Mundo ficciónIniciar sesiónElyna permaneció inmóvil, con el corazón latiéndole a mil por hora, mientras la sombra de alguien se acercaba entre los pasillos silenciosos del edificio.
Cada paso resonaba como un tambor en su pecho, recordándole que cualquier movimiento en falso podría arruinarlo todo.
Sin pensarlo, se aferró a aquel hombre que aparecía ante ella, buscando refugio, buscando seguridad, aunque su mente gritara que estaba haciendo lo imposible.
—Por favor… —susurró, con la voz temblorosa—. No me descubras. No dejes que él me encuentre.
Julián Altamirano la sostuvo con firmeza, como si quisiera transmitirle que nada malo podía tocarla mientras él estuviera allí.
La abrazó con la misma ternura con la que habría abrazado a su propia hija, con un calor que contrastaba con el frío metálico del hospital.
—Mi amada esposa… qué bueno que te encontré —dijo, y su voz tenía un matiz que la confundió, un dejo de intimidad que la hizo dudar de todo.
En ese instante, un grito infantil cortó el aire. Esteban apareció, apartando a Elías con brusquedad.
—¡Elías! —exclamó—. Ella no es tu madre. ¿Olvidas que mamá es solo una ciega?
El niño, confundido, asintió lentamente y siguió a su padre, con la mirada baja y un nudo en la garganta que Elyna sintió en cada fibra de su ser.
Cuando el elevador se cerró detrás de ellos, la presión en el pecho de Elyna se relajó apenas unos segundos, suficientes para que pudiera respirar y mirar hacia atrás, tratando de recomponer la compostura.
—Lo siento —murmuró, casi para sí misma.
Pero no había tiempo de alivio. Una voz pequeña y dulce rompió la calma:
—¡Mamita! ¿Por qué estás aquí? ¿Te duele la pancita?
Elyna parpadeó, sorprendida por la ternura de aquella niña, por la inocencia que irradiaba sin sospechar la tormenta que se desataba en su interior. Su mirada se llenó de duda y confusión.
—Pequeña… yo no soy… —intentó explicar, pero la niña apenas escuchaba.
Julián intervino, con autoridad serena:
—Ah, lleva a mi hija a comprar un jugo —ordenó a uno de sus guardias, y ambos se alejaron.
Elyna lo observó, todavía sin comprender del todo, y él se acercó más, decidido. Se presentó con una formalidad que contrastaba con la intimidad de su abrazo.
—Soy Julián Altamirano. ¿Te suena mi nombre?
Ella tomó la tarjeta que le ofrecía con manos temblorosas, sintiendo el peso de cada palabra impresa:
“Julián Altamirano, Industrias Altamirano”.
Su mente registró el nombre y la magnitud del hombre frente a ella, dueño de la empresa más poderosa de Iberoamérica, y un escalofrío recorrió su espalda.
—Sí… —murmuró—. Te conozco.
Él asintió con calma, con una seguridad que parecía capaz de mover montañas.
—Tengo una oferta que hacerte.
Elyna se tensó al instante, su cuerpo entero reaccionando como si la frase misma contuviera veneno.
—¿Una oferta? —preguntó, con el miedo mezclado con incredulidad.
—Puede sonar extraño… —dijo él—, pero estoy buscando una madre para mi hija. Una esposa… por contrato. Te ofreceré una fortuna de cien millones de euros y mi protección.
El mundo de Elyna se sacudió. Cada palabra golpeaba su mente como un martillo, y por un momento el aire pareció desaparecer de sus pulmones.
—¿Qué dices? —insistió él, con voz firme, sin permitir que ella apartara la mirada.
Los ojos de Elyna se abrieron con asombro, y un temblor recorrió todo su cuerpo.
La locura de la propuesta la hizo sentir mareada. Su corazón latía con fuerza, no solo por el miedo, sino por la magnitud de la decisión que se le estaba planteando.
—¡Imposible! —exclamó, intentando retroceder—. ¡No puede ser!
Julián la sostuvo por la mano, con una firmeza que era a la vez un ancla y una advertencia.
—Piénsalo —dijo, con suavidad calculada—. ¿Acaso no huyes de algo?
Elyna lo miró, recordando la traición de Esteban, los engaños y el divorcio inminente que amenazaba con desmoronarla.
Su mente era un torbellino de emociones: miedo, asco, frustración y un destello de algo prohibido, casi tentador.
“Esteban me engañó… mi vida es un caos… ¿Un matrimonio por contrato con un hombre más rico y poderoso que mi ex? ¡Imposible! Es una locura”, pensó, con el corazón latiendo en descontrol.
—No… no necesito sus contratos, no necesito nada —dijo, con un hilo de voz, pero con la firmeza suficiente para alejarlo.
Dio media vuelta y salió, cada paso, sintiéndose como un acto de rebelión y miedo al mismo tiempo.
***
Cuando llegó a casa, la tensión no desapareció.
Dudó antes de abrir la puerta, preguntándose si debía enfrentar el mundo o esconderse en silencio. Pero allí estaba todo preparado, como si alguien hubiera anticipado su regreso.
Al entrar, la voz de Esteban la recibió:
—Mi amor… ¿Dónde estabas?
—Salí, con mi amiga… ¿Pasa algo? —respondió, con cautela, intentando mantener la calma.
—No… en realidad, hicimos una fiesta. Una para ti, para celebrar que todo está bien. Vamos, ¿sí?
El miedo la invadió, una sensación que se arrastraba desde la nuca hasta la punta de los dedos.
Sin embargo, asintió, y salió con él, intentando no demostrar la tensión que la consumía por dentro.
Se acomodó en el asiento trasero junto a Elías, y entonces vio cómo aquella mujer subía al asiento del copiloto junto a Esteban.
Observarlos, tomarse de las manos y besarse con naturalidad, le provocó un asco que le revolvía el estómago.
Cerró los ojos, intentando escapar de la escena, pero la mano de Elías tocó la suya.
—Mamita… ¿Estás bien? —preguntó el niño con inocencia, sintiendo algo que Elyna no podía ignorar.
Alejó la mano como si quemara, como si el simple contacto fuera un recordatorio doloroso de todo lo que había perdido.
Ya no era aquel pequeño que ella había amado y protegido; algo había cambiado.
—Mami… ¿Estás enojada conmigo? —insistió, con sus ojos llenos de una tristeza que la atravesó como un cuchillo.
Ella negó, incapaz de hablar, pero el niño la miró fijamente, como si pudiera leer lo que ella trataba de ocultar.
—Mami… ¿Puedes verme?
La voz inocente, cargada de un misterio que no comprendía, la hizo estremecerse.
Esteban detuvo el auto de golpe, y el ambiente se cargó de tensión.
—¿Qué dices, Elías? —preguntó, con la voz temblorosa de sorpresa y confusión—. Elyna, ¿puedes ver?
El corazón de Elyna se detuvo por un instante.







