Mundo ficciónIniciar sesiónEl rascacielos Kensington seguía rasgando el cielo de Londres, un monumento de acero y cristal al poder corporativo. Pero para Joe Kensington, entrar en él esa mañana fue como descender a una tumba en vida.
Al pasar los torniquetes de seguridad, la luz roja parpadeó con un pitido agresivo. Acceso denegado.
—Lo siento, señor Kensington —dijo el guardia, un hombre al que Joe ni siquiera había mirado a la cara en tres años—. Su tarjeta ejecutiva ha sido cancelada.
Joe sintió el calor de la vergüenza subiendo por su cuello. A su alrededor, empleados que antes temblaban ante su presencia ahora lo observaban con una mezcla de lástima y morbo.
—Tengo que subir a mi oficina —dijo Joe, tratando de mantener la compostura.
—Su oficina ya no está arriba, señor. —El guardia le tendió una tarjeta de plástico gris, sin nombre, solo con un número—. Recursos Humanos ha reasignado su puesto al Nivel -2. Sótano. Archivo Muerto y Auditoría. Debe usar el montacargas de servicio.
Joe tomó la tarjeta. Sus manos, que antes firmaban cheques de millones, ahora temblaban por la falta de cafeína de calidad y el estrés. El Nivel -2. Ni siquiera había señal de celular allí abajo.
El descenso en el montacargas fue ruidoso y lento, oliendo a productos de limpieza industrial. Cuando las puertas se abrieron, no lo recibió una recepcionista sonriente, sino un pasillo de hormigón desnudo y el zumbido constante de los servidores. Su "despacho" era un cubículo encajonado entre cajas de documentos viejos, iluminado por un tubo fluorescente que parpadeaba intermitentemente.
Sobre el escritorio de metal barato había una nota con el membrete de Cavendish Global:
"Tu salario ha sido ajustado al estándar de un auditor junior. Se te descontará el 40% mensual para pagar la deuda que tu negligencia generó. Tu tarea es simple: audita cada centavo que Cynthia robó. Tienes hasta el viernes. — M.C."
Joe se dejó caer en la silla giratoria, que chirrió en protesta. Sacó su teléfono para revisar su cuenta bancaria. Saldo: 84 libras. Eso era todo lo que le quedaba después de que el banco embargara sus cuentas personales para cubrir las garantías. Esa noche cenaría fideos instantáneos otra vez.
La semana fue una tortura diseñada con precisión quirúrgica.
Joe pasaba doce horas al día revisando facturas. Cada papel era una puñalada. Cenas en París, joyas de Tiffany, estancias en resorts de esquí... todo pagado con el dinero de la empresa mientras él le negaba a Nancy un vestido nuevo porque "había que austerizar gastos".
El viernes por la tarde, con los ojos ardiendo por el polvo del archivo, su teléfono vibró.
"Gala Anual de la Fundación Victoria. Asistencia obligatoria para todo el personal directivo y consultor. Código: Etiqueta rigurosa."
Joe tragó saliva. No era una invitación; era una exhibición pública. Maxxine quería mostrarle a Londres su nuevo juguete roto.
Esa noche, Joe sacó su viejo esmoquin del fondo del armario de su apartamento alquilado. Le quedaba grande; había perdido cinco kilos en dos semanas a base de estrés y mala comida. No tenía dinero para un Uber Black, así que pidió un taxi normal y contó las monedas para la propina.
Al llegar a la sede de la gala, la diferencia fue brutal. Joe bajó del taxi mientras los flashes de los fotógrafos lo cegaban.
—¡Kensington! ¿Es cierto que viajas en metro ahora? —¡Joe! ¿Qué se siente trabajar en el sótano?
Bajó la cabeza y caminó rápido, sintiendo cada pregunta como un latigazo. Pero entonces, el murmullo de la multitud cambió. Se hizo un silencio reverencial, seguido del estallido frenético de las cámaras.
Un Rolls-Royce Phantom negro se detuvo en la alfombra roja. El chofer abrió la puerta y bajó Arthur Windsor-Windham, el Duque de Salisbury. Impecable, alto, con esa arrogancia natural que solo da siglos de sangre azul. Se giró y tendió la mano.
Maxxine Cavendish emergió del coche como una reina oscura. Llevaba un vestido de terciopelo negro que parecía absorber la luz, con una abertura que dejaba ver sus piernas interminables. En su garganta brillaba el "Zafiro Cavendish", una piedra tan grande que podría haber pagado todas las deudas de Joe diez veces.
