Mundo ficciónIniciar sesiónHace cinco años, Nancy O'Connor era una mujer invisible. Huérfana y de corazón frágil, creyó que su matrimonio con el gélido magnate Joe Kensington era un cuento de hadas. Pero los cuentos de hadas no terminan con una acusación de robo, una humillación pública y un fajo de papeles de divorcio golpeándole el rostro. Bajo una tormenta implacable, Joe la expulsó de su mansión y de su vida, ignorando las pruebas de su inocencia y las súplicas de la mujer que lo amaba. "Eres una mancha en mi apellido", le dijo él, antes de cerrarle la puerta para siempre. Cinco años después, el imperio Kensington está al borde del colapso. Su única esperanza es una inversión del misterioso Grupo Cavendish. En la sala de juntas, Joe espera encontrarse con un anciano magnate; en su lugar, entra una mujer que detiene el tiempo. Es elegante, letal y posee una fortuna que hace que la de Joe parezca calderilla. Cuando él, con el rostro pálido y el corazón acelerado, susurra su nombre: "¿Nancy?", ella solo le dedica una sonrisa gélida mientras ajusta su reloj de diamantes. —Lo siento, señor Kensington, creo que me confunde con alguien que tenía menos dignidad que yo. Soy la CEO Maxxine Cavendish... y he venido a decidir si vale la pena comprar su empresa o dejar que se hunda en la miseria. Ahora, Joe descubrirá que no solo perdió a la mujer que más lo cuidó, sino que ha caído en las manos de la única persona que puede destruirlo o salvarlo. Mientras él lucha por limpiar el pasado y recuperar su perdón, un Príncipe de la corona inglesa espera en la puerta de Maxxine para ofrecerle el trono que Joe nunca le dio.
Leer másLa lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Kensington con una violencia que parecía presagiar el fin del mundo. Pero para Nancy, el mundo ya se había acabado dentro de esa oficina con olor a madera cara y traición.
— Firma.
La voz de Joe Kensington cortó el aire como un látigo de hielo. Él ni siquiera la miraba. Estaba de pie frente al ventanal, su figura imponente recortada contra los rayos que iluminaban el cielo de Londres. Su traje negro, hecho a medida, no tenía una sola arruga; su corazón, al parecer, tampoco tenía una sola grieta de duda.
— Joe, por favor... —la voz de Nancy tembló. Sus dedos, entumecidos, sostenían una carpeta vieja—. Te lo ruego, mira esto. Son los registros de acceso al servidor. Yo no pude haber transferido ese dinero, estaba en el hospital con tu madre, ella puede decirte...
— ¡Cállate! —Joe se giró con una rapidez felina. Sus ojos azules, que una vez la miraron con algo parecido a la calidez, ahora solo reflejaban un asco profundo—. Mi madre está sedada por el impacto de tu robo. No te atrevas a usar su nombre para cubrir tu avaricia de huérfana.
Nancy sintió un golpe en el pecho, más doloroso que cualquier bofetada física. Huérfana. Él sabía que esa era su herida más profunda, y la estaba usando para rematarla.
— Yo te amaba, Joe —susurró ella, con las lágrimas desbordándose finalmente—. Me casé contigo sin nada, ¿por qué te robaría ahora?
— Porque la sangre no miente, Nancy. Te saqué del fango, te di un apellido, te vestí con sedas... y al final, volviste a tus instintos básicos. Te aprovechaste de mi confianza para desfalcar a la empresa que te dio de comer.
Joe caminó hacia el escritorio y, con un gesto lleno de desprecio, arrojó un fajo de papeles sobre la mesa. El sonido del papel golpeando la madera retumbó como un disparo.
— Es el divorcio. No quiero una pelea legal. Si firmas ahora, no presentaré cargos policiales. Te irás de aquí con lo puesto y desaparecerás de mi vista. Si te niegas... te aseguro que te pudrirás en una celda antes de que amanezca.
Nancy miró los papeles. Su nombre junto al de él, una unión que ella creía sagrada, ahora reducida a términos de "disolución inmediata".
— ¿Ni siquiera vas a mirar las pruebas? —preguntó ella, extendiendo la carpeta con manos temblorosas—. Aquí está el nombre de la verdadera persona que usó mi clave... Fue ella, Joe. Tu secretaria, ella...
Joe soltó una carcajada seca y amarga. Se acercó tanto que ella pudo oler su perfume de sándalo y metal, un aroma que antes le daba paz y ahora la asfixiaba.
