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Capítulo 3 - El Reencuentro

El sonido de Joe chocando contra la mesa de caoba resonó como un disparo en el silencio de la sala.

—¿Nancy? —repitió él, con la voz convertida en un hilo de aire, incapaz de procesar que la mujer de hielo frente a él fuera la misma chica cálida que había expulsado bajo la lluvia.

Los doce miembros de la junta directiva miraban la escena como si estuvieran presenciando un accidente de tráfico. Marcus Halloway, el accionista principal, fue el primero en romper la parálisis.

—Señor Kensington —bramó Halloway, poniéndose de pie—, ¿conoce a esta mujer? Se suponía que esto era una reunión con los Cavendish, no un reencuentro familiar.

Maxxine no le dio tiempo a Joe de responder. Caminó con calma hacia la cabecera de la mesa, el lugar que legítimamente le correspondía a Joe, y dejó su maletín de piel sobre la superficie pulida. El golpe seco del cuero contra la madera atrajo todas las miradas hacia ella.

—El señor Kensington conocía a una versión de mí que ya no existe —respondió Maxxine, girándose para encarar a la sala. Su tono era profesional, desprovisto de cualquier temblor emocional—. Pero no he venido aquí a hablar del pasado, señores. He venido a hablar de su futuro. O de la falta de él.

Hizo una señal sutil y su equipo de seguridad, que había entrado silenciosamente tras ella, conectó un dispositivo al sistema central. Las pantallas gigantes de la sala, que antes mostraban el logo de Kensington en un triste fondo gris, parpadearon y se llenaron de gráficos en rojo sangre.

—Si miran las pantallas —ordenó Maxxine—, verán la realidad que su CEO les ha estado ocultando.

Cynthia, que hasta ese momento había estado boqueando como un pez fuera del agua, recuperó repentinamente la voz. El pánico en sus ojos se transformó en una furia defensiva. Se levantó de un salto, señalando a Maxxine con un dedo de manicura perfecta.

—¡Es ella! —chilló Cynthia, su voz aguda rompiendo la atmósfera ejecutiva—. ¡No la escuchen! ¡Es Nancy O'Connor! ¡La ladrona que nos robó hace cinco años! Se ha cambiado el nombre, se ha operado la cara, ¡pero es una criminal! ¡Llamen a seguridad!

Joe parpadeó, saliendo de su trance. Miró a Cynthia y luego a Maxxine. La confusión luchaba con el reconocimiento en su rostro.

—Cynthia, cállate... —murmuró Joe, pero ella no lo escuchó.

—¡Es un fraude! —continuó gritando Cynthia, desesperada por recuperar el control—. ¡Joe, dile a estos hombres quién es ella realmente! ¡Diles que la echamos por robar!

Maxxine sonrió. No fue una sonrisa de alegría, sino una curvatura afilada de los labios, similar a la hoja de un bisturí antes de cortar.

—Me alegra que tengas tanta memoria, Cynthia —dijo Maxxine con una suavidad aterradora—. Porque mi equipo de auditoría forense también tiene muy buena memoria.

Maxxine abrió su maletín y sacó una única carpeta azul. La deslizó por la larga mesa con un empujón preciso. La carpeta se detuvo justo frente a Marcus Halloway.

—Señor Halloway, le sugiero que lea la página tres.

Halloway, con el ceño fruncido, abrió el documento. El silencio volvió a caer sobre la sala, solo roto por el sonido de las hojas al pasar. Los ojos de Halloway se abrieron desmesuradamente. Su rostro pasó del rojo de la ira al blanco del shock.

—¿Qué significa esto? —rugió Halloway, levantando la vista hacia Joe—. ¡Joe! ¿Sabías esto?

—¿Saber qué? —Joe miraba a Maxxine como si fuera un fantasma que venía a llevarse su alma.

—Cyn-Star Holdings —leyó Halloway en voz alta, escupiendo cada sílaba—. Una empresa fantasma registrada en las Islas Caimán. Ha estado facturando servicios de consultoría inexistentes a Kensington Group por valor de trescientos mil dólares mensuales. Durante los últimos cinco años.

La sala estalló en murmullos. Cynthia dio un paso atrás, chocando contra su silla.

—El nombre de la titular de la cuenta —continuó Maxxine, clavando sus ojos oscuros en la secretaria— es Cynthia Miller. Tu prometida, Joe.

Joe sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Giró la cabeza lentamente hacia Cynthia. Ella estaba pálida, sudando bajo las capas de maquillaje.

—Joe, es mentira —balbuceó Cynthia, pero su voz temblaba—. Son papeles falsos. Ella los fabricó para vengarse. ¡Siempre me tuvo envidia!

—Las transferencias tienen tu firma digital, Cynthia —interrumpió Maxxine, implacable—. Y lo más interesante es que mis auditores rastrearon la transacción original de hace cinco años. Esa por la que culparon a la "esposa huérfana".

Maxxine dio un paso hacia Joe. Él podía oler su perfume, una mezcla de sándalo y poder que le revolvió el estómago con nostalgia y terror.

—Salió de su terminal, Joe. Usó mi clave, sí, pero fue tan arrogante que olvidó borrar el registro de su propia IP.

