Mundo ficciónIniciar sesiónHace cinco años, Nancy O'Connor era una mujer invisible. Huérfana y de corazón frágil, creyó que su matrimonio con el gélido magnate Joe Kensington era un cuento de hadas. Pero los cuentos de hadas no terminan con una acusación de robo, una humillación pública y un fajo de papeles de divorcio golpeándole el rostro. Bajo una tormenta implacable, Joe la expulsó de su mansión y de su vida, ignorando las pruebas de su inocencia y las súplicas de la mujer que lo amaba. "Eres una mancha en mi apellido", le dijo él, antes de cerrarle la puerta para siempre. Cinco años después, el imperio Kensington está al borde del colapso. Su única esperanza es una inversión del misterioso Grupo Cavendish. En la sala de juntas, Joe espera encontrarse con un anciano magnate; en su lugar, entra una mujer que detiene el tiempo. Es elegante, letal y posee una fortuna que hace que la de Joe parezca calderilla. Cuando él, con el rostro pálido y el corazón acelerado, susurra su nombre: "¿Nancy?", ella solo le dedica una sonrisa gélida mientras ajusta su reloj de diamantes. —Lo siento, señor Kensington, creo que me confunde con alguien que tenía menos dignidad que yo. Soy la CEO Maxxine Cavendish... y he venido a decidir si vale la pena comprar su empresa o dejar que se hunda en la miseria. Ahora, Joe descubrirá que no solo perdió a la mujer que más lo cuidó, sino que ha caído en las manos de la única persona que puede destruirlo o salvarlo. Mientras él lucha por limpiar el pasado y recuperar su perdón, un Príncipe de la corona inglesa espera en la puerta de Maxxine para ofrecerle el trono que Joe nunca le dio.
Leer másEl silencio que siguió a la revelación de la emboscada tenía el peso del plomo. En la inmensa nave de la Catedral de San Pablo, bajo la atenta mirada de los santos de mármol y los cien láseres rojos que rasgaban la penumbra, el tiempo pareció detenerse.Arthur Windsor-Windham, el hombre que había entrado creyéndose un dios vengativo, era ahora un animal acorralado.Su respiración era irregular, un jadeo áspero que resonaba en la acústica perfecta del templo. Miró a los tiradores apostados en las cornisas superiores, luego a la falange de mercenarios de negro que bloqueaba cualquier ruta de escape hacia la Cripta. No había puntos ciegos. No había negociación táctica posible.El líder del escuadrón de la Triada que acompañaba a Arthur, un veterano curtido en guerras no declaradas, hizo un cálculo frío de la situación. Evaluó los ángulos, el número de efectivos enemigos y la falta de comunicaciones. No eran mártires; eran hombres de negocios.—Bajad las armas —ordenó el líder en mandarín
Las campanas de la Catedral de San Pablo no sonaban; golpeaban. Cada tañido grave y metálico parecía hacer vibrar el agua de los charcos en Ludgate Hill y reverberar directamente en los huesos de los miles de londinenses que se agolpaban tras las barricadas policiales.La lluvia caía con una persistencia fúnebre, empapando los paraguas negros de la multitud y las gabardinas de los periodistas. El funeral de Silas Cavendish no era solo la despedida de un magnate; era el fin de una era en la historia financiera de Europa.Y para los tres ocupantes del vehículo blindado que encabezaba el cortejo fúnebre, era el inicio de una guerra total.El Rolls-Royce Phantom negro se detuvo al pie de la inmensa escalinata de piedra. Joe Kensington fue el primero en bajar. La lluvia resbaló por los hombros de su abrigo oscuro. Sus ojos, escudados tras unas gafas de sol tácticas a pesar del clima plomizo, escanearon la multitud, los tejados de los edificios circundantes y los rostros de los agentes de l
