Mundo ficciónIniciar sesiónElyna está casada con Esteban Senegal y es madrastra amorosa de Elías. En el pasado Elyna salvó a su esposo en un incidente, quedando ciega al instante. Después de una operación, Elyna recupera la vista, pero al volver a casa, descubre que su esposo la traicionó y ha llevado a su amante a vivir a casa, mientras ella no podía verlos, además, el hijo al que crio es cómplice de esto. Destrozada, se prepara para pedir el divorcio y destruir a su exesposo, en el camino, un hombre poderoso le ofrece un contrato para ser la madre falsa de su hija, Elyna decide que el amor por contrato es mejor que amar sin recibir nada a cambio. Pero, su exesposo enloquecido por su abandono busca recuperarla a cualquier costo, sin embargo, Elyna no está dispuesta a ser más una ciega por amor.
Leer másElyna yacía sentada en la cama del hospital con la espalda rígida, como si cualquier movimiento pudiera desmoronarla.
Sus manos permanecían sobre las sábanas blancas.
Sus ojos seguían vendados, cubiertos por capas de gasa que presionaban su rostro y se sentían como un recordatorio constante de la oscuridad que había gobernado su vida durante los últimos tiempos.
Dos años sin luz. Dos años aprendiendo a existir sin ver.
El olor a desinfectante flotaba en el aire, limpio y penetrante.
A su lado, la enfermera se movía con suavidad, con gestos cuidadosos.
Del otro lado estaba Vera, apretándole la mano con fuerza, como si ese contacto fuera el ancla que impedía que Elyna se perdiera en sus propios miedos.
Vera había estado con ella desde siempre. Desde la infancia, desde antes de la tragedia, desde antes de que el mundo se apagara. Era su voz firme, su sostén silencioso, la única que había visto de cerca cómo Elyna se reconstruía una y otra vez.
El sonido de la puerta al abrirse hizo que Elyna contuviera la respiración. Su corazón dio un salto violento.
—Buenos días, señora Senegal —anunció una voz masculina—. Espero que se sienta tranquila.
Era el doctor Lombardo.
Elyna asintió apenas, aunque la palabra “tranquila” le parecía absurda. Por dentro era un torbellino de expectativas, miedo y esperanza.
La habían operado ayer, y hoy, por fin, sabrían si la operación para recuperar la vista era exitosa o no.
—Doctor… —su voz tembló pese a su intento de control—. Es una pena que mi esposo no haya podido venir.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado, casi hiriente. Elyna frunció ligeramente el ceño.
—¿No ha llamado para preguntar por mí? —añadió, aferrándose a esa pregunta, como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio.
El doctor dudó. No lo vio, pero lo sintió.
La ceguera había afinado sus sentidos de una forma cruel y precisa; sabía reconocer las pausas incómodas, las respiraciones contenidas, las mentiras que aún no se pronunciaban.
—Lo siento —respondió finalmente—. No ha llamado. Intenté comunicarme con él esta mañana, pero no obtuve respuesta.
Algo se quebró dentro de Elyna. No fue un dolor puntual, sino una fisura silenciosa que se abrió en su pecho.
Un presentimiento frío recorrió su espalda. Aun así, respiró hondo. No iba a derrumbarse. No ese día. No después de haber llegado tan lejos.
El doctor comenzó a retirar los vendajes con extremo cuidado.
Elyna no siempre había sido ciega.
Recordaba con absoluta claridad la sonrisa de Esteban cuando aún era su prometido, cuando sus ojos la miraban como si ella fuera el centro de su mundo.
Él era viudo entonces, cargaba un dolor silencioso y un hijo pequeño de ocho años que ella adoraba.
Elyna lo había amado sin reservas, aceptando su pasado, su duelo, su historia incompleta.
Se casaron enamorados. Amó también al pequeño Elías, lo abrazó como propio, lo cuidó como si lo hubiera parido.
Y luego vino aquel día fatídico que seguía grabado en su memoria como una cicatriz viva: la salida nocturna, el intento de secuestro, los gritos, el caos. No pensó. Solo actuó.
Se interpuso entre Esteban y el arma. El disparo resonó seco, definitivo. No la mató. Pero le arrebató la vista.
Después vinieron las promesas. Los votos cargados de amor y gratitud. Esteban juró cuidarla, ser sus ojos, no abandonarla jamás. Elyna le creyó. Con una fe absoluta.
—Hay muchas probabilidades de éxito —dijo el doctor—, pero debe mantener la calma.
Le pidieron que no abriera los ojos aún. El corazón de Elyna latía con tanta fuerza que le dolía el pecho.
Dos años de oscuridad. Dos años soñando con este momento.
—Ahora —indicó el doctor—. Puede abrirlos.
Lo hizo despacio, con miedo.
Al principio fue solo una claridad difusa, un resplandor que le quemó los ojos. Parpadeó, las lágrimas brotaron solas.
Luego, la luz comenzó a tomar forma. Contornos. Sombras. Rostros.
Fue como si alguien hubiera encendido una bombilla en una habitación oscura durante años.
—Veo… —susurró—. ¡Dios mío… estoy viendo!
