La invasión no comenzó con soldados, sino con trajes italianos y sonrisas afiladas.
El miércoles por la mañana, cuando Maxxine salió del ascensor privado en el piso 50, notó de inmediato que la atmósfera en Cavendish Global había cambiado. El silencio habitual, ese que denotaba eficiencia y respeto, había sido reemplazado por voces graves y desconocidas que provenían de la sala de conferencias principal.
Maxxine frunció el ceño. No tenía reuniones programadas hasta las diez.
—Sarah —llamó a su