La vulnerabilidad, cuando se finge a la perfección, es el arma más letal del arsenal humano.Maxxine Cavendish estaba sentada frente a la mesa de cristal del almacén de los Docklands, sosteniendo un teléfono desechable. Al otro lado de la línea, el editor en jefe del Daily Telegraph escuchaba con una mezcla de avidez periodística y un respeto casi reverencial.Maxxine se aclaró la garganta, permitiendo que su voz sonara un grado más aguda de lo normal, inyectando un leve temblor en las consonantes finales.—Sí, Richard —dijo ella, frotándose el puente de la nariz aunque nadie podía verla—. Silas no habría querido esconderse. Él construyó esta ciudad, bloque a bloque. Le debo un funeral de Estado. La ceremonia será mañana al mediodía en la Catedral de San Pablo.—Es un riesgo enorme, señorita Cavendish —respondió el editor, el sonido de su teclado repicando frenéticamente de fondo—. Con la fuga del Duque y los rumores de inestabilidad... ¿No teme por su seguridad?—Tengo miedo, por sup
El regreso a Londres no se hizo en un jet privado con el logotipo de Cavendish Global, ni a través de las puertas de cristal de un aeropuerto iluminado. Volvieron como fantasmas, cruzando el Canal de la Mancha en un carguero comercial, envueltos en la niebla salada que precedía al invierno.Su nueva base de operaciones no estaba en la City de Londres ni en los barrios nobles de Mayfair. Era un almacén brutalista y abandonado en los Docklands, una propiedad fantasma que Silas había comprado en la década de los ochenta bajo el nombre de una empresa maderera que ya no existía. Por fuera, parecía una ruina de ladrillo rojo y ventanas tapiadas. Por dentro, era un búnker de la Guerra Fría modernizado: paredes revestidas de plomo para bloquear señales térmicas, servidores independientes y su propia red de generadores diésel.En el centro del inmenso espacio diáfano, una mesa táctica de acero y cristal iluminaba la oscuridad.Maxxine Cavendish estaba de pie frente a ella. Llevaba el mismo atu
El duelo no es un proceso ruidoso. En sus etapas más profundas, es un agujero negro que traga todo el sonido, la luz y el aire a su alrededor.Durante veinticuatro horas, la casa de seguridad en las Tierras Altas de Escocia estuvo sumida en ese tipo de silencio absoluto. Afuera, la llovizna perpetua golpeaba contra los gruesos cristales de las ventanas, pero adentro, el tiempo parecía haberse solidificado.Joe Kensington no durmió. Asumió el papel de centinela, de padre y de fantasma. Pasó las horas en la planta baja, preparando comidas sencillas para Leo, jugando con él en susurros frente a la chimenea para mantenerlo distraído de la ausencia de su madre, y patrullando cada ventana con la Glock 19 en la mano.Cada vez que pasaba por el pie de la escalera, Joe levantaba la vista hacia la puerta cerrada del dormitorio principal.No había entrado. Había subido un par de veces para dejar una bandeja con té y algo de comida junto a la puerta, pero los platos volvían a bajar intactos. Escu
Las Tierras Altas de Escocia no conocen la piedad. Su belleza radica en su brutalidad: montañas de granito afilado, lagos negros que tragan la luz y un viento que aúlla como las viudas de las antiguas guerras de clanes.A las seis de la mañana, la niebla era tan espesa alrededor de la casa de seguridad que parecía haber devorado el resto del mundo.Joe Kensington estaba de pie frente a la ventana del salón, sosteniendo una taza de café negro que ya se había enfriado. Llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta de algodón. Las brasas en la chimenea, testigos de la pasión desesperada de la noche anterior, casi se habían extinguido, dejando un olor a madera carbonizada y ceniza.El silencio de la casa era profundo. En la planta baja, en una habitación interior sin ventanas al exterior, Leo dormía abrazado a un peluche. En el piso de arriba, enredada en sábanas gruesas de lana, Maxxine finalmente descansaba. Por primera vez en días, Joe había visto cómo la tensión abandonaba los mús
Último capítulo