La voz se le quebró. Vera la abrazó con fuerza, llorando sin evitarlo.
—Lo lograste. Por fin —repetía.
Elyna reía y lloraba al mismo tiempo. Su pecho estaba lleno de una felicidad tan intensa que casi dolía.
Todo lo que quería era volver a casa, abrazar a Esteban, mirar a Elías a los ojos. Entonces, una idea ingenua, casi infantil, brotó en su mente.
—Doctor… —pidió—, no les diga nada. Quiero sorprenderlos.
El médico sonrió, conmovido por su ilusión.
Cuando el teléfono sonó y el nombre de Esteban apareció en la pantalla, Elyna negó con la cabeza, suplicando silencio.
—Quiero ser yo quien les dé la buena noticia.
El doctor aceptó.
—El último procedimiento no dio resultado —mintió—. Aún no ha recuperado la visión.
—Entiendo —respondió Esteban con frialdad—. Gracias.
Elyna no percibió ese tono. Estaba demasiado feliz.
***
Horas después regresó a casa. Caminó sola, sin bastón. Subió los escalones con seguridad.
Cada paso era una victoria.
Al entrar, el silencio la golpeó con violencia. Se quitó los lentes oscuros… y entonces lo vio.
Un retrato enorme colgaba en la pared principal.
No era la madre difunta de Elías.
Era Esteban, abrazando a una mujer joven, vestida de novia. Hermosa. Radiante. Y junto a ellos, Elías, sonriendo.
El mundo se detuvo.
El miedo le estrujó el alma.
Negó con la cabeza, incapaz de aceptar lo evidente, y subió las escaleras casi corriendo.
Entonces escuchó los sonidos. Jadeos. Gemidos. Risas ahogadas.
La puerta estaba entreabierta.
—¿No temes que tu esposa nos descubra? —preguntó una voz femenina, dulce, aguda y venenosa.
—Elyna es ciega —respondió Esteban—. Aunque entrara, no podría vernos.
La mujer sonrió, sus uñas rojas acariciando el pecho desnudo del hombre.
—Incluso Elías dice que soy su mejor mamá —añadió la mujer—. Divórciate de ella, amor. Envíala a un centro médico lejos de nosotros, mi amor. Sé mío para siempre–
Antes de que terminara de hablar, él la besó con hambre.
El aire le faltó. Elyna retrocedió y cayó al suelo, cubriéndose la boca para no gritar.
Su esposo la engañaba en su propia cama, y el hijo que ella crio con tanto amor... ¡Era su cómplice!
Elyna bajó la escalera con pasos torpes y apresurados, apoyándose apenas en el pasamanos, como si huir fuera la única opción que le quedaba para no derrumbarse allí mismo.
No lo pensó. No se permitió pensar.
Simplemente, se dejó arrastrar por esa urgencia desesperada de alejarse, de escapar del peso insoportable que le oprimía el pecho desde hacía semanas, desde hacía meses… desde el momento exacto en que su vida comenzó a desmoronarse sin que ella pudiera detenerlo.
Sus ojos ardían.
No distinguía ya si lo que los nublaba eran lágrimas de tristeza, de rabia contenida o de puro agotamiento emocional.
Todo se mezclaba en una sensación difusa, espesa, como si el mundo se hubiese vuelto borroso no solo para su vista, sino también para su alma.
Sentía el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, un latido violento, errático, que le hacía temer que en cualquier momento simplemente se rompiera.
Entonces, una voz infantil la detuvo en seco.
—¿Mamita?
—Gabriel, estoy bien.Su voz tembló, pero intentó mantenerse firme.Gabriel la miró fijamente desde la cama del hospital. En sus ojos había algo más fuerte que el dolor físico.Había angustia, miedo y una necesidad profunda de asegurarse de que ella estuviera a salvo.Lucero se acercó despacio, tomando su mano con cuidado para no lastimarlo.—Nuestro hijo está bien y yo también —repitió, conteniendo las lágrimas—. Tú tienes que ponerte bien, Gabriel. Lo siento tanto… perdóname. Si pudiera cambiarlo todo, lo haría sin pensarlo.Gabriel intentó hablar, pero el tubo en su garganta se lo impedía. Solo pudo mirarla. Esa mirada le dolió más que cualquier palabra.Una enfermera entró en ese momento.—La visita ha terminado. Él necesita descansar.Lucero asintió, soltando la mano de Gabriel con lentitud, como si le costara desprenderse de él.Salió de la habitación intentando ser fuerte, pero apenas dio unos pasos por el pasillo, sus piernas cedieron.Se apoyó en la pared y comenzó a llorar s
