Capítulo: Planes de divorcio

Al día siguiente, Elyna despertó antes que todos.

No fue el canto de los pájaros ni la luz filtrándose por la ventana lo que la arrancó del sueño, sino una presión opresiva en el pecho, una sensación amarga que no supo nombrar.

Había aprendido a reconocer ese presentimiento silencioso que precedía a las verdades dolorosas.

Permaneció unos segundos inmóvil, respirando con lentitud, como si al moverse pudiera romper algo que ya estaba irremediablemente fracturado.

Tomó su bastón con cuidado.

 Luego, los lentes oscuros. Se los colocó como una armadura. No porque no pudiera ver sin ellos, sino porque le daban una falsa sensación de protección.

Caminó despacio por el pasillo, guiándose por la memoria de una casa que alguna vez había sentido como su refugio… y que ahora le resultaba ajena.

Se detuvo frente a la habitación que una vez fue suya.

Empujó la puerta con suavidad.

Y entonces los vio.

El aire parecía denso, viciado. La ropa interior estaba regada por el suelo sin ningún pudor, como restos de una batalla librada en la oscuridad. El olor no le era familiar. No pertenecía a ella. No pertenecía a su vida.

En la cama, enredados entre sábanas que alguna vez había elegido con cuidado, estaban su esposo… y la mujer.

El mundo no se detuvo. Pero algo dentro de Elyna sí lo hizo.

El asco fue inmediato, visceral, tan fuerte que le revolvió el estómago.

Pero junto a él apareció algo inesperado: una fuerza nueva, cruda, feroz. No retrocedió.

Se quedó ahí, de pie, casi congelada, observando como quien se obliga a mirar una herida abierta para convencerse de que existe.

Era como arrancarse una costra vieja. Dolía. Ardía. Pero dejaba la herida al aire, lista para sanar.

El dolor fue terrible. Pero también fue definitivo.

Entonces, los ojos de la mujer se abrieron.

La amante la miró con miedo. Sus pupilas se dilataron al reconocerla. No gritó. No se cubrió. No se movió de inmediato. Solo estiró el brazo con torpeza y sacudió al hombre a su lado.

Esteban despertó sobresaltado.

Al verla, casi saltó como un resorte.

—¡Elyna! —exclamó, con la voz rota—. No… ¿Qué haces aquí, amor?

La palabra “amor” sonó falsa, hueca, obscena.

Pero, cuando él recordó que ella no podía ver, que era imposible que le descubriera, sintió un gran alivio.

“Ella no puede ver quién está en mi cama, mientras siga fingiendo, bueno, siempre seremos felices, ella solo me conoce a mí”.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, fingiendo desconcierto.

—Yo… quería decirte que saldré con Vera —dijo con voz tranquila, demasiado tranquila—. Me invitó a desayunar, así que quise avisarte. No quería despertarte… intuí que dormías.

Esteban tragó saliva. Se apresuró a cubrirse con las sábanas, como si ese gesto pudiera borrar la escena.

—Ah… eso… bien, amor. Ve, distráete —respondió forzando una sonrisa—. Luego… mañana iremos a una cena familiar.

Elyna asintió.

Giró lentamente, apoyándose en el bastón, y avanzó hacia la puerta. Pero se detuvo de pronto, como si algo invisible la hubiera retenido.

—Esteban… —dijo sin volverse—. ¿Qué olor es ese? Como un… perfume cítrico. ¿No lo hueles?

El hombre ardió de nervios.

—No, mi amor —se apresuró—. Creo que… quizás tienes antojos de naranjas. Te compraré las frutas cítricas más deliciosas.

Ella no respondió.

El asco volvió a subirle por la garganta. Salió de la habitación sin mirar atrás.

**

Vera la vio bajar la escalera y corrió hacia ella, alarmada. La sostuvo del brazo, ayudándola con cuidado.

—¿Estás bien? —preguntó.

Elyna levantó ligeramente la vista. Sin que nadie lo notara, descubrió algo que le heló la sangre: la fotografía de bodas había sido cubierta. No retirada. Cubierta. Como si antes la hubieran dejado a la vista, esperando que ella la encontrara.

Lo entendió entonces.

