Mundo ficciónIniciar sesiónJulián Altamirano cargó a su hija en brazos y la llenó de besos, uno tras otro, como si cada roce pudiera borrar los miedos y las preocupaciones de los últimos días.
Su pequeña Lucero era lo único que lograba ablandar el corazón de aquel hombre que para todos parecía frío, calculador, implacable.
Un billonario de mirada severa, cuyos negocios y decisiones dejaban a cualquiera temblando, pero que frente a su hija se transformaba en un hombre tierno, casi vulnerable. La abrazaba con fuerza, como si sostenerla fuera la única manera de sostenerse a sí mismo.
Entraron al consultorio del doctor con paso firme, aunque Julián sentía que su corazón latía con una intensidad que no podía controlar. El médico los miró con profesionalismo, pero sus ojos mostraban una suavidad que contrastaba con la frialdad habitual de Julián.
—Lucero está mejor, señor Altamirano. No debe preocuparse —dijo el doctor, con una sonrisa amable.
Julián exhaló un suspiro profundo, una mezcla de alivio y gratitud, y asintió con un movimiento leve de la cabeza. Sosteniendo a Lucero cerca de su pecho, salió del consultorio, cada paso parecía más liviano, como si la presencia de su hija aligerara también su alma.
***
A unos pasillos de distancia, Elyna se encontraba con el oftalmólogo, quien la examinaba con cuidado, evaluando cada movimiento de sus ojos.
La tensión que había acumulado en días recientes parecía concentrarse en su pecho. Cada parpadeo era un pequeño recordatorio de su vulnerabilidad y del miedo que había sentido por tanto tiempo.
—Señora Senegal, parece que su visión es perfecta. Todo está muy bien. Por ahora puede marcharse —dijo el doctor, con un tono profesional, pero que de alguna manera transmitía alivio.
Elyna asintió, sintiendo cómo un peso enorme se levantaba de sus hombros.
Al salir, caminó lentamente por el pasillo, dejando que el mundo la acogiera nuevamente. Su vista había vuelto, y con ella una parte de su fortaleza que creía perdida.
Ya no era la mujer débil, ciega, objeto de burlas crueles y miradas despectivas. Su corazón se inflaba con una mezcla de orgullo y miedo; orgullo por haber sobrevivido, miedo por lo que aún debía enfrentar.
Fue entonces que las vio. Tres figuras avanzaban por el pasillo.
Elyna sintió cómo su estómago se tensaba, cómo un frío intenso le recorría la espalda. Se escondió tras un muro, respirando con dificultad, tratando de controlar el temblor que amenazaba con traicionarla. Sus ojos buscaron, poco a poco, sin ser detectada, y lo que vio le rompió el alma.
—¡Mamita, mamita! ¡Vas a tener un bebé! Al fin… quiero tener una hermanita —exclamó una voz dulce y familiar, la de su hijo Elías, el niño que había criado con amor y dedicación.
Elyna sintió un dolor agudo en el pecho. La escena frente a ella parecía un cruel espejo de lo que había temido por tanto tiempo.
La mujer que abrazaba Elías y reía a carcajadas no era otra que la amante de su esposo, y ahora, con su vientre apenas perceptible, estaba a punto de convertirse en madre.
—Mi amor, me haces tan feliz. Vamos a tener una bebé, una niña, será mi princesa —susurró Esteban, besando los labios de la mujer con un fervor que le hacía doler el corazón a Elyna.
La mujer sonrió, su felicidad parecía inocente, casi pura, pero para Elyna cada gesto era una daga que atravesaba su alma.
—Entonces, mi amor… ¿Vas a divorciarte? ¿O dejarás que nuestra hija nazca como bastarda? —preguntó con una mezcla de desafío y miedo.
Las palabras retumbaron en los oídos de Esteban como un golpe inesperado. Titubeó, como si el peso de la verdad que Elyna no podía dejar de sentir lo paralizara por un instante.
—Yo… yo… No puedo. Sabes que no puedo dejar a Elyna, ella es mi esposa —balbuceó, y Elyna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y nuestra hija? —replicó la mujer, con la voz temblorosa, pero firme.
—¡Papi! Haces llorar a mami Kelly. Deja a mami Elyna, ella ya no sirve para nada, no ve —dijo Elías, con la inocencia de un niño que no entiende la complejidad de los adultos.
Elyna contuvo el aliento, su corazón se rompía con cada palabra que salía de su propio hijo. Cada sílaba parecía perforar su alma.
Esteban tomó con fuerza el brazo del niño.
—¡Cállate! Elyna cuidó de ti desde que eras tan pequeño. Ella te enseñó a todo lo que sabes, te dio amor y cuidado. No puedes hablar así —su voz temblaba entre la autoridad y la desesperación.
—Pero, papi, ¿no cambiaste a mami Elyna por mami Kelly? ¿Por qué no lo hago yo también? Prefiero a mami Kelly para siempre —replicó el niño, con lágrimas asomando en sus ojos, sin comprender la tragedia que se desplegaba ante él.
Kelly abrazó al niño, y Elyna sintió cómo sus lágrimas querían escapar, cómo el nudo en su garganta se hacía cada vez más grande.
Respiró hondo, tratando de recomponerse, consciente de que no podía quedarse allí, de que no podía ser parte de aquella escena.
Iba a irse, simplemente irse, cuando algo inesperado la detuvo.
—¡¿Mamita?! ¡Mamita! —La voz de Lucero Altamirano, la pequeña hija de Julián, rompió el silencio.
La niña se soltó de la mano de su padre y corrió hacia Elyna, como si hubiera reconocido en ella un reflejo de amor y seguridad.
Lucero la abrazó con fuerza, aferrándose a ella con una dulzura que hizo que Elyna se quedara paralizada.
No podía moverse, no podía hablar, solo sentir las manitas pequeñas apretando su cuerpo con todo el amor que podía contener.
Fue entonces cuando escuchó la voz de Elías, más cercana, más intrigada:
—¿Papito, ella no es mamita Elyna? —preguntó, con esa mezcla de inocencia y sospecha que solo un niño podía tener.
Elyna quedó inmóvil, sintiendo cómo su mundo se desmoronaba a su alrededor.
Cada latido de su corazón era un recordatorio del dolor, de la traición y del amor que aún la ataba a su familia.
Sabía que estaba a punto de ser descubierta.







