Mundo ficciónIniciar sesiónEl lunes por la mañana, el sótano del rascacielos Kensington olía a humedad y a café barato. Para Joe Kensington, sin embargo, el aire estaba cargado de electricidad estática.
Llevaba despierto cuarenta y ocho horas. Sus ojos ardían y la camisa de su traje, que no había podido llevar a la tintorería, tenía una arruga visible en el hombro. Pero nada de eso importaba. Lo único que importaba era la carpeta manila que descansaba sobre su escritorio metálico, justo al lado del informe de auditoría que Maxxine le había exigido.
En esa carpeta no había facturas de vestidos o joyas. Había impresiones de registros mercantiles del Congo, transferencias oscuras a través de bancos en Chipre y un organigrama que vinculaba al impecable Duque de Salisbury con un fondo de cobertura conocido por despedazar empresas tecnológicas.
Joe miró el reloj: las 07:45 AM. Maxxine llegaba siempre a las 08:00 AM en punto.
—Tengo que subir —murmuró, guardando los documentos con manos temblorosas.
Al llegar al ascensor de servicio, el lector de tarjetas le devolvió un pitido rojo. Su acceso seguía restringido al Nivel -2. Joe golpeó la puerta metálica con el puño, frustrado. La burocracia de su propia empresa, ahora convertida en su jaula.
Esperó diez minutos hasta que pasó una conserje con una tarjeta maestra.
—Disculpe —dijo Joe, usando el tono de autoridad que le quedaba en la memoria muscular—, tengo una entrega urgente para la CEO. Necesito que me marque el piso 50.
La mujer lo miró con duda, reconociendo vagamente al hombre que solía aparecer en las revistas de negocios, ahora ojeroso y desesperado. Finalmente, se encogió de hombros y pasó su tarjeta.
—Rápido, antes de que el jefe de seguridad lo vea en las cámaras.
El ascensor ascendió, y con cada piso que pasaba, el corazón de Joe latía más fuerte. No iba a pedir perdón. Iba a salvarla, quisiera ella o no.
El piso 50 era otro mundo. Silencioso, luminoso, oliendo a flores frescas y dinero antiguo. La nueva asistente ejecutiva de Maxxine, una joven eficiente que no conocía a Joe, levantó la vista sorprendida cuando las puertas del ascensor se abrieron.
—Señor... ¿Kensington? —preguntó, consultando su pantalla—. No tiene cita programada.
—Tengo la auditoría que la señorita Cavendish pidió —mintió Joe, levantando la carpeta gruesa—. Dijo que la quería a primera hora. Es vital.
La asistente dudó. La puerta de la oficina principal estaba entreabierta. Desde dentro, se escuchaba la voz de Maxxine, nítida y autoritaria, en una llamada en francés.
—Déjalo pasar, Sarah.
La voz de Maxxine congeló a Joe. Ella sabía que estaba ahí.
Joe entró. La oficina había cambiado. Los muebles de cuero oscuro que él eligió habían desaparecido, reemplazados por piezas modernas de color crema y cristal. Maxxine estaba detrás del escritorio de obsidiana, terminando su llamada. Colgó el teléfono y lo miró con esa indiferencia que se estaba convirtiendo en su marca registrada.
—Llegas tres minutos tarde, empleado 402 —dijo ella, extendiendo la mano—. Dame el informe de Cynthia.
Joe se acercó al escritorio. Dejó el informe de auditoría sobre la mesa, pero retuvo la segunda carpeta contra su pecho.
—Aquí está el desglose del robo de Cynthia. Recuperé el rastro de 12 millones. El resto se perdió en paraísos fiscales.
Maxxine asintió, sin siquiera abrir el documento. —Bien. Eso cubrirá una fracción de los intereses de tu deuda este mes. Ya puedes retirarte.
—No —dijo Joe, plantando los pies en el suelo.