Joe cerró los ojos. El recuerdo lo golpeó con la violencia de un tren de carga: Nancy llorando bajo la lluvia, sosteniendo una carpeta idéntica a la que él había quemado en la chimenea. “Ella puede decirte, Joe, mira los registros”.

Él no había mirado. Había encendido un fósforo y había quemado la única verdad que tenía en su vida para proteger a la mujer que ahora lo miraba con pánico.

—Lo hiciste tú... —susurró Joe. No era una pregunta. Era la confirmación de su propia condena.

—¡Lo hice por nosotros! —estalló Cynthia, perdiendo la compostura—. ¡Ella no era nadie, Joe! ¡Tú necesitabas a alguien de tu nivel! ¡Y ese dinero... ese dinero era para asegurar nuestro futuro cuando la empresa cayera!

—¿Cuando la empresa cayera? —repitió Halloway, incrédulo—. ¡Tú eres la que la está haciendo caer!

Maxxine levantó una mano y la sala calló al instante. Tenía el control absoluto.

—Señor Halloway, como nueva dueña mayoritaria de la deuda de este grupo, exijo la destitución inmediata de Cynthia Miller. Y sugiero que llamen a la policía ahora mismo. Mis abogados ya han enviado las pruebas a la fiscalía, pero sería un buen gesto de cooperación si la retienen aquí.

Dos de los guardias de seguridad de Maxxine dieron un paso adelante. Cynthia intentó correr hacia la puerta lateral, pero fue interceptada antes de dar tres pasos.

—¡Joe! ¡Haz algo! —gritó ella mientras la sujetaban por los brazos—. ¡Soy tu prometida! ¡Me prometiste cuidarme!

Joe no se movió. La miró con una repulsión tan profunda que parecía física.

—Llévensela —dijo Joe con voz muerta.

Cuando los gritos de Cynthia se desvanecieron por el pasillo, Joe se dejó caer en su silla. Parecía haber envejecido diez años en diez minutos. Se cubrió el rostro con las manos.

—Tenías razón —murmuró a través de sus dedos—. Nancy... Dios mío, tenías razón en todo.

Maxxine lo observó sin pestañear. No hubo compasión en su rostro, solo la frialdad del mármol.

—Guárdate las disculpas, Joe. No cotizan en bolsa.

Maxxine sacó un último documento de su maletín.

—Ahora, hablemos de ti.

Joe levantó la vista. Sus ojos estaban rojos. —Lo haré —dijo rápidamente—. Renunciaré. Me iré hoy mismo. Te dejaré la empresa. Es lo justo. No merezco estar aquí.

—No me has entendido —dijo Maxxine, inclinándose sobre la mesa hasta invadir su espacio personal—. No te vas a ir. Eso sería demasiado fácil. Huir es de cobardes, y tú ya has huido suficiente. Tú te quedas.

Joe parpadeó, confundido. —¿Me quedo?

—El Grupo Cavendish inyectará el capital necesario para salvar esta empresa de la quiebra que tú provocaste. Pero tengo una condición.

Maxxine puso el contrato frente a él y le tendió una pluma estilográfica de oro.

—Renuncias a tu cargo como CEO. Te quedas como consultor junior. Sin voto. Sin oficina ejecutiva. Te trasladaremos al sótano, al archivo muerto. Tu único trabajo será auditar manualmente cada factura que tu querida Cynthia falsificó. Vas a ver cada centavo que me costó tu estupidez. Vas a trabajar para mí, Joe.

Joe miró el papel. Era una sentencia de humillación perpetua. Trabajar en el edificio que llevaba su nombre, pero como el empleado más bajo.

—¿Y si me niego? —preguntó, con un último vestigio de orgullo.

—Entonces ejecuto la deuda hoy mismo. Liquido la empresa, despido a los tres mil empleados que dependen de ti y me aseguro de que el apellido Kensington sea sinónimo de fracaso en todo Londres. Tú decides. ¿Tu orgullo o el legado de tu padre?

Joe miró a Halloway y a los otros directivos. Todos lo miraban con desprecio, esperando que firmara para salvar sus propias inversiones. Estaba solo.

Con mano temblorosa, Joe tomó la pluma. Firmó su nombre en la línea punteada, sintiendo que con cada trazo entregaba un pedazo de su alma.

—Bienvenido a Cavendish Global, empleado 402 —dijo Maxxine, retirando el contrato antes de que la tinta se secara.

Maxxine guardó el documento, cerró su maletín y se dio la vuelta. Sus tacones resonaron con autoridad mientras caminaba hacia la salida.

—La reunión ha terminado. Mañana a las 8:00 quiero mi oficina despejada, señor Kensington.

Justo antes de cruzar las puertas dobles, el teléfono de Maxxine vibró en su mano. Ella se detuvo un segundo para leer el mensaje en la pantalla iluminada.

"El Duque de Windsor-Windham te espera en el Claridge's. Dice que ha reservado toda la terraza para celebrar el regreso de la Reina."

Una pequeña sonrisa, la primera real y genuina en cinco años, curvó los labios de Maxxine. Guardó el teléfono y salió sin mirar atrás, dejando a Joe Kensington hundido en la silla que ya no le pertenecía, rodeado por el silencio de su propia ruina.

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