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Capítulo 8 - Ecos del Pasado

El anillo de compromiso pesaba.

No era una metáfora poética sobre el peso del compromiso o las cadenas del amor. Era un hecho físico. El diamante de diez quilates, montado sobre una banda de platino, era tan grande que Maxxine Cavendish tenía que ajustar la posición de su mano al firmar documentos para que la piedra no golpeara el cristal de su escritorio.

Eran las nueve de la noche en el ático de la Torre Cavendish en Londres. La ciudad se extendía bajo sus pies como un tapiz de luces doradas, pero el silencio en el apartamento era absoluto.

Maxxine se sirvió una copa de vino tinto. Se suponía que debería estar celebrando. Hacía cuarenta y ocho horas que había anunciado su fusión con Windsor Enterprises y su compromiso con el Duque de Salisbury. Las acciones de Cavendish Global habían subido un 8% al abrir el mercado. La prensa la llamaba "La Reina Midas". Tenía todo lo que Nancy O'Connor jamás soñó: respeto, poder, y a un hombre que parecía sacado de un cuento de hadas.

Entonces, ¿por qué sentía este frío en el estómago?

—¿Todavía trabajando, querida?

La voz de Arthur rompió sus pensamientos. El Duque salió del vestidor, impecablemente vestido para una cena informal, con esa sonrisa fácil que desarmaba a ministros y banqueros. Se acercó a ella y le besó el cuello, un gesto que debería haberle provocado un escalofrío de placer, pero que solo le causó una leve tensión en los hombros.

—El mercado asiático nunca duerme, Arthur —respondió ella, girándose para ofrecerle una mejilla—. Y la fusión requiere supervisión constante.

Arthur tomó su mano, acariciando el anillo con el pulgar. —Tienes gente para eso, Max. Tienes un ejército de abogados y contables. Tú eres la reina. Las reinas no revisan hojas de cálculo a medianoche.

—Esta reina construyó su reino revisando hojas de cálculo —dijo ella, retirando la mano suavemente—. ¿Qué ocurre? Te noto inquieto.

Arthur suspiró y se sirvió un whisky. —Estaba pensando en la fecha. De la boda.

—Dijimos que en primavera. Dentro de seis meses.

—Lo sé, pero mis asesores fiscales insisten en que sería ventajoso adelantarla. Si nos casamos antes del cierre del año fiscal, la consolidación de activos sería mucho más limpia. Nos ahorraríamos millones en impuestos de transferencia.

Maxxine frunció el ceño. —¿Quieres adelantar nuestra boda por... eficiencia fiscal?

Arthur soltó una risa encantadora. —Suena poco romántico, lo sé. Pero somos una pareja de poder, Max. El romanticismo es para los pobres; nosotros tenemos estrategias. Además, ¿por qué esperar? Te deseo. El mundo nos desea. Podríamos hacerlo el mes que viene. Una ceremonia íntima en la finca de Salisbury, y luego la gran fiesta en primavera.

Maxxine lo observó. Todo en él era lógico. Arthur era pragmático, como ella. Era la unión perfecta de dos imperios. Pero algo en la prisa de Arthur, en la forma en que sus ojos brillaron al mencionar la "consolidación de activos", le recordó vagamente a un tiburón oliendo sangre.

—Lo pensaré —dijo ella, volviendo a mirar su ordenador—. Pero ahora necesito terminar esto. Ve a cenar sin mí.

Arthur ocultó su molestia con maestría, pero Maxxine, entrenada por Silas para leer microexpresiones, vio el destello de irritación. —Como quieras, mi amor. No te quedes hasta tarde. Recuerda que mañana tenemos el almuerzo con los inversores de Qatar.

Cuando la puerta del ascensor privado se cerró tras él, Maxxine soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

A las dos de la mañana, el rascacielos Kensington estaba desierto. O al menos, debería estarlo.

Maxxine no había podido concentrarse en el ático. La presencia de Arthur, sus cosas ocupando espacio en su vida, la asfixiaba. Así que había vuelto a la oficina, buscando la paz estéril de su despacho.

Abrió el sistema de gestión interna. Una notificación le avisó de actividad reciente en el servidor.

Usuario: J.Kensington (Auditor Jr.) Última actividad: Hace 2 minutos. Ubicación: Terminal Nivel -2.

Maxxine parpadeó. ¿Joe seguía aquí?

Abrió los archivos que él había subido. Esperaba encontrar un trabajo mediocre, hecho con desgana, lleno de errores que le permitieran despedirlo con causa justificada. Pero lo que encontró la dejó perpleja.

