Inicio / Romance / La Ex-Esposa Multimillonaria / Capítulo 7 - Aliado Inesperado
Capítulo 7 - Aliado Inesperado

El dinero no miente. Las personas mienten, los contratos mienten, incluso los Duques con sonrisas de portada de revista mienten. Pero los números... los números siempre dicen la verdad si sabes cómo torturarlos lo suficiente.

Durante tres días, Joe Kensington no vio la luz del sol. El sótano del Nivel -2 se convirtió en su universo. Rodeado de cajas de archivo y alimentado por café rancio de máquina, Joe dejó de ser el ex-marido arrepentido para convertirse en lo que mejor sabía hacer: un sabueso financiero.

Usando sus credenciales de auditor junior, Joe había logrado acceder a los registros espejo de la transacción. Sabía que estaba caminando por la cuerda floja. Si el sistema de seguridad de Maxxine detectaba que estaba rastreando una cuenta ejecutiva sin autorización, las alarmas silenciosas saltarían. Sería despido fulminante y, con toda seguridad, una demanda por espionaje industrial que lo enviaría a prisión.

Pero el miedo a la cárcel palidecía comparado con el miedo a ver a Maxxine destruida de nuevo.

—Ahí estás... —susurró Joe, con los ojos inyectados en sangre fijos en la pantalla.

El rastro digital de los cincuenta millones era una obra de arte del lavado de dinero. Arthur no era un aficionado. El capital había salido de Londres hacia una cuenta transitoria en Hong Kong bajo el pretexto de "garantías operativas". De ahí, se había fragmentado. Diez millones a una LLC en Delaware. Quince millones a un banco privado en las Islas Vírgenes.

Joe siguió los hilos, saltándose los cortafuegos con una paciencia obsesiva. Finalmente, los fragmentos se reunieron en un solo destino final: Macau Sovereign Debt Holdings.

Joe se echó hacia atrás en su silla chirriante, sintiendo una mezcla de triunfo y náuseas.

No había ningún proyecto en Asia. No había inversores japoneses exigentes. Arthur Windsor-Windham había tomado cincuenta millones de dólares de Cavendish Global para pagar una deuda de juego masiva que tenía con un sindicato del crimen en Macao.

El "impecable" Duque no era un inversor; era un ludópata desesperado que acababa de usar a su prometida como cajero automático.

Joe imprimió los documentos. El sonido rítmico de la impresora láser fue lo único que rompió el silencio del sótano. Tenía la pistola humeante en sus manos. Ahora solo necesitaba que alguien apretara el gatillo.

Una notificación urgente parpadeó en su monitor, interrumpiendo su momento de victoria. Era un correo general enviado a toda la compañía.

ASUNTO: ANUNCIO CORPORATIVO OBLIGATORIO - 10:00 AM La presencia de todo el personal es requerida en el Atrio Principal o vía streaming para las sedes remotas.

Joe miró el reloj. Faltaban cinco minutos.

No podía subir al Atrio. Su tarjeta de acceso no le permitía pasar del vestíbulo de servicio, y su traje arrugado lo haría destacar como un intruso. Abrió el enlace del streaming en su vieja computadora.

La pantalla mostró el Atrio del edificio Kensington, ahora decorado con banderas de Cavendish Global y enormes arreglos florales de lirios blancos. La prensa estaba allí, agolpada contra el cordón de terciopelo.

Entonces, salieron ellos.

Maxxine lucía espectacular y aterradora a la vez. Llevaba un vestido blanco de corte arquitectónico que evocaba poder y pureza. A su lado, Arthur sonreía con esa confianza relajada de quien cree que el mundo es su tablero de ajedrez personal.

Maxxine se acercó al micrófono.

—Buenos días —dijo, y su voz resonó en los altavoces del sótano—. Hace cinco años, dejé Londres con nada. Hoy, estoy aquí para anunciar el siguiente paso en la evolución de nuestra compañía.

Hizo una pausa dramática. Arthur le tomó la mano, levantándola para que las cámaras captaran el brillo de un diamante nuevo en su dedo anular. Un anillo que Joe sabía, con certeza matemática, había sido pagado con dinero robado o a crédito basado en mentiras.

—Cavendish Global iniciará un proceso de fusión con Windsor Enterprises —anunció Maxxine, mientras los flashes estallaban—. Y a nivel personal, me complace anunciar mi compromiso con el Duque de Salisbury.