En el quirófano, Gabriel luchaba por su vida.Las puertas permanecían cerradas, y la luz roja encendida mantenía a todos en silencio. Nadie hablaba demasiado. Cada minuto parecía largo. Verónica se llevó al bebé a la mansión Altamirano para que pudiera descansar lejos del hospital. En el pasillo solo estaban los adultos de la familia. Elyna y Juliano no habían llegado todavía.Lucero permanecía sentada, con la mirada fija en el suelo. No decía nada.No tenía fuerzas para explicar lo que había pasado. Sabía que todos lo sabían. Lo notaba en la forma en que la miraban, en el silencio que la rodeaba. No la acusaban, pero tampoco la consolaban.Elías llegó poco después. Caminó directo hacia ella. No hizo preguntas. Solo se sentó a su lado.—Estoy aquí —dijo en voz baja.Lucero asintió sin levantar la mirada.Nadie la enfrentó. Nadie quiso iniciar una discusión en ese momento. Lo único importante era que Gabriel saliera del quirófano.Finalmente, el doctor apareció. Todos se levantaron al
Al instante, Johnson entró y disparó en las piernas de Davos.El sonido del disparo retumbó en el lugar y Davos cayó al suelo, gritando con desesperación y dolor.Intentó moverse, pero la herida se lo impidió. Su cuerpo temblaba mientras trataba de presionar la sangre que salía sin control.Lucero se arrastró hacia Gabriel por instinto. No pensó en el peligro, no pensó en nada más.Al ver la sangre y verlo herido, comenzó a sollozar sin poder contenerse. Sus manos temblaban mientras intentaba tocarlo, sin saber qué hacer.—¡Gabriel, no, por favor!Gabriel estaba a pocos pasos.Había intervenido antes del disparo, había tratado de detener lo que ocurría, y ahora también estaba herido.Se sostenía el estómago, respirando con dificultad, mientras sus ojos buscaban a Lucero.La miraba como si quisiera decir muchas cosas y no encontrara fuerza suficiente.—Lucero…Su voz fue apenas un susurro.Ella giró hacia él de inmediato, dejando a Davos atrás. Se arrastró ahora hacia Gabriel, con el r
Elías tomó a Alma de los hombros, mirándola con terror.Su rostro mostraba una mezcla de miedo y urgencia, como si cada segundo que pasara significara la diferencia entre la vida y la muerte de su familia.—¡¿Qué le pasó a mi familia?! —exclamó, con la voz quebrada, apretando los hombros de la asistente—. ¡Dime qué pasó!Alma tragó saliva, intentando mantener la calma. Su corazón latía con fuerza.—Señor Senegal… lo necesitan en casa… es urgente —dijo con rapidez, consciente de que cada palabra contaba.Elías asintió, decidido a ir de inmediato. No había tiempo que perder.Sus manos temblaban ligeramente, pero no podía permitir que el miedo lo paralizara.Se apartó un paso, listo para salir, cuando de repente sintió el brazo de Ela sujetando el suyo.—¡Amor, no te vayas! —susurró ella con desesperación—. No quiero quedarme sola… por favor, quédate aquí. No puedes hacer nada… además… ellos no son tu familia. Elyna no es tu madre.Elías la miró con estupor, con los ojos abiertos, incréd
Lucero no pudo soportarlo más, alzò su rodilla y golpeó en la hombría del hombre con todas sus fuerzas.Entonces, el hombre chilló y gritó cayendo al suelo, retorciéndose del dolor.El sonido rompió el silencio del lugar.En el suelo, Diego se despertó sobresaltado.—¡Mami!Davos se quejaba del dolor, pero cuando pudo levantarse, se acercó, a ella, mientras Lucero retrocedía.De pronto, la abofeteó.El niño chilló más fuerte. Lucero sintió el dolor fuerte.El corazón de Lucero se partió al escuchar la voz temblorosa de su hijo.—¡No lo mires! —ordenó ella a Davos—. ¡Aléjate de él!Diego comenzó a llorar al ver a su madre sufriendo.—¡Mami! ¡Mami!El llanto del pequeño llenó la habitación.Davos apretó los dientes y miró al pequeño.—Cállalo.—¡No lo toques! —gritó Lucero con desesperación—. ¡Hazme lo que quieras a mí, pero no lo toques!Su cuerpo temblaba. No por ella, sino por su hijo.Se colocó delante de Diego, protegiéndolo con su propio cuerpo.Davos la observó con irritación.—E
Gabriel estaba desesperado.El auto avanzaba por la carretera a gran velocidad. Sus manos apretaban el volante con fuerza, los nudillos blancos, la mandíbula rígida. No podía pensar con claridad, solo veía una y otra vez el rostro de Lucero… y el de su hijo.De pronto, el teléfono volvió a sonar.Gabriel lo tomó al instante. Gabriel activó el altavoz.La voz de Davos llegó directa, sin rodeos.—¡Quiero cien millones de euros! Los quiero ya mismo en la cuenta que te enviaré. Si fallas… si fallas, juro que los mato.El corazón de Gabriel dio un golpe seco contra su pecho.—Primero me los entregas —respondió con firmeza, aunque por dentro ardía de rabia.—¡Oye, no juegues conmigo! —gritó Davos—. Entonces consigue el dinero en efectivo y te diré dónde haremos el intercambio.—Quiero escucharla. Quiero escuchar a mi hijo.—No estás en posición de exigir nada.La llamada se cortó abruptamente.El silencio dentro del auto fue pesado.Gabriel bajó lentamente el teléfono y miró a Johnson.—Dim





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