— ¿Intentas culpar a Cynthia? Ella ha sido leal a esta familia por años. Tú, en cambio, solo has sido una mancha en mi apellido.
Él le arrebató la carpeta de las manos sin mirarla y, con una crueldad metódica, la lanzó a la chimenea encendida. Nancy soltó un grito ahogado al ver cómo las hojas que probaban su inocencia se retorcían bajo el fuego, convirtiéndose en cenizas negras en segundos.
— ¡No! ¡Joe, era lo único que tenía!
— Ahora no tienes nada —sentenció él—. Firma. Ahora.
Con el corazón hecho pedazos y la dignidad herida, Nancy tomó la pluma. Sus manos temblaban tanto que la firma apenas fue un garabato borroso, manchado por una gota de lágrima que cayó sobre el papel.
— Ya está —dijo ella con un hilo de voz—. Me voy.
— Te vas ahora mismo —Joe llamó por el intercomunicador—. Seguridad, escolten a la señora O'Connor a la salida. No se le permite llevarse nada que haya sido pagado con el dinero de los Kensington. Incluyendo las joyas que lleva puestas.
Nancy se quedó paralizada. Con dedos torpes, se quitó los pendientes de diamantes y el collar que él mismo le había regalado en su aniversario. Finalmente, llegó al anillo de bodas. Le costó sacarlo, como si el metal se resistiera a aceptar que el amor había muerto. Lo dejó sobre el escritorio.
Joe no la miró ni una vez mientras los guardias la tomaban del brazo.
Minutos después, Nancy se encontraba frente a las enormes puertas de hierro de la mansión. La lluvia la caló hasta los huesos al instante. Su vestido sencillo se pegaba a su cuerpo y sus pies descalzos sentían el asfalto frío. Detrás de ella, las puertas se cerraron con un estruendo metálico final.
Nancy se giró, mirando hacia la ventana de la oficina de Joe. Él seguía allí, una silueta oscura y distante, cerrando las cortinas para borrarla de su mundo.
— Algún día, Joe Kensington —susurró Nancy, con la voz rota pero los ojos encendidos por un fuego nuevo bajo la lluvia—, no seré yo quien suplique. Serás tú quien se arrodille en el barro, y ese día... no habrá fuego suficiente para quemar lo que voy a hacer contigo.
Nancy O'Connor caminó hacia la oscuridad de la tormenta, sin saber que, a miles de kilómetros de allí, un abogado de la familia Cavendish acababa de encontrar la última pieza del rompecabezas que la convertiría en la mujer más poderosa del continente.
El jueves amaneció con una tensión que se podía cortar con un cuchillo en el piso 50. La fusión con Windsor Enterprises avanzaba a la velocidad de un tren de carga. Tras una ardua tarea de convicción por parte del Duque, quien insistió incansablemente durante días sobre la necesidad técnica de unificar las redes, Maxxine había accedido finalmente a permitir la instalación de los servidores de Windsor con el debido aviso previo. Aunque la autorización estaba firmada y todo se hacía bajo protocolo, la presencia de tecnología ajena en el corazón de Cavendish Global la mantenía en alerta máxima.Maxxine estaba sentada a la cabecera de la mesa en el salón privado del comedor ejecutivo. Se suponía que era un almuerzo de celebración para los socios senior, pero se sentía más como una toma de rehenes. A su derecha, Arthur bebía vino de una cosecha que costaba más que el sueldo anual de la mayoría de sus empleados. A su izquierda, su abuelo Silas observaba la escena con ojos de reptil, pelando
La invasión no comenzó con soldados, sino con trajes italianos y sonrisas afiladas.El miércoles por la mañana, cuando Maxxine salió del ascensor privado en el piso 50, notó de inmediato que la atmósfera en Cavendish Global había cambiado. El silencio habitual, ese que denotaba eficiencia y respeto, había sido reemplazado por voces graves y desconocidas que provenían de la sala de conferencias principal.Maxxine frunció el ceño. No tenía reuniones programadas hasta las diez.—Sarah —llamó a su asistente sin detener el paso—, ¿quién está en la sala de juntas?Sarah, pálida y visiblemente nerviosa, se levantó de su escritorio. —Señorita Cavendish, intenté detenerlos, pero dijeron que venían con autorización del Duque. Trajeron sus propios servidores. Están... están conectando cosas al sistema central.El hielo en las venas de Maxxine bajó unos grados más. Empujó las puertas de cristal de la sala de juntas con fuerza.Dentro, cinco hombres desconocidos estaban instalados alrededor de la