Los aplausos en el video fueron ensordecedores. Joe vio cómo Arthur le besaba la mano a Maxxine, cómo ella le sonreía con una confianza ciega, creyendo que había encontrado a su igual, a su compañero.

Joe cerró la laptop de golpe, incapaz de seguir viendo.

La impotencia lo golpeó. Si subía ahora mismo con los papeles, Maxxine lo echaría a patadas antes de que pudiera decir una palabra. Ella estaba blindada por su odio hacia él y su amor por Arthur. Para Maxxine, cualquier cosa que viniera de Joe era veneno.

Necesitaba un rompehielos. Alguien a quien Maxxine no pudiera ignorar. Alguien que no tuviera sentimientos, solo intereses.

La imagen de un bastón de ébano cruzó su mente.

—Silas —murmuró Joe.

El patriarca Cavendish. El hombre que había reconstruido a Nancy estaba en Londres. Había viajado expresamente para la fiesta de compromiso y el anuncio de la fusión. Silas no odiaba a Joe por razones románticas; lo despreciaba por haber roto su inversión más valiosa: su nieta. Pero si había algo que Silas Cavendish odiaba más que a un ex-marido incompetente, era perder dinero.

El Club Obsidian era uno de esos lugares en Mayfair que no tenían letrero en la puerta, solo una placa de bronce discreta y un portero que parecía ex-SAS. Era el refugio de Silas Cavendish cuando sus negocios lo traían a la capital.

Joe esperó en la acera de enfrente, bajo la llovizna, escondido bajo un paraguas barato. Sabía que Silas almorzaba allí todos los miércoles a la una, incluso en días de celebración.

A las 14:15, las puertas negras se abrieron. Silas salió, acompañado por dos guardaespaldas. Se movía lento, apoyado en su bastón, pero con la mirada de un halcón que busca presas débiles. Su Bentley gris se acercó a la acera.

Era ahora o nunca.

Joe cruzó la calle, ignorando el claxon de un taxi.

—¡Señor Cavendish! —gritó, levantando la carpeta manila como si fuera un escudo.

Los guardaespaldas se tensaron, interponiéndose instantáneamente entre Joe y el anciano. Uno de ellos empujó a Joe por el pecho con fuerza innecesaria, haciéndolo retroceder casi hasta el arroyo.

—Atrás. No se acerque.

Silas se detuvo antes de entrar al coche. Giró la cabeza lentamente. Sus ojos grises, idénticos a los de Maxxine pero sin rastro de juventud, escanearon a Joe de arriba abajo con un asco palpable. Vio los zapatos desgastados, la camisa sin planchar, la desesperación.

—Kensington —dijo Silas, con una voz que sonaba a grava—. Veo que te dejaron salir de tu agujero. Si fuera por mí, te habría encadenado a la caldera hasta que te pudrieras.

—Necesito cinco minutos —dijo Joe, respirando agitadamente—. Tengo información que le interesa.

—¿Interesame? Tú no tienes nada que ofrecerme, gusano. Maxxine fue demasiado blanda contigo enviándote al sótano. Yo te habría quitado los dientes antes de echarte a la calle, tal como tú hiciste con ella. —Silas escupió las palabras con veneno—. Quítate de mi vista antes de que le diga a mis hombres que terminen el trabajo.

Silas se giró para entrar al auto, despidiéndolo como a un mendigo molesto.

—¡Arthur le está robando! —gritó Joe, desesperado.

Silas se detuvo con una mano en la puerta del coche. No se giró de inmediato. La mención del dinero congeló su desprecio por un segundo.

—¿Qué has dicho? —preguntó Silas, sin mirar atrás.

—No es difamación si tengo los recibos —Joe sacudió la carpeta bajo la lluvia—. Cincuenta millones de dólares. Salieron de la cuenta de Asia esta mañana. Terminaron en Macao para pagar deudas de juego. Es su dinero, señor Cavendish. Su legado.

Silas se giró lentamente. Hizo un gesto imperceptible a los guardaespaldas, quienes se apartaron un paso, aunque mantuvieron las manos cerca de sus armas. La mirada del anciano cambió; el odio personal dio paso al cálculo frío.

—Maxxine autorizó esa transferencia —dijo Silas—. Ella confía en él.

