Capítulo: Mujer ciega sin hijos

Elyna comenzó a reír.

No fue una risa ligera ni espontánea. Fue una risa baja, controlada, casi peligrosa. De esas que no nacen de la alegría, sino del hartazgo absoluto.

Sus labios se curvaron apenas, mientras su rostro permanecía inexpresivo, como si la emoción verdadera estuviera enterrada demasiado hondo para salir a la superficie.

—¿De verdad crees que puedo ver, Elías? —preguntó con voz suave, engañosamente tranquila.

Elías se tensó de inmediato. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Tragó saliva, dio un paso atrás, y sus manos buscaron algo inexistente en el aire, como si necesitara apoyarse en una excusa que no encontraba.

—Yo… —balbuceó, incapaz de sostenerle la mirada.

Antes de que pudiera terminar la frase, otra voz intervino con rapidez, cortante, autoritaria.

—Elías, no hagas el tonto —dijo su madre—. A tu mamá no le gustan esos juegos. Discúlpate con mamá, ahora mismo.

La mujer fingía severidad, pero Elyna percibió la falsedad detrás de cada palabra. Esa voz, que durante años había pretendido ser amable, ahora le sonaba hueca, ensayada, casi ridícula.

—Perdóname, mami, soy tonto —añadió el pequeño, tomando la mano de Elyna con una falsa ternura.

Elyna no respondió.

Se quedó completamente callada, con el rostro orientado hacia el frente, los hombros relajados, la postura dócil que todos esperaban de ella. Por dentro, sin embargo, su mente ardía.

No era el momento.

Lo sabía.

Había aprendido, incluso en ese corto tiempo, que explotar impulsivamente solo beneficiaba a quienes querían verla rota.

Cada vez que sentía la ira subirle por la garganta, se obligaba a respirar, a contenerse, a esperar.

“Estoy preparando el mejor momento, pensó con frialdad.

Uno en el que los arruinaré por completo.”

***

El auto avanzó por el camino de grava hasta detenerse frente a la casa de campo de la familia Senegal.

Una construcción amplia, elegante, rodeada de jardines perfectamente cuidados. Un lugar que, para cualquiera, representaría lujo y prestigio.

Cuando el vehículo se detuvo, Esteban descendió primero y rodeó el auto para ayudarla a bajar.

—Con cuidado —dijo, tomando su brazo.

Elyna aceptó el gesto sin protestar. Llevaba puestos unos lentes oscuros grandes, discretos, suficientes para ocultar cualquier detalle de su mirada. Con ellos, nadie sospecharía nada. Sin ellos, el riesgo era enorme.

Apenas apoyó los pies en el suelo, percibió el ambiente. No necesitaba ver para saber que había muchas personas observándola. Podía sentir las miradas, el murmullo contenido, las pausas incómodas en las conversaciones.

Entonces escuchó unos pasos acercarse. Lentos. Decididos.

—¿Por qué la trajiste? —susurró una voz femenina, áspera, cargada de desprecio.

Elyna inclinó apenas la cabeza. La reconoció al instante. Su suegra.

—¡Madre, no seas cruel con Elyna! —respondió Esteban con un tono que pretendía ser protector—. No olvides que gracias a ella estoy vivo.

La mujer chasqueó la lengua.

—Es cierto —admitió con desdén—. Supongo que tienes razón.

Luego, elevó la voz.

—¡Querida Elyna! Bienvenida.

Elyna sintió un escalofrío.

“Así que mi propia suegra también lo sabe,” pensó con amargura.

“Anciana desgraciada… algún día pagarás esto.”

Sonrió. Una sonrisa perfecta, ensayada, dócil.

Sintió el beso falso en su mejilla. El beso de Judas.

—La empleada te llevará a sentarte —indicó la mujer—. Así estarás más cómoda.

Elyna no dijo nada. No protestó. No pidió explicaciones. Simplemente, dejó que la guiaran.

El lugar que le asignaron estaba lejos del centro de la fiesta. Apartado. Casi invisible.

Desde allí, aunque nadie lo notara, Elyna comprendió perfectamente la dinámica: todos estaban reunidos, conversando, riendo, celebrando.

Viejos amigos de Esteban Senegal, sus cuñadas, primos, socios, conocidos influyentes.

Todos sabían.

Todos estaban de acuerdo en engañar a una mujer ciega para cumplir los caprichos de Esteban.

El asco le subió por la garganta.

—Bienvenidos a esta celebración —anunció una voz masculina desde el frente—. Hoy estamos aquí para festejar que una querida amiga…

Esteban hizo una pausa deliberada.

Las risas estallaron.

No fue una carcajada abierta, sino murmullos, sonrisas cómplices, miradas cargadas de burla.

Elyna apretó los labios. Sentía cómo la humillación se espesaba en el aire.

—… revelará el género de su bebé.

Los aplausos llenaron el lugar.

Entonces Kelly subió al podio con una sonrisa radiante, acariciando su vientre aún pequeño.

Elyna no necesitaba verla para saberlo. Podía sentir la felicidad ajena como una bofetada.

Las luces se encendieron. Bengalas. Fuegos artificiales. Un estallido de color.

—¡Es una niña!

Los gritos de emoción fueron ensordecedores.

Elyna sintió que algo dentro de ella se rompía.

Su mente la traicionó, llevándola al pasado. A aquellas noches en las que había soñado con ser madre otra vez. A la ilusión de tener una hija. A las conversaciones truncadas.

“Lo siento, amor, había dicho Esteban entonces.

Una mujer ciega no debería tener más hijos. ¿Cómo cuidarías a un bebé? Conformémonos con Elías.”

En ese momento, Elyna había sentido que moría.

Y ahora, ese mismo hombre celebraba tener una hija… con otra mujer.

Las náuseas la invadieron de golpe.

Se levantó como pudo y caminó a tientas hacia el interior de la casa. Cada paso era una lucha contra el mareo, contra el dolor, contra las ganas de gritar.

Llegó al baño y se inclinó sobre el lavabo, jadeando.

No vomitó, pero estuvo a punto.

Se lavó el rostro, se enjuagó la boca, intentando recuperar el control.

No notó que Esteban la había seguido.

—¡Elyna! —exclamó al verla—. Amor, ¿estás bien? ¿Cómo llegaste hasta aquí sola?

Ella levantó lentamente la cabeza.

Se miró en el espejo. Sin lentes. Solo su rostro desnudo, vulnerable. Sabía que debía mantener los ojos quietos, sin buscar enfoque alguno. Una mirada sin luz. Vacía.

Esteban la observaba con atención.

Elyna sostuvo la farsa con maestría.

“Aún no debes saber la verdad”, pensó.

“Pero pronto… muy pronto te daré el divorcio.”

Y entonces, con una calma que daba miedo, concluyó en silencio:

“Y haré que te arrepientas de tu traición cruel, Esteban.”

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