Las campanas de la Catedral de San Pablo no sonaban; golpeaban. Cada tañido grave y metálico parecía hacer vibrar el agua de los charcos en Ludgate Hill y reverberar directamente en los huesos de los miles de londinenses que se agolpaban tras las barricadas policiales.
La lluvia caía con una persistencia fúnebre, empapando los paraguas negros de la multitud y las gabardinas de los periodistas. El funeral de Silas Cavendish no era solo la despedida de un magnate; era el fin de una era en la hist