El anillo de compromiso pesaba.
No era una metáfora poética sobre el peso del compromiso o las cadenas del amor. Era un hecho físico. El diamante de diez quilates, montado sobre una banda de platino, era tan grande que Maxxine Cavendish tenía que ajustar la posición de su mano al firmar documentos para que la piedra no golpeara el cristal de su escritorio.
Eran las nueve de la noche en el ático de la Torre Cavendish en Londres. La ciudad se extendía bajo sus pies como un tapiz de luces doradas,