Maxxine levantó una ceja, una advertencia silenciosa. —¿Disculpa?
—No me voy a ir hasta que veas esto. —Joe lanzó la segunda carpeta sobre el escritorio, justo encima de la de Cynthia—. No se trata de mí. Se trata de él. De Arthur.
La expresión de Maxxine cambió. La indiferencia dio paso a una frialdad peligrosa. Ni siquiera miró la carpeta. Sus ojos se clavaron en los de Joe.
—¿Qué es esto? ¿Un poema de arrepentimiento? ¿Fotos de nosotros dos hace seis años?
—Son pruebas, Nancy. —Joe se inclinó sobre el escritorio, desesperado—. Arthur no es quien crees que es. Encontré vínculos entre el Ducado de Salisbury y Viper Capital. Es un fondo buitre. Arthur está invirtiendo en corto contra Cavendish Global. Está esperando que las acciones bajen para comprar barato y desmembrar la empresa.
Hubo un silencio de dos segundos. Luego, Maxxine soltó una risa suave, incrédula.
—Vaya, Joe. Sabía que estabas desesperado, pero esto es patético incluso para ti.
—¡Léelo! —insistió él, golpeando la carpeta con el índice—. Están los registros mineros en el Congo. Las cuentas en Chipre. ¡Él te está usando!
—¿Usándome? —Maxxine se puso de pie lentamente. Su estatura, aumentada por los tacones, parecía dominar la habitación—. Arthur Windsor-Windham es un Duque con una fortuna que se remonta al siglo XV. No necesita mi dinero. Él estuvo conmigo cuando no tenía nada más que rabia. Él me ayudó a reconstruirme cuando tú me dejaste en los huesos.
—¡Es una fachada! —Joe sentía que estaba gritándole a una pared de cristal—. Es un estafador con título nobiliario. Sus propiedades están hipotecadas hasta el techo. Necesita tu liquidez para salvarse él. Nancy, por favor, no cometas el mismo error que yo. No confíes ciegamente. Solo lee los papeles.
Maxxine tomó la carpeta con dos dedos, como si fuera material radiactivo. Joe contuvo el aliento, esperanzado.
Pero ella no la abrió. Con un movimiento despectivo de muñeca, dejó caer la carpeta en la trituradora de papel que estaba junto a su silla.
El sonido del motor triturando los documentos fue el sonido más doloroso que Joe había escuchado en su vida.
—No voy a leer tu basura fabricada por celos, Joe —dijo Maxxine, mientras el papel se convertía en confeti—. Hace cinco años, tú te negaste a ver mis pruebas porque confiabas en Cynthia. Hoy, yo me niego a ver las tuyas porque confío en Arthur. Se llama karma. Y tiene un sabor exquisito.
—¡No son celos! —gritó Joe, con la voz rota—. ¡Te va a destruir!
—El único que me ha destruido en esta vida eres tú —cortó ella—. Y te advierto una cosa, consultor junior: si vuelves a pronunciar el nombre de mi prometido con tu boca sucia, no solo te despediré. Te demandaré por difamación y me aseguraré de que pases el resto de tu vida pagándome desde una celda.
En ese momento, la puerta se abrió.
—¿Interrumpo algo?
Arthur entró con la confianza de quien entra en su propia casa. Llevaba un traje gris claro de corte italiano y una sonrisa relajada. Al ver a Joe, rojo de ira y frustración, su sonrisa se ensanchó un milímetro.
—Arthur —la voz de Maxxine cambió instantáneamente, volviéndose suave—. No, cariño. El señor Kensington solo estaba entregando un informe de auditoría y... expresando algunas preocupaciones creativas.
Arthur caminó hasta el lado de Maxxine y le besó la sien. Luego miró a Joe con esos ojos verdes que ocultaban un abismo.
—Kensington, siempre tan diligente. Es admirable cómo te adaptas a tu nueva realidad. —Arthur miró la trituradora, donde aún asomaban tiras de papel—. Veo que Maxxine ya ha archivado tu "contribución".