Aquella mujer no solo ocupaba su cama. Tenía otros planes.

—Vámonos —dijo Elyna.

Vera frunció el ceño, confundida, pero no preguntó. Salieron de la casa.

Durante el trayecto, Elyna guardó silencio. No dijo una palabra hasta llegar al café. Allí, cuando dejó el bastón a un lado y se quitó los lentes oscuros, habló.

—Mi esposo me engaña —dijo sin rodeos—. Y Elías lo sabe. Tienen a la amante viviendo bajo mi techo. Por eso no querían visitas. Por eso la ausencia. Por eso mantenerme en casa como una estatua inútil.

Vera palideció.

—Esteban… ese bastardo… se revolcaba con esa mujer en mi propia cama —continuó—. Y Elías… el niño que crie como si fuera mío… la llama madre.

—Eso no… no puede ser —balbuceó Vera, con los ojos llenos de lágrimas—. Esteban parecía adorarte, cuidarte como si fueras su joya. ¿Estás segura?

Elyna sacó su teléfono.

Le mostró las pruebas.

Las imágenes. El video. No solo la foto de bodas, sino ellos dos en la cama. Incluso el video del niño llamando “mamá” a la amante.

Vera quedó muda. Luego, la abrazó con fuerza.

—¿Estás bien? —susurró.

—No quedan lágrimas para llorar —respondió Elyna—. Solo quiero irme. Largarme para siempre.

Fue entonces cuando llegó el abogado de confianza de Vera.

Al revisar el material, su expresión no fue de triunfo, sino de extrema cautela.

—Señora Pardo, estas imágenes son escandalosas, pero no son suficientes —dijo el abogado con voz baja, mirando por encima del hombro—. Esteban Senegal es un hombre con tentáculos en cada juzgado de esta ciudad. Él puede alegar que el video fue manipulado o que usted, siendo "ciega", no pudo haberlo grabado. Necesitamos registros bancarios, testimonios... algo que él no pueda comprar.

Elyna apretó los puños. —Quiero la mitad de la fortuna Senegal. Salvé su vida, es lo mínimo que me debe. Y quiero borrar mi nombre de la vida de ese niño.

El abogado suspiró, evitando su mirada. —Lo intentaremos, pero le advierto: si él siente que su patrimonio peligra, aplastará este caso antes de que llegue a un juez. Los testigos suelen desaparecer o cambiar su versión cuando Esteban llama.

Elyna sintió un escalofrío. Sabía lo que eso significaba: la ley no sería suficiente para liberarla de un monstruo.

Cuando el abogado se retiró con paso apresurado, Elyna se quedó mirando el vacío, sintiéndose atrapada de nuevo. 

Vera sigue haciendo llamadas para explorar más posibilidades.

Fue entonces cuando, cerca de su mesa, escuchó una discusión desesperada.

—¡Señor, es imposible! —decía un asistente al teléfono—. No hay ninguna mujer que encaje con el perfil para ser la madre de la niña. El tiempo se agota-

En ese momento, el hombre levantó la vista y sus ojos chocaron con los de Elyna.

Se quedó sin aliento. 

Sin pedir permiso, levantó su cámara y capturó su rostro.

—¡Oiga! ¿Qué hace? ¡Borre eso! —exclamó Elyna, levantándose por instinto, olvidando por un segundo que debía fingir su ceguera.

Pero el hombre ya corría hacia un coche de lujo negro.

—Señor Altamira —dijo al teléfono—, le he enviado una fotografía.

***

En un hospital, en una habitación VIP, una niña de cinco años dormía. Pálida, recuperándose.

—Papi… ¿Tienes la foto de mami? Prometiste que me dejarías verla si me curaba —preguntó al despertar.

El hombre miró la foto que apareció de repente en su teléfono con un destello de sorpresa en los ojos.

—¡¿Es la foto de mamá?! —Los ojos de la niña brillaron, con su cabecita ya pegada al teléfono.

El hombre suspiró con voz dulce.

—Sí, amor. Aquí tengo la foto.

La niña miró la pantalla, y luego sonrió con lágrimas en los ojos.

—¡Mamita es hermosa! —exclamó la niña.

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