Las Tierras Altas de Escocia no conocen la piedad. Su belleza radica en su brutalidad: montañas de granito afilado, lagos negros que tragan la luz y un viento que aúlla como las viudas de las antiguas guerras de clanes.
A las seis de la mañana, la niebla era tan espesa alrededor de la casa de seguridad que parecía haber devorado el resto del mundo.
Joe Kensington estaba de pie frente a la ventana del salón, sosteniendo una taza de café negro que ya se había enfriado. Llevaba unos pantalones de