Él lo sabía. Joe lo vio en su mirada. Arthur sabía que Joe había estado investigando, y sabía que Maxxine nunca le creería. Era el crimen perfecto, protegido por el escudo del odio de ella hacia su exmarido.
—Maxxine —dijo Arthur, ignorando a Joe y sacando una tablet de su maletín—, necesito que revises esto. Es la autorización para la cuenta mancomunada del proyecto en Asia. Mis abogados dicen que necesitamos tu firma digital para mover los fondos antes del cierre de mercado en Tokio.
Joe se tensó. Asia. Ahí era donde el dinero desaparecería.
—Claro —dijo Maxxine, tomando el lápiz óptico—. ¿Es la transferencia de liquidez que mencionaste anoche?
—Exacto. Solo es un trámite de garantía para los inversores japoneses. Sabes cómo son de exigentes.
—¡No lo firmes! —espetó Joe—. Maxxine, si le das acceso a esa cuenta, vaciará los fondos de reserva. ¡Es exactamente lo que Cynthia hizo con Cyn-Star!
Maxxine se detuvo, con el lápiz a milímetros de la pantalla. Por un segundo, una fracción de segundo, hubo duda en sus ojos. Joe vio esa pequeña grieta y se aferró a ella.
Arthur soltó un suspiro cansado, como un padre decepcionado.
—Max, amor, si te sientes incómoda por las paranoias de tu exmarido, podemos esperar. No quiero presionarte. Sé que es difícil tenerlo aquí, gritando conspiraciones. Quizás deberíamos posponer el proyecto.
Fue una jugada maestra. Arthur apeló a su orgullo y a su necesidad de demostrar que Joe ya no tenía poder sobre ella.
Maxxine endureció la mandíbula. Miró a Joe con desprecio absoluto.
—No voy a dejar que tú dictes mis decisiones financieras nunca más, Joe.
Firmó.
Con un trazo rápido y elegante, Maxxine autorizó a Arthur a acceder a una cuenta con cincuenta millones de dólares.
—Gracias, querida —dijo Arthur, recuperando la tablet. Le guiñó un ojo a Joe, un gesto imperceptible para Maxxine pero devastador para él—. Eres una visionaria.
—Fuera de mi oficina, Kensington —ordenó Maxxine, dándole la espalda para abrazar a Arthur—. Y considera esto tu última advertencia. Vuelve a tu sótano.
Joe salió de la oficina caminando como un sonámbulo. Pasó junto a la asistente, entró en el ascensor y presionó el botón -2.
Mientras descendía, la rabia fue reemplazada por una claridad helada.
Maxxine estaba ciega. Su odio hacia él era tan grande que Arthur podía robarle la corona de la cabeza y ella le daría las gracias, solo para llevarle la contraria a Joe. Las palabras no servían. Los informes externos no servían.
Joe llegó al sótano y se sentó en su cubículo oscuro. El zumbido de los servidores a su alrededor sonaba diferente ahora. Ya no era ruido blanco; era una oportunidad.
Si Arthur iba a usar la red interna para mover ese dinero, dejaría un rastro. Pero para encontrarlo, Joe necesitaba un nivel de acceso que no tenía. Necesitaba privilegios de administrador.
Entrar en el sistema central de Cavendish Global sin autorización era un delito federal. Era espionaje corporativo. Si lo atrapaban —y con los sistemas de seguridad de Maxxine, era probable que lo hicieran—, iría a prisión por años. Perdería lo poco que le quedaba de libertad.
Joe miró la foto vacía en su billetera, el espacio donde antes estaba Nancy.
—Me equivoqué una vez y te costó la vida —susurró Joe al aire viciado del sótano—. No voy a dejar que te pase de nuevo. Aunque tenga que verte desde detrás de unas rejas.