El informe de auditoría era obsesivo. Joe había rastreado cada centavo que Cynthia había robado, cruzando datos con facturas de hoteles, aerolíneas y joyerías. Había recuperado activos que los auditores externos de Maxxine dieron por perdidos. Había notas al margen detallando patrones de fraude en el departamento de compras que llevaban años ocurriendo bajo sus propias narices.

Era un trabajo brillante. Era el trabajo del hombre del que Nancy se había enamorado: el genio financiero que podía ver patrones donde otros solo veían caos.

—¿Por qué? —murmuró Maxxine a la pantalla—. ¿Por qué te esfuerzas tanto ahora, cuando ya no importa?

La curiosidad, una emoción peligrosa, la empujó a levantarse.

Caminó por los pasillos silenciosos hasta el ascensor de servicio. Pulsó el botón -2. Mientras descendía, se dijo a sí misma que solo iba a verificar la seguridad. Que quería asegurarse de que no estuviera robando material de oficina.

Las puertas se abrieron al sótano. El aire era frío y olía a humedad. El zumbido de los servidores era el único sonido. Maxxine caminó con sus tacones en la mano para no hacer ruido, moviéndose como un fantasma por el pasillo de hormigón.

Al final del pasillo, una luz solitaria brillaba en un cubículo.

Maxxine se detuvo en la sombra, observando.

Joe estaba allí. No estaba trabajando. Estaba dormido.

Tenía la cabeza apoyada sobre el escritorio, encima de una pila de carpetas. Llevaba la misma camisa blanca que había traído ayer, ahora arrugada y con las mangas remangadas. Había perdido peso; los huesos de sus muñecas se marcaban contra la madera del escritorio. Su rostro, relajado por el sueño, tenía ojeras profundas, casi violáceas.

Se veía... roto.

Maxxine sintió una punzada en el pecho. No fue lástima, se dijo a sí misma. Fue shock. El Joe Kensington que ella conocía nunca habría permitido que nadie lo viera así. El Joe que ella conocía era vanidad pura.

Dio un paso más cerca, atraída por una fuerza magnética que detestaba.

Sobre el escritorio, junto a la mano inerte de Joe, había una taza de café vacía y un sándwich de máquina a medio comer. Y algo más.

Semiescondida bajo su brazo, había una fotografía.

Maxxine contuvo la respiración. Se inclinó ligeramente, entrecerrando los ojos en la penumbra. Era una foto vieja, una polaroid. Nancy reconoció el lugar al instante: la Fontana di Trevi, su luna de miel. Ella estaba riendo, empapada, feliz.

Joe no tenía fotos de sus premios, ni de su mansión, ni de Cynthia. Tenía una foto de ella. De la versión de ella que él había asesinado.

Un sonido escapó de la garganta de Joe, un murmullo en sueños. —Nancy... no...

Maxxine retrocedió como si la hubieran quemado. El corazón le martilleaba contra las costillas. Verlo así, tan vulnerable, tan destrozado, aferrándose a un recuerdo mientras dormía en un sótano helado, agrietó algo en su interior.

La furia era fácil. El odio era un combustible limpio. Pero esto... esto era tristeza. Y la tristeza era peligrosa.

—Lo siento, Joe —susurró ella, tan bajo que ni el aire lo registró—. Pero el arrepentimiento no es una máquina del tiempo.

Maxxine se dio la vuelta para irse. No podía estar allí. Si él despertaba y la veía, pensaría que le importaba. Pensaría que había ganado terreno.

Llegó al ascensor y presionó el botón de llamada. Antes de subir, miró el panel de control del edificio en la pared. Vio el termostato del Nivel -2. Marcaba 16 grados.

Maxxine dudó. Su mano flotó sobre los controles.

Déjalo que se congele, dijo la voz de Silas en su cabeza. El frío endurece el carácter.

Pero la mano de Maxxine, la mano que llevaba el anillo de Arthur, se movió por voluntad propia. Subió la temperatura del sótano a 22 grados.

—Solo porque no quiero que te enfermes y dejes de trabajar —se mintió a sí misma en voz alta.

Las puertas del ascensor se cerraron, llevándola de vuelta a su torre de marfil, lejos del fantasma que dormía en el sótano. Pero mientras ascendía hacia el cielo de Londres, Maxxine Cavendish se dio cuenta de algo aterrador: allá arriba, en la cima del mundo, hacía mucho más frío que abajo.

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