El anillo de compromiso pesaba.No era una metáfora poética sobre el peso del compromiso o las cadenas del amor. Era un hecho físico. El diamante de diez quilates, montado sobre una banda de platino, era tan grande que Maxxine Cavendish tenía que ajustar la posición de su mano al firmar documentos para que la piedra no golpeara el cristal de su escritorio.Eran las nueve de la noche en el ático de la Torre Cavendish en Londres. La ciudad se extendía bajo sus pies como un tapiz de luces doradas, pero el silencio en el apartamento era absoluto.Maxxine se sirvió una copa de vino tinto. Se suponía que debería estar celebrando. Hacía cuarenta y ocho horas que había anunciado su fusión con Windsor Enterprises y su compromiso con el Duque de Salisbury. Las acciones de Cavendish Global habían subido un 8% al abrir el mercado. La prensa la llamaba "La Reina Midas". Tenía todo lo que Nancy O'Connor jamás soñó: respeto, poder, y a un hombre que parecía sacado de un cuento de hadas.Entonces, ¿p
El dinero no miente. Las personas mienten, los contratos mienten, incluso los Duques con sonrisas de portada de revista mienten. Pero los números... los números siempre dicen la verdad si sabes cómo torturarlos lo suficiente.Durante tres días, Joe Kensington no vio la luz del sol. El sótano del Nivel -2 se convirtió en su universo. Rodeado de cajas de archivo y alimentado por café rancio de máquina, Joe dejó de ser el ex-marido arrepentido para convertirse en lo que mejor sabía hacer: un sabueso financiero.Usando sus credenciales de auditor junior, Joe había logrado acceder a los registros espejo de la transacción. Sabía que estaba caminando por la cuerda floja. Si el sistema de seguridad de Maxxine detectaba que estaba rastreando una cuenta ejecutiva sin autorización, las alarmas silenciosas saltarían. Sería despido fulminante y, con toda seguridad, una demanda por espionaje industrial que lo enviaría a prisión.Pero el miedo a la cárcel palidecía comparado con el miedo a ver a Max
El lunes por la mañana, el sótano del rascacielos Kensington olía a humedad y a café barato. Para Joe Kensington, sin embargo, el aire estaba cargado de electricidad estática.Llevaba despierto cuarenta y ocho horas. Sus ojos ardían y la camisa de su traje, que no había podido llevar a la tintorería, tenía una arruga visible en el hombro. Pero nada de eso importaba. Lo único que importaba era la carpeta manila que descansaba sobre su escritorio metálico, justo al lado del informe de auditoría que Maxxine le había exigido.En esa carpeta no había facturas de vestidos o joyas. Había impresiones de registros mercantiles del Congo, transferencias oscuras a través de bancos en Chipre y un organigrama que vinculaba al impecable Duque de Salisbury con un fondo de cobertura conocido por despedazar empresas tecnológicas.Joe miró el reloj: las 07:45 AM. Maxxine llegaba siempre a las 08:00 AM en punto.—Tengo que subir —murmuró, guardando los documentos con manos temblorosas.Al llegar al ascen
El rascacielos Kensington seguía rasgando el cielo de Londres, un monumento de acero y cristal al poder corporativo. Pero para Joe Kensington, entrar en él esa mañana fue como descender a una tumba en vida.Al pasar los torniquetes de seguridad, la luz roja parpadeó con un pitido agresivo. Acceso denegado.—Lo siento, señor Kensington —dijo el guardia, un hombre al que Joe ni siquiera había mirado a la cara en tres años—. Su tarjeta ejecutiva ha sido cancelada.Joe sintió el calor de la vergüenza subiendo por su cuello. A su alrededor, empleados que antes temblaban ante su presencia ahora lo observaban con una mezcla de lástima y morbo.—Tengo que subir a mi oficina —dijo Joe, tratando de mantener la compostura.—Su oficina ya no está arriba, señor. —El guardia le tendió una tarjeta de plástico gris, sin nombre, solo con un número—. Recursos Humanos ha reasignado su puesto al Nivel -2. Sótano. Archivo Muerto y Auditoría. Debe usar el montacargas de servicio.Joe tomó la tarjeta. Sus m





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