La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Kensington con una violencia que parecía presagiar el fin del mundo. Pero para Nancy, el mundo ya se había acabado dentro de esa oficina con olor a madera cara y traición.— Firma.La voz de Joe Kensington cortó el aire como un látigo de hielo. Él ni siquiera la miraba. Estaba de pie frente al ventanal, su figura imponente recortada contra los rayos que iluminaban el cielo de Londres. Su traje negro, hecho a medida, no tenía una sola arruga; su corazón, al parecer, tampoco tenía una sola grieta de duda.— Joe, por favor... —la voz de Nancy tembló. Sus dedos, entumecidos, sostenían una carpeta vieja—. Te lo ruego, mira esto. Son los registros de acceso al servidor. Yo no pude haber transferido ese dinero, estaba en el hospital con tu madre, ella puede decirte...— ¡Cállate! —Joe se giró con una rapidez felina. Sus ojos azules, que una vez la miraron con algo parecido a la calidez, ahora solo reflejaban un asco profundo—. Mi madre está sed
Leer más