Arthur le pasó el brazo por la cintura, posesivo y orgulloso. Maxxine le sonrió, y esa sonrisa genuina le dolió a Joe más que el hambre que tenía en el estómago.
Dentro del salón, Joe se sintió invisible. Nadie se le acercaba, por miedo a ofender a la nueva dueña. Se quedó cerca de la barra, bebiendo agua mineral porque el champán era solo para los VIP.
Vio a Maxxine moverse por la sala, encantando a ministros y banqueros. Arthur no se le despega ni un segundo. Le susurraba cosas al oído, la hacía reír, la tocaba con una familiaridad que a Joe le quemaba la sangre.
Aprovechando que el Duque se detuvo a saludar a un conocido, Joe interceptó a Maxxine.
—Nancy... —la llamó, la voz ronca por la falta de uso.
Maxxine se giró. Su rostro, que segundos antes estaba iluminado por la risa, se cerró como una bóveda de acero.
—Señor Kensington. Espero que el informe de auditoría esté en mi escritorio el lunes a primera hora.
—Lo estará. —Joe dio un paso adelante, ignorando las miradas curiosas—. Nancy, por favor. No puedo seguir así. Estoy viviendo en un agujero. Apenas puedo comer. He aprendido la lección, te lo juro.
Maxxine lo miró de arriba abajo, deteniéndose en el cuello holgado de su camisa.
—¿Hambre, Joe? Qué curioso. Yo pasé hambre en Dublín. Dormí en el suelo. Y tú estabas cenando caviar con la mujer que me incriminó. No me hables de lecciones. Apenas estamos en el primer capítulo de tu educación.
—Solo quiero que me perdones —suplicó él, desesperado—. Déjame demostrarte que he cambiado.
—No necesito que cambies. Necesito que trabajes.
Antes de que pudiera responder, Arthur apareció al lado de Maxxine, interponiéndose físicamente entre ellos. Era una muralla de etiqueta y desdén.
—¿Algún problema aquí, querida? —preguntó el Duque, mirando a Joe como si fuera un camarero torpe.
—Ninguno, Arthur. El empleado del archivo estaba a punto de irse. Creo que se ha dado cuenta de que no encaja con la decoración.
Arthur soltó una risa seca. —Kensington, hazte un favor. No intentes nadar con tiburones cuando estás sangrando. Vete a casa antes de que te cobren por respirar el aire de este salón.
Joe apretó los puños, pero sabía que no podía ganar. No allí. No así. —Ella no es un trofeo, Windsor —escupió Joe.
—Para ti fue un accesorio desechable —respondió Arthur, bajando la voz para que solo Joe lo oyera—. Para mí, es la corona. Y no voy a dejar que un fracasado en bancarrota la manche.
Maxxine ni siquiera miró a Joe mientras Arthur se la llevaba hacia la pista de baile.
Joe salió de la gala antes de los postres. Caminó bajo la llovizna hasta la estación de metro, con el esmoquin alquilado empapándose. La imagen de Arthur tocando a Maxxine se repetía en su mente en un bucle enfermizo.
No era celos. Bueno, no solo celos. Había algo en la mirada del Duque. Una frialdad calculadora que Joe reconocía porque él mismo la había tenido.
Al llegar a su apartamento húmedo, no se acostó. Encendió su vieja laptop y abrió una nueva pestaña. No iba a auditar facturas de Cynthia.
—Arthur Windsor-Windham —tecleó Joe en el buscador.
Pasó la noche entera escarbando. Foros financieros oscuros, registros de propiedad en paraísos fiscales, noticias enterradas en periódicos locales de África y Asia. Joe Kensington había sido un idiota emocional, pero seguía siendo un genio analítico cuando se lo proponía.
A las cuatro de la mañana, lo encontró.
Era un documento escaneado, mal traducido, sobre una mina de cobalto en el Congo. Una inversión fantasma vinculada a una subsidiaria del Ducado de Salisbury. Había denuncias de sobornos, violaciones ambientales y... algo peor. Una conexión con un fondo de cobertura que estaba apostando en contra de Cavendish Global.
Joe se echó hacia atrás en su silla rota, con el corazón martilleando.
Arthur no estaba enamorado de Maxxine. Arthur estaba invirtiendo en ella para desmantelar su empresa desde dentro y cubrir sus propias pérdidas millonarias.
Una sonrisa amarga y peligrosa cruzó el rostro de Joe. Por primera vez en semanas, no se sintió como una víctima. Se sintió útil.
—Crees que la tienes, Duque —susurró Joe a la pantalla iluminada—. Pero no sabes de lo que es capaz un hombre que ya lo ha perdido todo.







