luz. Dos años aprendiendo a existir sin ver.

El olor a desinfectante flotaba en el aire, limpio y penetrante.

A su lado, la enfermera se movía con suavidad, con gestos cuidadosos.

Del otro lado estaba Vera, apretándole la mano con fuerza, como si ese contacto fuera el ancla que impedía que Elyna se perdiera en sus propios miedos.

Vera había estado con ella desde siempre. Desde la infancia, desde antes de la tragedia, desde antes de que el mundo se apagara. Era su voz firme, su sostén silencioso, la única que había visto de cerca cómo Elyna se reconstruía una y otra vez.

El sonido de la puerta al abrirse hizo que Elyna contuviera la respiración. Su corazón dio un salto violento.

—Buenos días, señora Senegal —anunció una voz masculina—. Espero que se sienta tranquila.

Era el doctor Lombardo.

Elyna asintió apenas, aunque la palabra “tranquila” le parecía absurda. Por dentro era un torbellino de expectativas, miedo y esperanza.

La habían operado ayer, y hoy, por fin, sabrían si la operación para recuperar la vista era exitosa o no.

—Doctor… —su voz tembló pese a su intento de control—. Es una pena que mi esposo no haya podido venir.

El silencio que siguió fue breve, pero pesado, casi hiriente. Elyna frunció ligeramente el ceño.

—¿No ha llamado para preguntar por mí? —añadió, aferrándose a esa pregunta, como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio.

El doctor dudó. No lo vio, pero lo sintió.

La ceguera había afinado sus sentidos de una forma cruel y precisa; sabía reconocer las pausas incómodas, las respiraciones contenidas, las mentiras que aún no se pronunciaban.

—Lo siento —respondió finalmente—. No ha llamado. Intenté comunicarme con él esta mañana, pero no obtuve respuesta.

Algo se quebró dentro de Elyna. No fue un dolor puntual, sino una fisura silenciosa que se abrió en su pecho.

Un presentimiento frío recorrió su espalda. Aun así, respiró hondo. No iba a derrumbarse. No ese día. No después de haber llegado tan lejos.

El doctor comenzó a retirar los vendajes con extremo cuidado.

Elyna no siempre había sido ciega.

Recordaba con absoluta claridad la sonrisa de Esteban cuando aún era su prometido, cuando sus ojos la miraban como si ella fuera el centro de su mundo.

Él era viudo entonces, cargaba un dolor silencioso y un hijo pequeño de ocho años que ella adoraba.

Elyna lo había amado sin reservas, aceptando su pasado, su duelo, su historia incompleta.

Se casaron enamorados. Amó también al pequeño Elías, lo abrazó como propio, lo cuidó como si lo hubiera parido.

Y luego vino aquel día fatídico que seguía grabado en su memoria como una cicatriz viva: la salida nocturna, el intento de secuestro, los gritos, el caos. No pensó. Solo actuó.

Se interpuso entre Esteban y el arma. El disparo resonó seco, definitivo. No la mató. Pero le arrebató la vista.

Después vinieron las promesas. Los votos cargados de amor y gratitud. Esteban juró cuidarla, ser sus ojos, no abandonarla jamás. Elyna le creyó. Con una fe absoluta.

—Hay muchas probabilidades de éxito —dijo el doctor—, pero debe mantener la calma.

Le pidieron que no abriera los ojos aún. El corazón de Elyna latía con tanta fuerza que le dolía el pecho.

Dos años de oscuridad. Dos años soñando con este momento.

—Ahora —indicó el doctor—. Puede abrirlos.

Lo hizo despacio, con miedo.

Al principio fue solo una claridad difusa, un resplandor que le quemó los ojos. Parpadeó, las lágrimas brotaron solas.

Luego, la luz comenzó a tomar forma. Contornos. Sombras. Rostros.

Fue como si alguien hubiera encendido una bombilla en una habitación oscura durante años.

—Veo… —susurró—. ¡Dios mío… estoy viendo!

La voz se le quebró. Vera la abrazó con fuerza, llorando sin evitarlo.

—Lo lograste. Por fin —repetía.

Elyna reía y lloraba al mismo tiempo. Su pecho estaba lleno de una felicidad tan intensa que casi dolía.

Todo lo que quería era volver a casa, abrazar a Esteban, mirar a Elías a los ojos. Entonces, una idea ingenua, casi infantil, brotó en su mente.

—Doctor… —pidió—, no les diga nada. Quiero sorprenderlos.

El médico sonrió, conmovido por su ilusión.

Cuando el teléfono sonó y el nombre de Esteban apareció en la pantalla, Elyna negó con la cabeza, suplicando silencio.

—Quiero ser yo quien les dé la buena noticia.

El doctor aceptó.

—El último procedimiento no dio resultado —mintió—. Aún no ha recuperado la visión.

—Entiendo —respondió Esteban con frialdad—. Gracias.

Elyna no percibió ese tono. Estaba demasiado feliz.

***

Horas después regresó a casa. Caminó sola, sin bastón. Subió los escalones con seguridad.

Cada paso era una victoria.

Al entrar, el silencio la golpeó con violencia. Se quitó los lentes oscuros… y entonces lo vio.

Un retrato enorme colgaba en la pared principal.

No era la madre difunta de Elías.

Era Esteban, abrazando a una mujer joven, vestida de novia. Hermosa. Radiante. Y junto a ellos, Elías, sonriendo.

El mundo se detuvo.

El miedo le estrujó el alma.

Negó con la cabeza, incapaz de aceptar lo evidente, y subió las escaleras casi corriendo.

Entonces escuchó los sonidos. Jadeos. Gemidos. Risas ahogadas.

La puerta estaba entreabierta.

—¿No temes que tu esposa nos descubra? —preguntó una voz femenina, dulce, aguda y venenosa.

—Elyna es ciega —respondió Esteban—. Aunque entrara, no podría vernos.

La mujer sonrió, sus uñas rojas acariciando el pecho desnudo del hombre.

—Incluso Elías dice que soy su mejor mamá —añadió la mujer—. Divórciate de ella, amor. Envíala a un centro médico lejos de nosotros, mi amor. Sé mío para siempre–

Antes de que terminara de hablar, él la besó con hambre. 

El aire le faltó. Elyna retrocedió y cayó al suelo, cubriéndose la boca para no gritar.

Su esposo la engañaba en su propia cama, y el hijo que ella crio con tanto amor... ¡Era su cómplice!

Elyna bajó la escalera con pasos torpes y apresurados, apoyándose apenas en el pasamanos, como si huir fuera la única opción que le quedaba para no derrumbarse allí mismo.

No lo pensó. No se permitió pensar.

Simplemente, se dejó arrastrar por esa urgencia desesperada de alejarse, de escapar del peso insoportable que le oprimía el pecho desde hacía semanas, desde hacía meses… desde el momento exacto en que su vida comenzó a desmoronarse sin que ella pudiera detenerlo.

Sus ojos ardían.

No distinguía ya si lo que los nublaba eran lágrimas de tristeza, de rabia contenida o de puro agotamiento emocional.

Todo se mezclaba en una sensación difusa, espesa, como si el mundo se hubiese vuelto borroso no solo para su vista, sino también para su alma.

Sentía el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, un latido violento, errático, que le hacía temer que en cualquier momento simplemente se rompiera.

Entonces, una voz infantil la detuvo en seco.

—¿Mamita?

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