Gabriel estaba desesperado.
El auto avanzaba por la carretera a gran velocidad. Sus manos apretaban el volante con fuerza, los nudillos blancos, la mandíbula rígida. No podía pensar con claridad, solo veía una y otra vez el rostro de Lucero… y el de su hijo.
De pronto, el teléfono volvió a sonar.
Gabriel lo tomó al instante. Gabriel activó el altavoz.
La voz de Davos llegó directa, sin rodeos.
—¡Quiero cien millones de euros! Los quiero ya mismo en la cuenta que te enviaré. Si fallas… si fallas