—Gabriel, estoy bien.
Su voz tembló, pero intentó mantenerse firme.
Gabriel la miró fijamente desde la cama del hospital. En sus ojos había algo más fuerte que el dolor físico.
Había angustia, miedo y una necesidad profunda de asegurarse de que ella estuviera a salvo.
Lucero se acercó despacio, tomando su mano con cuidado para no lastimarlo.
—Nuestro hijo está bien y yo también —repitió, conteniendo las lágrimas—. Tú tienes que ponerte bien, Gabriel. Lo siento tanto… perdóname. Si pudiera cambi