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Capítulo 9 - Caballo de Troya

La invasión no comenzó con soldados, sino con trajes italianos y sonrisas afiladas.

El miércoles por la mañana, cuando Maxxine salió del ascensor privado en el piso 50, notó de inmediato que la atmósfera en Cavendish Global había cambiado. El silencio habitual, ese que denotaba eficiencia y respeto, había sido reemplazado por voces graves y desconocidas que provenían de la sala de conferencias principal.

Maxxine frunció el ceño. No tenía reuniones programadas hasta las diez.

—Sarah —llamó a su asistente sin detener el paso—, ¿quién está en la sala de juntas?

Sarah, pálida y visiblemente nerviosa, se levantó de su escritorio. —Señorita Cavendish, intenté detenerlos, pero dijeron que venían con autorización del Duque. Trajeron sus propios servidores. Están... están conectando cosas al sistema central.

El hielo en las venas de Maxxine bajó unos grados más. Empujó las puertas de cristal de la sala de juntas con fuerza.

Dentro, cinco hombres desconocidos estaban instalados alrededor de la mesa. Tenían el aspecto de banqueros de inversión: jóvenes, agresivos y con esa arrogancia específica de quienes mueven dinero ajeno. Cables negros serpenteaban por el suelo, conectados a los puertos de datos de la compañía.

En la cabecera, presidiendo la mesa como si ya fuera el dueño, estaba Arthur.

—¡Max! —exclamó él al verla, levantándose con los brazos abiertos—. Llegaste justo a tiempo. Estábamos revisando la arquitectura de la red para la integración.

Maxxine se detuvo, ignorando el intento de abrazo. Su mirada barrió la sala, deteniéndose en cada uno de los extraños.

—Arthur, ¿qué demonios es esto? —preguntó, con voz baja pero letal—. Nadie conecta equipos externos a mi red sin mi autorización escrita. Nadie.

—Amor, no seas dramática —Arthur soltó una risa ligera, restándole importancia—. Son mis consultores de confianza de Windsor Enterprises. Si vamos a fusionarnos, nuestros sistemas tienen que hablar el mismo idioma. Solo están adelantando trabajo para que no tengas que preocuparte por los detalles técnicos.

Maxxine miró a uno de los hombres, que tecleaba furiosamente en una laptop. —Desconéctalo. Ahora.

El hombre vaciló, mirando a Arthur en busca de instrucciones. Ese pequeño gesto, esa deferencia hacia el Duque en su propia sala de juntas, encendió una alarma en la cabeza de Maxxine.

—Haz lo que dice la jefa, Evans —dijo Arthur con una sonrisa condescendiente—. Por ahora.

Arthur caminó hasta Maxxine y le puso una mano en la espalda baja, guiándola suavemente pero con firmeza hacia la salida, lejos de los ojos curiosos de sus empleados.

—Max, tienes que relajarte —susurró Arthur cuando estuvieron en el pasillo—. Estamos en el mismo equipo. Lo mío es tuyo.

—Mi empresa es mía, Arthur. Hasta que firmemos la fusión, Cavendish Global opera bajo mis reglas. No vuelvas a traer a tu equipo sin avisarme.

Arthur suspiró, adoptando esa expresión de paciencia infinita que usaba cuando ella se ponía "difícil".

—Lo entiendo, querida. El control es tu mecanismo de defensa. Pero pronto seremos marido y mujer. De hecho... —Arthur sacó un sobre de su bolsillo interior—. He reservado la Catedral de San Pablo para el mes que viene. El Arzobispo nos ha hecho un hueco especial.

Maxxine parpadeó. —¿El mes que viene? Arthur, hablamos de esto. Dije que lo pensaría, no que lo hicieras.

—Es una oportunidad única, Max. La prensa se volverá loca. Será la boda de la década. Además, mis consultores dicen que si cerramos la fusión antes del trimestre fiscal, nuestras acciones conjuntas subirán un 20%. ¿Vas a dejar pasar esa ganancia por un capricho sentimental sobre las fechas?

Era lógico. Fríamente lógico. Y sin embargo, Maxxine sintió una presión en el pecho, como si las paredes del pasillo se estuvieran cerrando. Arthur no le estaba preguntando; la estaba acorralando con hechos consumados.

—Tengo una reunión —dijo Maxxine, evadiendo la respuesta—. Hablaremos de esto en la cena. Y quiero a tus consultores fuera de mi edificio en una hora.

Arthur le besó la frente. Sus labios estaban fríos. —Como desees, mi reina. Les diré que recojan. Solo iban a hacer un barrido de seguridad rutinario... ya sabes, para asegurarnos de que no haya vulnerabilidades en los niveles inferiores.

Maxxine se metió en su oficina y cerró la puerta. Por primera vez, el "nosotros" de Arthur sonaba menos a sociedad y más a ocupación.

En el Nivel -2, el aire estaba viciado y el silencio era absoluto, salvo por el tecleo constante de Joe.

Joe Kensington llevaba tres horas transcribiendo códigos de facturas antiguas, cumpliendo con la penitencia impuesta por Maxxine. Su trabajo oficial estaba impecable; los informes de auditoría se apilaban en la esquina del escritorio, listos para ser entregados. Pero en paralelo, oculta tras tres capas de encriptación en una partición segura de su disco duro, estaba la verdadera bomba de relojería: la evidencia contra Arthur.

