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Capítulo 2 - La Metamorfosis de Nancy

Cinco años pueden ser una eternidad o un suspiro, dependiendo de cuánto odio alimente tu sangre. Para Nancy O'Connor, el tiempo se detuvo aquella noche bajo la lluvia de Londres y solo volvió a correr cuando su corazón dejó de latir por amor y empezó a latir por venganza.

No hubo transiciones mágicas. El primer año fue un descenso a los infiernos. Tras ser expulsada de la mansión Kensington sin más abrigo que su propia vergüenza, Nancy acabó en una clínica de caridad en los suburbios de Dublín. La neumonía casi se la lleva, pero lo que realmente la estaba matando era el silencio. Estaba sola, sin dinero y marcada por una acusación de robo que le cerraba cualquier puerta decente.

Fue en esa habitación de paredes descascaradas donde apareció Silas Cavendish.

—Te pareces tanto a tu padre —dijo el anciano, observándola desde la penumbra con la frialdad de un juez.

Silas no era un hombre de consuelos. Era un bloque de granito tallado por décadas de poder. Había pasado años buscando al hijo que huyó de su fortuna para casarse con una mujer humilde, solo para encontrar a la nieta moribunda en una cama de hospital prestada.

—Mi padre está muerto —respondió Nancy, con la voz rota por la tos—. Y yo también lo estoy. Solo han olvidado enterrarme.

—Tu padre era un Cavendish —sentenció Silas, acercándose con su bastón de ébano—. Y nosotros no morimos en la miseria mientras un aristócrata de segunda clase pisotea nuestro nombre. Tienes dos opciones, Nancy: quedarte aquí y dejar que la tristeza te consuma, o venir conmigo a Nueva York y reclamar lo que es tuyo. Pero te advierto: si vienes, la mujer que eres ahora tendrá que desaparecer. No hay lugar para la lástima en el imperio que vas a heredar.

Nancy miró sus manos desgastadas. Recordó el rostro de Joe, el desprecio en sus ojos azules, la risa de Cynthia en las sombras.

—Nancy ya murió —dijo ella, y por primera vez en semanas, sus ojos brillaron. No con lágrimas, sino con fuego—. Enséñeme a ser como usted.

Nueva York no fue un refugio; fue una forja.

Silas cumplió su palabra. Durante tres años, desmontó a Nancy pieza por pieza. No hubo descanso. Los entrenadores endurecieron su cuerpo hasta que la fragilidad física fue un recuerdo; los tutores de finanzas afilaron su mente hasta convertirla en una calculadora viviente. Aprendió a leer un balance general mejor que un poema y a detectar la mentira en el parpadeo de un socio comercial.

Poco a poco, Nancy O'Connor se desvaneció. Su cabello castaño y opaco dio paso a un rubio cenizo impecable. Sus gestos suaves se volvieron precisos, letales.

A los veinticinco años, Maxxine Cavendish cerró su primer trato millonario. Salvó una tecnológica de la quiebra y la convirtió en un unicornio en dieciocho meses. El mundo financiero empezó a susurrar sobre la "Dama de Hierro", una mujer sin pasado digital que nunca permitía fotos, pero cuya firma valía billones.

Mientras Maxxine ascendía, Joe Kensington se hundía.

Desde su oficina en la Quinta Avenida, Maxxine leía los informes con satisfacción clínica. Joe no era víctima del destino, sino de su propia ceguera. Cynthia había estado desviando fondos a las Islas Caimán durante años, financiando un estilo de vida que la empresa ya no podía sostener.

—Están al límite —anunció Silas una tarde, dejando una carpeta sobre el escritorio de obsidiana—. Los bancos ejecutarán la hipoteca de la sede en Londres el lunes. Buscan un salvador.

Maxxine tomó el expediente. Pasó los dedos por el logo de la empresa que una vez consideró su hogar.

—No buscan un salvador, abuelo. Buscan un comprador. Y ya tengo la chequera lista.

—¿Estás segura? —preguntó Silas—. Si vuelves, tendrás que mirarlo a la cara.

Maxxine se levantó y se ajustó su anillo de zafiro. —No voy a mirarlo a la cara. Voy a mirarlo desde arriba.

El regreso a Londres fue rápido. Sin prensa, sin anuncios. Solo un convoy de vehículos negros deslizándose hacia la City bajo un cielo de plomo.

Al entrar en el rascacielos Kensington, Maxxine notó el deterioro. El personal estaba distraído, el mármol del vestíbulo carecía de brillo. Subió en el ascensor privado, viendo cómo los números cambiaban hasta llegar al 50.

Las puertas se abrieron.

La sala de juntas estaba en penumbra. Joe Kensington miraba por la ventana, con la postura de un hombre derrotado. Cynthia estaba sentada a la mesa, revisando su teléfono con aburrimiento, ignorando que el techo estaba a punto de caer sobre ella.

—Señor Kensington —anunció la asistente con voz temblorosa—, la CEO del Grupo Cavendish.

Joe se giró, intentando proyectar esa sonrisa encantadora que una vez fue el centro del mundo de Nancy.

—Es un honor, señorita Cavendish. Estábamos esperando con ansias...

Joe se detuvo en seco. Sus palabras murieron en su garganta. El color desapareció de su rostro de forma violenta. Sus ojos recorrieron a la mujer frente a él, buscando una negación, pero solo encontró una verdad aterradora.

Maxxine se quitó las gafas de sol lentamente.

—¿Nancy? —susurró él, incrédulo.

Maxxine sostuvo su mirada con una indiferencia que dolía más que el odio.

—Lo siento, señor Kensington —dijo con voz suave y educada—. Creo que me confunde con alguien que tenía menos dignidad que yo. Soy la CEO Maxxine Cavendish... y he venido a decidir si su empresa vale lo suficiente como para salvarla de la ruina.

Joe dio un paso atrás, chocando contra la mesa. Nancy O'Connor ya no estaba allí, algo había cambiado.

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