Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido fue como un cuchillo clavándosele en el pecho.
Elyna se quedó inmóvil, con el cuerpo rígido, los hombros tensos, la respiración contenida.
No se giró. No podía hacerlo. No en ese momento.
Sus manos temblaron mientras buscaba a tientas los lentes oscuros que siempre llevaba consigo, esos que se habían convertido en su escudo, en su manera de ocultar lo que ya no podía controlar.
Se los colocó con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo, y con la yema de los dedos limpió las lágrimas que escapaban sin permiso.
Elías…
El nombre apareció en su mente como un eco doloroso, insistente, cargado de recuerdos que le quemaron el pecho.
El pasado la golpeó con brutalidad.
Lo había conocido siendo, tan pequeño.
Recordó su olor a dulce, sus manitas aferrándose a su dedo, su llanto suave en las madrugadas.
Ella había estado ahí en sus primeras travesuras, en sus primeros juegos, en sus pesadillas nocturnas.
Había sido quien lo calmaba cuando tenía fiebre, quien lo abrazaba hasta que el miedo se disipaba, quien lo amó como a un hijo propio… incluso más de lo que jamás se permitió admitir en voz alta.
Pero ese niño ya no era aquel bebé.
Ese niño tenía diez años.
Y ese niño conocía la verdad.
Conocía la traición. Conocía la mentira que se había instalado en esa casa como una enfermedad silenciosa.
Y no le importaba.
Esa certeza fue lo que más le dolió. No la infidelidad en sí. No el abandono.
Si no saber que el amor que ella había entregado con tanta ternura había sido reemplazado sin culpa, sin duelo, sin remordimiento.
—¿Madre… estás bien?
La palabra madre sonó vacía, distante, casi ajena.
Elyna tragó saliva. Sentía la garganta cerrada, como si cada palabra exigiera una fuerza que ya no tenía.
—Sí… —respondió después de unos segundos eternos—. Solo… estoy agotada y tengo hambre.
Era una mentira. El hambre hacía tiempo que había desaparecido de su vida, reemplazada por un nudo constante en el estómago, por una ansiedad sorda que no se calmaba con nada.
—Ven —insistió Elías con voz suave—. La empleada ya preparó la comida, mami. Ven conmigo.
El niño intentó tomarle la mano.
Elyna la retiró de inmediato, con un gesto involuntario, casi instintivo.
No soportaba el contacto. No ahora. No de él.
No después de todo.
Buscó su bastón, lo aferró con fuerza, como si fuera el único punto firme que le quedaba en esa realidad que se desmoronaba, y avanzó lentamente hasta el comedor para sentarse.
Entonces escuchó otros pasos.
No necesitó verlos para saber quiénes eran.
Esa mujer… Y su esposo.
Lo entendió todo en un instante.
Aquella debía ser la niñera. La mujer sin rostro que había invadido su hogar, su cama, su intimidad.
Su presencia se sentía demasiado familiar, demasiado cómoda, demasiado instalada, como si siempre hubiese pertenecido a ese lugar.
El pequeño corrió hacia ella y la abrazó con entusiasmo. Elyna giró ligeramente el rostro, pero aun así percibió la escena con una claridad cruel.
Vio cómo la colmaba de mimos silenciosos, cómo se aferraba a ella con una naturalidad que le arrancó algo por dentro.
Todo lo hacían con cuidado, procurando no ser escuchados, como si Elyna no existiera, como si ya hubiera sido borrada de esa familia.
Luego, Elías se sentó frente a ella.
Sintió el leve roce de unos labios en su frente.
Su esposo.
Elyna apretó los labios con fuerza. No sintió amor.
No sintió alivio. Solo asco. Un asco profundo, visceral, que le revolvió el estómago.
—Mi amor, ¿cómo estás? —dijo él con voz amable, ensayada—. Lamento lo que pasó. Hoy regresamos del viaje… si hubiera sabido, habría ido contigo al hospital.
—No tienes por qué —respondió ella con frialdad—. De todos modos, no funcionó. No creo poder ver más… y no volveré al hospital.
—Pero, amor…
—No tengo hambre. Iré a descansar.
Se levantó con esfuerzo, apoyándose en el bastón.
Cada paso era lento, medido, doloroso, no solo para su cuerpo, sino para su dignidad.
Avanzó hacia la salida, pero no subió de inmediato. Se detuvo. Se quedó allí, escuchando.
—Qué mujer tan amargada —dijo entonces la voz de la mujer, sin disimulo—. Amor, nos arruinó la comida, ¿verdad, Elías?
—Sí, mamita Kelly —respondió el niño—. No te pongas triste. Pedí que hicieran tu comida favorita. Tú eres mejor mamita que ella.
Las palabras fueron el golpe final.
Elyna subió la escalera con el alma hecha pedazos. No lloró.
Ya no tenía lágrimas suficientes para ese nivel de humillación.
Poco después, una empleada se acercó con cautela.
—¿Señora… se encuentra bien?
—Quiero otra habitación —ordenó—. Ya no dormiré en la otra.
—Pero…
—Hazlo. Obedece. ¿O ya no soy la señora de esta casa?
La empleada bajó la mirada y asintió.
Abrió una habitación distinta y comenzó a trasladar una a una las pertenencias de Elyna, como si ese movimiento simbolizara el final definitivo de un matrimonio que ya no tenía reparación.
—¿Amor? —preguntó Esteban al llegar—. ¿Por qué no dormirás en nuestra habitación?
—Quiero mi propia habitación —respondió ella—. Quiero estar sola.
—¿Estás enojada conmigo?
Ella negó lentamente, con la mirada vacía, perdida en un punto inexistente.
—No. Solo… quiero estar sola.
Esteban la abrazó por la espalda.
—Te amo, amor. No me importa si puedes o no ver, ¿lo recuerdas? Yo seré tus ojos… y tu héroe.
“Traidor. Solo eres un infiel que me da asco.”
—Descansa, cariño —dijo él antes de irse—. Te veré mañana.
Cuando la habitación quedó en silencio, Elyna tomó el teléfono.
Marcó el número que conocía de memoria.
Vera respondió en videollamada.
Cuando apareció su rostro, Elyna ya no pudo contenerse.
—¿Cómo estás? —preguntó Vera, preocupada.
—Vera… ayúdame, por favor —suplicó—. Estoy en el infierno.
—¿Qué pasa? —exclamó angustiada.
—Consigue al mejor abogado de divorcios para mí. Uno que no esté cerca de los Senegal.
Vera se quedó callada, como si se quedara sin voz, pero luego rápido habló
—Lo haré. Elyna… ya sufriste demasiado.
Elyna respiró hondo.
—Una vez amé demasiado y quedé ciega —susurró—. Pero ahora no volveré a sacrificarme por amor. Ahora… solo quiero ser libre.
Y por primera vez en mucho tiempo, esa decisión no le dio miedo. Le dio paz.