Joe sentía la memoria USB quemándole en el bolsillo del pantalón. Silas había sido claro: “Espera a que se ahorque solo”. Pero la espera era una agonía. Joe sabía que tenía la verdad, sabía que podía salvarla, pero estaba atado de manos. No podía filtrar nada a la prensa; eso destruiría la reputación de Cavendish Global y le daría la razón a Maxxine sobre su supuesta "toxicidad". Tampoco podía subir corriendo a su oficina, porque ella lo echaría antes de que abriera la boca.

Tenía que ser paciente. Tenía que ser el fantasma en la máquina, observando, esperando el error fatal de Arthur que fuera imposible de ignorar.

El sonido del ascensor de carga abriéndose interrumpió sus pensamientos.

Joe se tensó. Nadie bajaba al sótano a esta hora. Los de limpieza pasaban a las seis.

Tres hombres entraron en el pasillo de hormigón. Llevaban trajes caros que contrastaban con las paredes desnudas, pero se movían con la pesadez de matones de bar disfrazados de ejecutivos. Eran los "consultores" de Arthur. Joe los había visto en el streaming de la empresa, siempre orbitando alrededor del Duque como tiburones piloto.

Joe reconoció el peligro al instante. Arthur era paranoico, y un paranoico con poder siempre busca eliminar cabos sueltos, incluso los que parecen inofensivos.

Rápidamente, Joe minimizó las ventanas ocultas con un atajo de teclado y maximizó una hoja de cálculo llena de números aburridos sobre gastos de papelería. Encorvó los hombros, adoptando la postura de un empleado derrotado y gris.

Los pasos resonaron, acercándose a su cubículo.

—Vaya, vaya —dijo el líder del grupo, un hombre con una cicatriz fina en la ceja—. El Duque tenía razón. Hay ratas en el sótano.

Joe se giró lentamente en su silla chirriante, poniendo cara de confusión y miedo genuino. —¿Disculpen? Solo soy el auditor de archivo. ¿Tienen autorización para estar aquí?

El hombre se rió y pateó una caja de documentos, esparciendo papeles por el suelo. —¿Autorización? Somos la nueva administración, amigo. Estamos haciendo limpieza. Y nos han dicho que este nivel tiene un exceso de... curiosidad. El Duque cree que el ex-marido podría estar aburrido aquí abajo.

Uno de los otros hombres se inclinó sobre el escritorio de Joe, mirando la pantalla. —Gastos de tóner del año fiscal 2021 —leyó con burla—. Fascinante.

—Es mi trabajo —dijo Joe, con la voz temblorosa, levantando las manos para mostrar que estaban vacías—. La señorita Cavendish me tiene castigado aquí revisando basura. Solo quiero terminar mi turno y no meterme en problemas. No sé nada de lo que pasa arriba.

El líder se acercó a Joe, invadiendo su espacio personal. Olía a tabaco mentolado y colonia cara.

—Eso esperamos —dijo el hombre—. Porque si encontramos una sola IP de este sótano rastreando los negocios de Windsor Enterprises, vamos a asumir que fuiste tú. Y al Duque no le gustan los mirones.

—No miro nada. Lo juro. Solo facturas.

—Asegurémonos de que el mensaje quede claro —dijo el líder.

Sin previo aviso, su puño salió disparado hacia el estómago de Joe.

El aire escapó de los pulmones de Joe con un sonido agónico. Se dobló sobre sí mismo, cayendo de la silla al suelo de hormigón, boqueando como un pez fuera del agua. El dolor irradió desde su plexo solar, paralizante.

Pero no habían terminado. Mientras Joe intentaba recuperar el aliento en el suelo, el líder lo agarró por el cabello, obligándolo a levantar la cara.

—Y esto es para que recuerdes mantener la vista en tus papeles, y no en la novia del jefe.

El segundo golpe fue un crujido seco contra su pómulo izquierdo. Joe vio un destello blanco y luego oscuridad por un segundo. Su cabeza rebotó contra el archivador metálico.

—Vámonos —dijo el líder, soltándolo con desprecio—. Creo que el auditor ya entendió la política de la empresa.

Los tres hombres se dieron la vuelta y caminaron hacia el ascensor, riéndose entre ellos mientras se limpiaban los nudillos.

Joe se quedó en el suelo, con el sabor metálico de la sangre llenándole la boca. Se llevó la mano al ojo; ya se estaba hinchando. Mañana estaría negro y morado, una marca imposible de ocultar.

Esperó hasta que el zumbido del ascensor desapareció por completo. Solo entonces se permitió soltar un gemido de dolor. Se arrastró hasta su silla, usándola para impulsarse y levantarse.

Se revisó el bolsillo. La memoria USB seguía allí, segura.

Sonrió, una mueca dolorosa y sangrienta que deformó su rostro hinchado.

Arthur había cometido un error táctico. Pensaba que una paliza amedrentaría a Joe. Pensaba que estaba tratando con el mismo hombre débil que había firmado un divorcio por miedo. Pero el Joe que estaba en ese sótano ya no tenía nada que perder, excepto a Nancy. Y el dolor físico solo servía para aclarar su mente.

—Gracias por la visita, caballeros —susurró Joe, escupiendo sangre en un pañuelo—. Acaban de confirmarme que tienen miedo.

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