—Ella confía en él porque me odia a mí —replicó Joe, dando un paso adelante, arriesgándose—. Su juicio está nublado por la necesidad de demostrarme que ella ganó. Usted lo sabe. Usted la entrenó para ser fría, pero con Arthur... con Arthur ella vuelve a ser Nancy. Y si usted permite esto, va a perder cincuenta millones hoy y todo el imperio mañana.

Silas lo miró en silencio durante un largo momento. La lluvia golpeaba el paraguas del chófer que sostenía sobre él.

—Entra —dijo finalmente Silas, señalando el interior del Bentley con desgana—. Si manchas la tapicería, te lo descontaré de tu miserable sueldo.

Joe subió al coche. El interior olía a cuero viejo y tabaco caro. Silas se sentó a su lado, manteniendo una distancia física deliberada, como si Joe tuviera una enfermedad contagiosa.

—Dame eso —ordenó el anciano, extendiendo la mano sin mirarlo.

Joe le entregó la carpeta. Silas encendió la luz de lectura y se puso unas gafas de montura dorada. Joe observó cómo el patriarca pasaba las páginas. No hubo exclamaciones de sorpresa, ni jadeos. Silas leía balances de fraude como otros leían el menú de un restaurante.

Después de diez minutos, Silas cerró la carpeta con fuerza. Se quitó las gafas y miró por la ventana empañada.

—Es un estúpido —murmuró Silas, con una furia contenida—. Un estúpido arrogante con buena sangre y malas manos.

—Tenemos que decírselo a Maxxine —dijo Joe—. Ella tiene que detener la boda. Tiene que congelar las cuentas.

Silas soltó una risa seca, cruel.

—¿Tú crees que ella te va a creer a ti? ¿Al hombre que quemó sus pruebas? —Silas se giró hacia Joe, clavándole una mirada asesina—. Ella está enamorada de la idea de él. Arthur representa su victoria final sobre ti. Un Duque contra un ex-marido patético. Si vamos con esto ahora, ella lo verá como un complot tuyo para controlarla. Se atrincherará. Se casará con él solo para escupirte en la cara. Y francamente, no la culpo.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Joe, sintiendo la bilis en la garganta—. ¿Dejamos que la desangre solo para darle una lección?

—No —dijo Silas, golpeando suavemente el asiento de cuero con su anillo—. Dejamos que él se ahorque solo. Arthur necesita más dinero. Cincuenta millones cubren sus deudas pasadas, pero un ludópata siempre genera deudas futuras. Va a intentar acceder al fideicomiso principal de los Cavendish.

Silas miró a Joe con una mezcla de repugnancia y utilidad.

—Tú vas a volver a tu sótano, Kensington. Vas a seguir auditando. Vas a monitorear cada respiración financiera que dé Arthur. Pero no vas a intervenir. Eres una herramienta, nada más. Un destornillador oxidado que voy a usar para arreglar este desastre.

—Pero él podría hacerle daño...

—¡Cállate! —ladró Silas—. Tú perdiste el derecho a preocuparte por ella hace cinco años. Yo protejo mi inversión. Tú solo sigues órdenes.

—Si lo atrapamos ahora, dirá que fue un error administrativo —continuó Silas, recuperando la calma—. Necesitamos atraparlo en el acto de traición absoluta. Necesitamos que Maxxine lo vea con sus propios ojos, no en un papel que tú le lleves.

El coche se detuvo en un semáforo. Silas abrió la puerta.

—Lárgate. Bájate aquí.

Joe parpadeó, confundido por la brusquedad. —¿Eso es todo? ¿Me va a ayudar?

—No te estoy ayudando a ti, idiota. Estoy protegiendo mi dinero. —Silas lo empujó con el bastón para que saliera—. Y Kensington... si le dices una palabra a Maxxine, negaré que tuvimos esta conversación. Diré que viniste a pedirme dinero prestado y me reí en tu cara. Y luego me aseguraré de que esa demanda por espionaje te entierre bajo la cárcel. Eres mis ojos en la oscuridad porque no vales para nada a la luz del día.

Joe bajó del coche bajo la lluvia. El Bentley se alejó, desapareciendo en el tráfico de Londres.

Joe se quedó allí, empapado pero con una extraña sensación de alivio. No tenía el perdón de Maxxine, ni el respeto de Silas. Pero tenía algo que no había tenido en semanas: un plan. Y por primera vez, el despiadado Silas Cavendish y el caído Joe Kensington tenían un enemigo común.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP